Una respuesta serena a la violencia terrorista

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texto ANNA MARIA IGLESIA  foto ARCHIVO

Philippe Lançon cuenta en “El colgajo” (Anagrama) cómo volvió a enfrentarse al mundo tras caer herido en el atentado contra la revista “Charlie Hebdo”.

“Aquella mañana, como todas las demás, el humor, las andanadas y una forma teatral de indignación eran los jueces y los exploradores, los espíritus favorables y los malignos, dentro de una tradición muy francesa que valía lo que valía, pero que los acontecimientos iban a demostrar que lo esencial del mundo le era ajeno”, escribe Philippe Lançon. Han pasado más de cuatro años desde aquel 4 de enero de 2015, día en que los hermanos Kouachi, al grito de “¡Allahu Akbar!” entraron en la redacción de Charlie Hebdo y comenzaron a disparar. Acababa de finalizar la reunión de redacción cuando los terroristas acabaron con las vidas de muchos de los periodistas presentes y truncaron la vida de algunos otros, entre los cuales está Lançon, uno de los pocos supervivientes. Como él mismo dice, el atentado interrumpió el transcurso de su vida, el puente que une el pasado con el presente se vino abajo. Tras aquel 4 de enero, para Lançon comenzó una nueva vida, marcada durante muchos meses por su estancia en el hospital de Salpêtrière y por las distintas operaciones a las que fue sometido para reconstruirle la mandíbula, que las balas de los dos terroristas le habían destrozado. “El atroz atentado de Charlie Hebdo me ha permitido nacer dos veces”, explicaba ayer por la mañana Lançon a la agencia EFE, durante la presentación de El Colgajo (Anagrama), un libro en el que el autor intenta reconstruir ese puente roto entre pasado y presente, reconstruir en todos los sentidos ese yo que se quedó en un pasado brutalmente interrumpido y que ya no tiene ni puede tener continuidad en el presente.

“Detrás de los problemas y las grandes penas/ que lastran con su peso la existencia brumosa, / feliz quien puede con un ala vigorosa/ elevarse hacia las tierras luminosas y serenas”, escribió Baudelaire. Lançon recupera estos versos, busca elevarse hacia tierras luminosas y serenas, no quedarse atrapado en la ira, el resentimiento y el odio. Sin embargo, como él mismo recuerda de aquellos primeros instantes en el hospital, “el ala vigorosa estaba entorpecida por un no sé qué mientras los primeros auxilio me examinaban”. Los auxiliares “cortaban con unas enormes tijeras brillantes las mangas de mi bonito chaquetón para librarme. Protesté, no quería separarme de él, no quería perderlo, ni el chaquetón ni la bolsa ni el móvil”, escribe el periodista, que en cierto modo comenzó a escribir, mucho tiempo después, El colgajo para recuperar aquello que allí se perdió y es que, como él mismo dice, no hubiera podido construir ningún futuro sin recuperar ese pasado interrumpido. No hay melancolía en el texto de Lançon, que no entiende la escritura como terapia, sino como indagación: El colgajo es el retrato íntimo de alguien que se interroga sobre cómo un hombre y las personas que lo rodean hacen frente a un acto de tal violencia como es un atentado. Insiste el periodista en subrayar que se trata de un relato personal, de una indagación íntima en torno a su experiencia. Cuenta solo aquello que vivió, aquello que su memoria ha retenido; no hay ninguna voluntad ensayística ni periodística, pues, como señalaba en una entrevista en Francia, El colgajo es un retrato íntimo, no indiscreto, de un hombre que busca reconstruirse en todos los aspectos de su vida desde la habitación del hospital, ajeno al ruido y a los gritos que provienen de fuera.

“Escribía en Charlie, había resultado herido y visto a mis compañeros muertos en Charlie, pero yo no era Charlie. El 11 de enero, yo era Chloé”, escribe Lançon. Chloé es su cirujana, una mujer decidida que lo acompaña a lo largo de todo el proceso de reconstrucción física, inseparable de la psicológica. Entre las cuatro paredes de su habitación de hospital, cual Xavier de Maistre en su biblioteca, Lançon escribe sus primeros pasos hacia esa nueva vida de la que será plenamente consciente la primera vez que, solo, ya sin escoltas, dé su primer paseo por París: “Miraba las cabezas de la gente, pero no para reconocerlos, sino para comprobar si me miraban, si me observaban, si había en mí algo que les llamara la atención (…) Ni policías, ni hermano, ni amigos: ya no había intermediarios entre los otros y yo, entre los muros de la ciudad y yo, entre el cielo por encima de los muros y yo, entre los escaparates y los coches y yo”. Lançon narra cómo vuelve a establecer su relación con la ciudad, cómo vuelve a enfrentarse a los otros, sabiéndose solo, sintiéndose otra vez un niño que se enfrenta al mundo por primera vez. Y enfrentarse al mundo es enfrentarse al miedo, un miedo que el autor se impone vencer. De la misma manera que no quiere caer ni en la ira ni el odio, no quiere dejarse vencer por los prejuicios ni abrazar el racismo; por ello, cuando en uno de sus primeros viajes en metro se encuentra con dos jóvenes árabes, se impone permanecer en el vagón, no bajar hasta llegar a su parada y es que, como él mismo dice, “tener miedo de todos los árabes menores de treinta años con los que me cruzaba no era lo normal, o no al menos para mí”.

El colgajo, novela ganadora del premio Femina y del premio especial Renaudot, es algo más que un testimonio; es una excelente obra literaria acerca de la superación, sobre un hombre que reconstruye su yo roto, un hombre que encuentra en la escritura una forma de reconstruir su pasado, su mundo y sus relaciones con los demás. Es, asimismo, una respuesta serena, culta y pacífica a la violencia, una lección de cómo hacer afrontar lo indecible.