El abuelo que se enamoró de la Luna

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texto VANESSA PELLISA  foto ARCHIVO

Con “Moonglow” (Catedral), Michael Chabon firma una novela enorme y maravillosa.

Dice el escritor y traductor Javier Calvo en su prólogo de Moonglow, la octava novela de Michael Chabon, que siente envidia hacia los lectores que se disponen a leerla por primera vez. Es fácil que esta afirmación despierte la simpatía inmediata de todo lector apasionado (aunque quizás podría omitir el adjetivo “apasionado”, porque dudo mucho que existan en este mundo lectores que no vivan apasionadamente sus lecturas). Cualquiera de nosotros sabe de qué habla Calvo, porque ¿qué buscamos cuando recomendamos un libro a un amigo sino es precisamente esa envidia? Buscamos rescatarnos del pasado, revivir a través de la experiencia ajena la emoción de esa primera lectura.

Moonglow parece estar escrita para pulsar exactamente este resorte, el de la envidia que provocan las grandes satisfacciones literarias. “Toma, lee esta novela y, sobre todo, cuéntamelo después”, nos dice desde sus primeras páginas. No es la primera vez que Chabon instila este sentimiento en sus lectores. Pocas novelas contemporáneas despiertan más lealtad que Chicos prodigiosos, Las maravillosas aventuras de Kavalier & Clay o El sindicato de policía Yiddish. Su especialidad son las novelas gigantes trufadas de anécdotas, personajes, micro-relatos, mil arcos narrativos y la sensación de que a lo largo de estas 500 páginas habitarás un mundo que existe a pocos metros del tuyo, pero que se rige por normas totalmente distintas. Ya sabéis a qué me refiero, es eso que se llama verosimilitud y ataca a la línea de flotación de la inocencia lectora.

El planteamiento es el de una autobiografía falsa. En 1989 y tras la publicación de su debut, Los misterios de Pittsburgh, el protagonista (un novelista llamado Michael Chabon) viaja hasta el lecho de muerte de su abuelo, quien en su fase terminal y dopado hasta las trancas empieza a contar la historia de su vida. Una vida que hasta ese momento no parecía haber existido y de la que apenas se conocían detalles coloridos (diseñador de cohetes, carácter errático y tendencia a la agresividad ocasional). El relato de su infancia en la Filadelfia del Crash, su experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial en Alemania, su carrera en la NASA o el amor por su esposa anclan la narración y le otorgan una estructura atomizada por la profusión de anécdotas, personajes secundarios, hilarantes digresiones y giros de guión. Moonglow es un guiño irónico y empático a la afición de la novela contemporánea por autoficcionarse, pero eso es lo de menos. No os creáis nada de lo que os cuente, pero disfrutadlo todo: ya advierte el autor en su falso prólogo que lo que no es verdad es todo mentira.

Chabon contaba hace unos años que al escribir siempre tenía una copia de Ada o el ardor encima de la mesa —a modo de brújula y altar. Llevo años pensando que en algún momento escribirá un libro como Ada y creí que ese libro podía ser su anterior novela Telegraph Avenue. Claramente, estaba equivocada: al igual que Moonglow, la novela de Nabokov habla de un mundo roto, en el que parejas improbables se enfrentan a circunstancias que superan la experiencia humana —y el resto es torbellino narrativo. Al igual que Ada, la mayor influencia de esta novela es Dickens: pienso en sus personajes, que son tan reales como la vida misma pero que se presentan como una caricatura, o en su sentido del humor, que es inteligente e ingenioso pero nunca retorcido. El humor es uno de los mejores recursos de los que dispone Chabon y esta novela enorme y maravillosa, que se mofa del autor, de ti y de mí, está diseñada para provocarnos una permanente sonrisa de inevitable derrota por ingenio.