“Los relatos familiares son de misterio y a menudo escalofriantes”

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texto ANTÓN CASTRO  foto ASÍS G. AYERBE

Soledad Puértolas indaga otra vez en los dramas ocultos de la familia con “Música de ópera” (Anagrama).

“Escribir no es solo escribir: es dejar la mente un poco en el vacío”, dice Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947). La escritora y académica parece hacerlo a menudo: deja que le asalten las historias, revisa sus cuadernos, donde ha apuntado pequeños hechos o sensaciones con su caligrafía clara y menuda, y permite que los personajes vayan y vengan a su antojo. En su última novela, Música de ópera (Anagrama, 2019), sus criaturas deciden por sí mismas, se rebelan y no hacen lo que estaba previsto en la cabeza de Soledad ni en la del lector.

Por ejemplo, la protagonista viuda, doña Elvira, contrata a un administrativo, Antonio, más joven que ella y solo también, tan huérfano de incitaciones. La lógica de la soledad y el desamparo era que se dieran cobijo, que se aliviasen las ausencias o las sombras; sin embargo, Elvira, enamorada de Fidelio, apasionada de la ópera y de los viajes, parece proyectar su sexualidad de otro modo y le basta escribir a una compañera de infancia, ya muerta. Y él, que daba la sensación de andar buscando la brújula de un amor que justificase su vida, se conforma con estar cerca, con ver las cartas, con acceder a esa rareza o a ese secreto. En realidad, puede decirse ya, lo que caracteriza a Soledad Puértolas son los secretos, los hechos nimios, la ausencia de énfasis, el drama oculto y los malentendidos entre madres e hijas, entre padres e hijos, la intromisión inesperada de familiares donde no debería hacerse. “En las familias hay más misterio del que se dice. El misterio está en el seno de la familia, no solo en el exterior. Para mí, el misterio empieza por la familia. Y yo soy una escritora del misterio. Los relatos familiares son de misterio y a menudo escalofriantes. Y a menudo están envueltos en el silencio”, piensa Soledad.

Soledad Puértolas escribe de todo: algunos cuentos infantiles, ensayos como La vida oculta, quizá uno de esos libros que definen su poética y engarzan, como a salto de mata, una autobiografía de lector y de escritor. Y es, ante todo, narradora; cuentista y novelista, autora de libros cuyos títulos atrapan, como dijo el escritor Javier Sebastián: El bandido doblemente armado, La señora Berg, Todos mienten, pero también Una enfermedad moral, nada menos, y Recuerdos de otra persona o Gente que vino a mi boda.

Música de ópera quizá sea su novela más ambiciosa. La que más se parece a Natalia Ginzburg. O a las intrahistorias de baja intensidad y ardor incurable de Antón Chejov. En ella está Soledad Puértolas como nunca y como siempre. Despaciosa y honda, sutil y escrutadora sin demasiado morbo. Cuenta la historia de tres mujeres y de tres épocas: la citada Elvira; la sobrina Valentina, esa mujer huérfana que espera y batalla por su dignidad, e intenta hacerle frente a las burlas del amor y del deseo, y Alba, que se suma a la nueva vida, tras la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial, la revolución rusa, y algunas cosas más.

Soledad Puértolas escribe a su antojo. Desde esa enfermedad incurable, que quizá sea melancolía existencial, sueño acuchillado o indagación en los terrenos de la lentitud y el eco de las voces. Desde ese faro de mujer doliente, intuitiva, que descubre cosas a la vez que sus personajes, despliega su mundo, su cartografía de recursos y de silencios. Soledad es la nadadora de plata: vence sus dolores como si fuera Kornelia Ender o una heroína inadvertida de antaño. Vive en Pozuelo, claro, en una casa portuguesa, con su marido, el pintor y arquitecto Leopoldo Pita. Y allí se refugia con sus libros, con sus perros (los venera: quizá un día escriba la historia de todos sus perros) y con su suavidad de ola rota; tienen casa en un pueblo de Pontevedra y en cuanto pueden huyen al mar. A ella, el mar le da texturas, presencias, huellas en la arena, le activa la imaginación, la desvela el oleaje.

A Soledad le costó contar la Guerra Civil. Se documentó y la imaginó, y quizá haya hecho algo que le gusta hacer siempre: meter a los suyos y sus recuerdos desperdigados, recordar pequeños gestos y viajes de su padre, y los paseos con su madre Ana María Villanueva, que era su principal lectora. Tenían tal complicidad que le ha dedicado muchas páginas, y varios libros, especialmente Con mi madre.

Aquí, en esta historia inventada, está el siglo, los murmullos, los pasos aún tenebrosos de las habitaciones. Pensó en su madre y en su abuela. Y en ella misma y sin pretenderlo del todo quizá haya escrito una novela de mujeres. Un viaje en el tiempo. Un escorchón que se abre en la pared de la casa como una ventana de cristales empañados.