Esvásticas sobre la Acrópolis

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texto CARLOS LURIA

Con “Laberinto griego” (RBA), de Philip Kerr, se cierra prácticamente la mejor serie de novela negra histórica que se haya escrito.

Cuando los congeladores congelan demasiado, dejan de congelar. Es una paradoja cotidiana que tiene su traducción en la literatura: cuando un género tiene éxito corre peligro de fracasar. Los lectores de novela negra saben que, de un tiempo a esta parte, se ha dado en las librerías un confuso overbooking de detectives cínicos, descreídos y pétreos pero-en-el-fondo-buena-gente que poco aportan al progreso del género y que están caracterizados desde la escuadra y el cartabón. De forma que solo si la mirada del lector no se queda atrapada en alguna faja de colores brillantes y promesas exageradas, descubrirá buena literatura criminal.

La última novela de Philip Kerr, Laberinto griego (RBA), es uno de estos hallazgos gozosos. Cierto que la larga trayectoria de Kerr (Edimburgo, 1956-Londres, 2018) es garantía de calidad: su primera novela protagonizada por el portentoso y muy alemán detective Bernie Gunther (el personaje más emblemático de Kerr) se remonta a 1989, cuando el escritor alumbró Violetas de marzo y dio comienzo a su famosa “trilogía berlinesa” o “Berlín Noir”. Desde entonces, hemos seguido puntualmente las aventuras de este policía deslenguado y celoso de su trabajo que debe lidiar con el nazismo y la guerra ejecutando complicadas piruetas para no ser engullido por la barbarie (y, regresando a las paradojas, resolviendo crímenes en medio de un régimen criminal). Las novelas protagonizadas por Gunther constituyen la mejor serie de novela negra histórica que se haya escrito, y por eso nos enfrentamos a Laberinto griego con cierta nostalgia: una cosa es leer a un escritor muerto y otra leer a un escritor que acaba de morir, y el año escaso que ha transcurrido desde el fallecimiento de Kerr provoca que su lectura esté tamizada por la tristeza del duelo. Nos va a costar esfuerzo perder de vista a Bernie Gunther.

Laberinto griego transcurre en 1957, año del Tratado de Roma (el pistoletazo de salida de la nueva conquista alemana de Europa) y, como es habitual, está narrada en primera persona. Nos presenta a un Bernie que para ocultar su pasado trabaja bajo nombre ficticio en una morgue hasta que es contratado como investigador por una empresa de seguros. Este trabajo le llevará a Grecia, donde un submarinista alemán ha perdido su barco... Barco que había pertenecido a un judío deportado a Auschwitz. La misión de Gunther se complicará con la cruel (y poco conocida) ocupación nazi de Grecia, y en sus pesquisas estará acompañado por un Biscúter a la griega, una hermosa mujer, un magnífico policía y la sombra de un enigmático buceador alemán cuya figura está basada, por cierto, en el célebre submarinista nazi Hans Hass: un magnífico elenco de secundarios que se mueven en un entorno ambientado hasta la perfección y cuyos diálogos son, como es habitual en Kerr, de una afilada exquisitez.  

Estructuralmente, uno de los grandes aciertos de Kerr fue ubicar sus novelas en una Alemania herida por el nazismo. La azarosa historia de Bernie Gunther, así, puede ser interpretada como un trasunto de la historia de la Humanidad, siempre al borde del abismo y del complejo dilema moral. Bernie nada en un río muy revuelto y nunca deja de contemplar la orilla con perplejidad: “La suma de las historias que nos convierten a todos en quienes somos solo parece exagerada o ficticia hasta que nos encontramos viviendo entre sus páginas manoseadas y manchadas”, confiesa.

Una vez más, Kerr combina con maestría la tensión, la distensión y la reflexión (en sus manos esta difícil alquimia parece un juego de niños) y adereza la narración con innumerables perlas que uno no se resiste a transcribir: “Seguramente fue un alemán quien inventó la noción de archiduque: un duque insatisfecho con su condición de duque normal y corriente”. O esta otra: “Lo más reconfortante de la historia es que uno se da cuenta de que los alemanes no siempre tienen la culpa”. A Kerr hay que leerlo siempre con un lápiz a mano.

Hay una buena noticia: Laberinto griego no es la última novela protagonizada por Bernie Gunther. Existe otra de título netamente expresionista y de próxima publicación que transcurre en el Berlín de 1928. Aparquemos, pues, la nostalgia hasta que lleguemos a Metrópolis.