La escritora oráculo vuelve la vista hacia el pasado

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texto ANTONIO LOZANO  foto PIETER M. VAN HATTEN

En “Manhattan Beach” (Salamandra), Jennifer Egan cuenta la historia de una mujer que aspira a ser submarinista de la Armada norteamericana.

Si en vez de por unos cuantos meses de adelanto hubiera sido por unos cuantos años, el hecho de que Jennifer Egan (Chicago, 1962) prefigurara en sus libros los smartphones, YouTube, Facebook y la telebasura habría llevado a que ahora su mente estuviera asaetada de electrodos en una base militar de Rosswell. Cuando se habló de la posibilidad de levantar un muro para proteger a Manhattan de los efectos de un huracán, se estaba reproduciendo una idea descrita en el último y futurista capítulo de su novela El tiempo es un canalla (Minúscula, Edicions de 1984), si bien con anterioridad ya había imaginado a un terrorista maquinando la demolición del World Trade Center.

Con El tiempo es un canalla, premio Pulitzer en 2010, Egan creó una obra neurótica, polifónica y mutante, capaz de tender una mano a Proust y, con la que le quedaba libre, diseñar (literalmente) un PowerPoint. Casi una década después, ha cerrado el laboratorio de experimentación narrativa, aparcado los malabares, cerrado con llave la caja de instrumentos posmodernos y dejado la especulación futurista a otros; se ha enfundado un vestido de corte clásico, subido a una máquina del tiempo con una palanca exclusiva de marcha atrás y confeccionado una novela que, dependiendo de cómo se mire, rompe con una trayectoria osada o supone el único camino verdaderamente revolucionario y sorprendente que se le abría: facturar una novela histórica sin ninguna voluntad transgresora.

Su último libro, Manhattan Beach, viene a ser el Barry Lindon de Stanley Kubrick tras 2001: Una odisea del espacio y La naranja mecánica. La heroína es Anna Kerrigan, una joven de familia irlandesa marcada por la desaparición de su padre —un sindicalista metido en el submundo criminal— siendo niña y que, de ser un peón más en el esfuerzo bélico desplegado en los astilleros de Brooklyn durante la Segunda Guerra Mundial, aspira a convertirse en la primera mujer buzo del ejército de Estados Unidos. La mafia y la maquinaria naval para combatir en Europa y Japón son el atractivo atrezo de un relato sobre la aportación de la mujer a la industria de guerra, los lazos de sangre y la necesidad de rellenar los vacíos de nuestra infancia.  

Egan es una superdotada a la hora de reflejar el estado anímico de los personajes, de indagar en su confusión emocional, de presentar al sujeto que avanza a tientas hacia la unión de las piezas vitales que desembocarán en la comprensión de su historia personal. Descuella en este sentido la compleja relación paterno-filial, los esfuerzos de Anna por interpretar la misteriosa figura de su progenitor Aquí, la autora se sale en la plasmación de una herida que pasa por estadios muy diferentes: “Durante meses, su ausencia había sido algo volátil, con vida propia, como si su padre se encontrara en la habitación contigua o a una manzana de casa. Anna lo esperaba en la escalera de incendios con la mirada fija en la calle, pensando que lo había visto, convenciéndose de que por el hecho de pensar así iba a obligarlo a aparecer. ¿Cómo no iba a aparecer cuando ella lo estaba esperando tan intensamente?”.

La búsqueda en la novela negra y de misterio de pistas que ayuden a clarificar la turbiedad que envolvía a las actividades profesionales de su padre supone un mecanismo muy inspirado a la hora de colocar a lector y protagonista en un mismo plano: la lectura como fuente de placer o frustración a partir del auto-reconocimiento o no en fuentes, a priori, muy alejadas de la experiencia directa: “Finalmente abrió su tomo de Ellery Queen. A pesar de sus variados y exóticos escenarios, todas aquellas novelas de misterio parecían transcurrir en el mismo lugar, un paisaje que a Anna le resultaba vagamente familiar desde hacía mucho tiempo. Siempre que terminaba una le quedaba mal sabor de boca, como si algo se hubiera torcido, como si esa novela en particular no hubiera cumplido las expectativas. Su descontento explicaba el número de novelas de misterio que leía: a menudo devolvía varias a la biblioteca en una misma semana. Desde la marcha de su madre, aquellas se habían convertido en trampillas que daban acceso a los recuerdos de cuando acompañaba a su padre siendo niña (…) ¿A qué se dedicaba su padre exactamente? ¿Era peligroso? Ahí estaba el misterio que ahora Anna sentía que le había estado mandando señales en código en cada libro de Agatha Christie, Rex Stout y Raymond Chandler”.

Manhattan Beach, sin embargo, pierde interés al desplazarse del interior de los personajes a las circunstancias históricas en las que se mueven, quedando sobre todo lastrada por un ahínco excesivo a la hora de mostrar el trabajo documental que hay detrás. Y es que la recreación de la época se sostiene más en la acumulación de datos que en la síntesis atmosférica, más en un despliegue prolijo que en un marco sugerente. Por otro lado, hay apartados temáticos, especialmente el de la formación de la protagonista como buzo, y determinados pasajes, como el accidentado periplo del navío Elizabeth Seaman por el océano Índico, que se alargan y alargan hasta incurrir en un tedio flagrante. Irónicamente, el mar es antes prisión narrativa que oxigenante horizonte narrativo.  

Manhattan Beach se hace fuerte al describir los extremos, sean de vulnerabilidad emocional y sentimental o de violencia física (ya en el sexo o en la guerra), pero la energía se le escapa en el receso, muchas veces moroso y puntilloso.

Si la autora cumple con su deseo reiterado de escribir sobre la materia oscura puede que la veamos de nuevo en la senda de la redefinición de los géneros, jugando a ser punk y victoriana en el mismo texto, concibiendo nuevos artilugios y faraónicas obras de ingeniería para circundar Manhattan.  

 

Drogas, Jobs y la condesa

Desde niña, Jennifer Egan fue una persona curiosa, que se sentía más a gusto observando que acaparando la atención. Pensó en ser médico, porque curar un cuerpo enfermo se le antojaba la forma más excitante de resolver un problema. Más adelante quiso dedicarse a la arqueología, porque reconstruir una remota forma de vida parecía muy cerca de desentrañar un misterio colosal. Al final cayó en la cuenta que lo que había estado buscando era escribir porque la imaginación participaba de ambas. (Nieta de un guardaespaldas del presidente Truman y con algunos sheriffs en su árbol genealógico, también valoró seriamente hacerse policía).

Colaboradora de medios como The New Yorker, Harper´s o The New York Times Magazine, Egan ha encontrado en el periodismo un germen recurrente para su ficción; completó un reportaje sobre adolescentes gays que viven en ambientes rurales ultraconservadores de América y consideran que su vida online es su existencia verdadera, el cual le inspiró un thriller gótico titulado The Keep; completó un reportaje sobre jóvenes modelos de Nueva York que le inspiró una pesadilla sobre el glamour titulada Look at Me; e, invirtiendo el orden de los factores, completó un reportaje sobre una compatriota encarcelada durante quince años en Perú por terrorismo después de escribir una novela titulada The Invisible Circus en la que aparecía una mujer que pertenecía a Fracción del Ejército Rojo.

Entre las curiosidades de su biografía, cabe citar una etapa confesa de excesos —“Tomé muchas drogas en los 1970 e hice cosas que no les recomendaría a mis hijos. Iba detrás de experiencias que me elevaran de la cotidianidad pero, a la postre, este tipo de trascendencia la acabé encontrando de verdad en la escritura. A través de ella, modelé una realidad alternativa con la que divertirme”—; tener a Steve Jobs de novio y ejercer de negra literaria de la condesa de Romanones