Drama fraterno, tragedia europea

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texto GUILLEM BORRERO  foto ARCHIVO

La reedición de Claus y Lucas, de Agota Kristoff (Csikvánd, Hungría, 1935 – Neuchâtel, Suiza, 2011), es un acontecimiento literario que no debe pasar desapercibido. Y no solo porque muchos lo buscaron sin éxito en librerías durante los últimos años, sino porque este libro forma parte de esa selecta minoría de obras que sí están a la altura de las expectativas que crean.

Originalmente, se trata de una trilogía compuesta por El Gran Cuaderno (1986), La prueba (1988) y La tercera mentira (1992), pero en España, en 2007, fue publicada en un solo volumen por El Aleph. La acción está ambientada en un misterioso país invadido por dos ejércitos extranjeros antes, durante y después de una gran guerra. Fuera de que el texto es un impresionante ejercicio de malabarismo técnico donde vemos a Kristoff moverse con comodidad dentro de un laberinto de voces narrativas, la historia es muy sencilla. Se nos cuenta la tragedia de dos gemelos, Claus y Lucas, que nacieron en el momento equivocado para protagonizar una historia moral: su familia es masacrada por el conflicto armado y luego ellos son separados por el Telón de Acero. Con lo dicho, siendo honestos, ya se tendría horror para el resto de la historia. Entonces, ¿para qué añadir nada más?

No es arriesgado suponer que la autora, en el momento de sentarse a crear a dos personajes de una edad similar a la que ella tenía cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, se planteara ese mismo dilema. Por ello, tal vez, fue que terminó empleando el francés, una lengua no materna, no tan atada a las tripas de su memoria, para redactar los tres libros de Claus y Lucas. Está claro que la reflexión en torno a la forma no es baladí en esta obra. Kristoff, con bastante seguridad, también debió de preguntarse, al igual que lo hicieron Primo Levi o Kurt Vonnegut: ¿cómo convertir en palabras algo que supera en mucho todo lo que se ha vivido hasta el momento?, ¿qué puede lograr un seguido de frases, amén de hacer el ridículo?

Qué sorpresa se lleva el lector al dar con la respuesta a estas elevadas cuestiones apenas superadas las primeras veinticinco páginas. Tenemos enfrente una declaración de principios por parte de uno de sus jóvenes narradores. Lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos, solo eso salvarán de las llamas, confiesa Claus, o Lucas, o los dos. Entonces, ¿por qué el aparente distanciamiento que debería resultar de la fidelidad a estas máximas, en realidad, logra todo lo contrario? Este es un hallazgo de Kristoff: los hechos en bruto, dispuestos de determinada forma, no es que hablen, es que gritan y berrean y casi arañan la piel del lector; el texto es de una elocuencia difícilmente superable, por rotunda, por contundente, por brutal.

Me gustaría creer que esta trilogía es pura ficción. Me gustaría poder comentar que la parca y austera voz que nos habla, consagrada a constatar hechos sin apenas engrasarlos con florituras líricas, es una decisión estética de la autora, un artilugio para, quitando palabras, aumentar el impacto de las que permanecen en el texto. Pero mucho me temo que no, que Kristoff, quien se exilió en Suiza tras la represión soviética de la Revolución húngara de 1956, hablaba de lo que sabía, y que la voz que encuentra el lector en estas páginas es la única que la autora podía articular: la voz de los hechos.

¿Pero este libro habla solo de muerte y destrucción, de vidas truncadas y perversión? Seamos sensatos y no contestemos a esta pregunta. En cambio, pensemos, por un instante, en las personas normales, en esa gente de a pie a la que, simplemente, le ha tocado vivir una época excepcional. ¿Qué cabe esperar de la vida humana en un mundo que enloquece más allá de todo límite imaginable?

Con la reedición de Claus y Lucas, en fin, se recupera una obra imprescindible para los que aún creen en la posibilidad de explorar los abismos de la vida mediante la literatura.