Charles Manson, el "hippie" asesino

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texto DAVID VALIENTE  foto ARCHIVO

Tal día como hoy, hace ya cincuenta años, en el residencial barrio de Beverly Hills ocurrió uno de los asesinatos que más han conmocionado a la sociedad estadounidense. Un grupo de cuatro jóvenes —Susan Sadie Atkins, Patricia Katie Krenwinkel, Linda Kasabian y Charles Tex Watson— se dirigieron a la casa de la actriz Sharon Tate y del director de cine Roman Polanski en “un destartalado Ford Falcon amarillo de 1959”. Los cuatro veinteañeros, con un pasado marcado por truculentas relaciones familiares y las profusas adicciones a las drogas, accedieron violentamente a la casa de la actriz y el director. Esos días habían sido tranquilos, Polanski se encontraba en Londres solucionando asuntos relacionados con su profesión, mientras que la joven Sharon Tate, de 26 años de edad, embarazada de ocho meses, pasaba las veladas con amigos, disfrutando, los momentos que el embarazo se lo permitía, del agradable clima veraniego de California.

Ninguno de los invitados, entre los que se encontraban Wojciech Frykowsky o Jay Sebring, exnovio de Tate, podía sospechar que la noche iba a tener un final trágico. Tres de los cuatro jóvenes, pues el cuarto permaneció fuera esperando, accedieron al edificio y asesinaron atrozmente a todas las personas que se encontraban en la casa. Los asesinos se dieron a la fuga, cometiendo días después otro crimen que se saldaría con la muerte de Leno LaBianca y su esposa Rosemary. Las autoridades tardaron semanas en dar con los autores materiales del crimen: unos hippies que vivían en una especie de comuna llamada “La Familia”, donde practicaban actos sexuales desenfrenados y consumían “gran cantidad de LSD”.

El autor intelectual de los crímenes no había sido otro que el líder de la comuna, Charles Manson, un tipo de largas melenas y poblada barba, “que había pasado aproximadamente la mitad de su existencia en instituciones federales” y el tiempo que disfrutaba de la libertad lo dedicaba a abrirse un camino en el tortuoso pero gratificante mundillo de la música. Es más, podemos afirmar que sus continuos intentos y fracasos en este mundo le convirtieron en un frustrado peligroso con una personalidad magnética, capaz de lavar la mente con métodos epicúreos a cualquier persona que se decidiera a entrar en “La Familia”.

Roca Editorial ha publicado el trabajo de los periodistas Tom O´Neill y Dan Piepenbring Manson: la historia real, el cual ofrece una nueva visión de lo ocurrido ese fatídico día de agosto y de todos los interrogantes que giran en torno a los autores confesos del crimen y a las circunstancias que los llevaron a cometer los asesinatos. Este trabajo de 439 páginas tiene su origen en las investigaciones realizadas por O´Neill en 1999, un encargo que el editor de la revista Premiere le había hecho. Sus contactos previos con el tema lo condujeron a un relato forjado sobre todo por el fiscal del caso, Vincent Bugliosi, autor de un libro sobre el asunto, y a los reportajes realizados por los medios de comunicación durante el desarrollo del juicio. Cuanto más contacto tomaba con las diferentes fuentes directas, entre las que se encuentran conocidos de los asesinados y los mismos asesinos, más se daba cuenta de que el relato post-judicial poco se ajusta a la realidad de los hechos.

Los descubrimientos de O´Neill y la tentativa de publicar un libro que diera la vuelta a la narrativa tenida por ley durante treinta años provocó una acalorada discusión entre el periodista y el fiscal del caso en febrero del 2006, reflejado en el epílogo del libro. Esa discusión tuvo lugar en la casa de Pasadena del fiscal. Entre reproches se colaba alguna que otra amenaza, siempre de los labios de Vincent Bugliosi, quien aconsejó el uso de grabadoras por parte de los dos. Sin embargo, no todas las discusiones fueron grabadas y, en más de una ocasión, sobre todo cuando el tono subía demasiado, el fiscal recomendaba a O´Neill apagar la grabadora. A veces el periodista tenía que decirle al fiscal: “No la ha apagado, Vince”.

Las continuas llamadas de Bugliosi a O´Neill recordándole que él era un fiscal reputado que podía meterlo en la cárcel con el simple chasquido de un dedo cesaron con la muerte de este en el año 2015. Bugliosi quería llevarse muchos secretos a la tumba. Entre ellos, si bien era vox populi dentro de la comunidad de Hollywood, la nefasta relación que tenían Polanski y Sharon Tate. “Roman era un cabrón” llegó a afirmar su representante, Bill Tennant, persona de confianza del director, refiriéndose no solo al comportamiento del director en su trabajo, sino también en sus relaciones personales y, en concreto, en su vida conyugal. Polanski no era para nada ese tipo sereno que las pantallas de televisión, tras el terrible asesinato, representaban: rostro compungido con un semblante adusto, labios caídos y ojos inyectados en sangre. En todo caso, tal rostro sería el resultado de las juergas nocturnas que Polanski retomó donde las dejó, tan solo dos semanas después de la muerte de su esposa. Las personas cercanas a la pareja relatan acontecimientos escalofriantes del trato vejatorio que Sharon recibía de Polanski: “Él destilaba una crueldad casi despreocupada hacia su esposa.” Maltrataba a su esposa física y psicológicamente, incluso la obligaba a mantener relaciones sexuales con desconocidos que eran grabadas.

Además del mal carácter de Polanski, debemos destacar las malas compañías que lo rodeaban. Uno de los asesinados esa fatídica noche, Frykowski, amigo personal del director de cine, se movía por mundos sórdidos relacionados con el tráfico de drogas. El autor del libro se llega a plantear la posibilidad de que Polanski y Frykowski hubieran conocido, antes de que ocurrieran los asesinatos, a Charles Manson.

O´Neill relata la visita que realizó a un antiguo policía encargado del caso Manson. “La intensidad de Guenther me conmovía.” Así se llama el policía, Charlie Guenther. La ambigüedad del texto me hace dudar que fuera la vehemencia de su tono y sus gestos, aunque esto pudo ayudar, o el decorado de la casa del agente, con las fotos que reflejaban momentos pasados, lo que sorprendió al periodista. Seguramente fue el relato cargado de situaciones anómalas, los hechos a medio probar y las mentiras, las que convencieron a O´Neill de que merecía la pena reconstruir la historia de los crímenes de Manson. ¿Cómo era posible que se hubieran destruido pruebas para conseguir una crónica exitosa?

Según Guenther, el fiscal del caso mandó destruir una serie de cintas donde se almacenaban unas conversaciones que dejaban a la luz que el asesinato de Gary Hinman, ocurrido unos meses antes, también era resultado de la mente perversa de Manson y las manos homicidas de otros miembros de “La Familia”. El mismo modus operandi, mismas inscripciones con sangre en la pared, y aun así, un crimen que trataban de encasquetar a otro asesino en serie. Vincent Bugliosi pensó que su libro no tendría tanto éxito si un cabo tan importante quedaba suelto; y como Hinman era un joven sin mayor relevancia, prefirió que la verdad se quedara encerrada en las salas de justicia de cualquier juzgado de segunda. Para qué marear más la perdiz.

Y, como no podía ser de otra manera, las omnipresentes manos del gobierno tienen una relación de conocidos cercanos con las revueltas melenas de Manson. Qué casualidad que, en plena Guerra Fría y con el movimiento contracultural hippie ganando protagonismo social, uno de los integrantes de esa corriente incumpla el mandamiento pacifista… Duro golpe para la credibilidad del movimiento. El gobierno supo sacar partido a las circunstancias, ya que una famosa y su séquito habían sido asesinados por unos locos hippies. ¿Por qué no coaligarse con los medios de comunicación y demás instituciones, algunas de ellas ramificaciones internas, para terminar de una vez por todas, y de raíz, con esos melenudos que les estaban fastidiando la juerga?

Sin duda, el trabajo de O’Neill pretende darle la vuelta a un relato falso y manido, demostrando que los buenos son malos, y los malos son muy malos. El relato que construye O´Neill con pericia periodística nos acerca a una serie de fuentes que jamás fueron interrogadas o a aquellas que nunca fueron cuestionadas por revestir el manto solemne de la credibilidad ciega. Pero una cosa es cierta, se pilla antes a un mentiroso que a un cojo y O’Neill ha creado en este libro una gran trampa para cazar mentirosos.