Antoni Gaudí: la persona más allá del arquitecto

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En la novela epistorial Yo, Gaudí (Galaxia Gutenberg), Xavier Güell se adentra en la figura del arquitecto catalán

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

“En torno a Gaudí hay una bruma de misterio. Probablemente, el primer círculo que dificulta el acceso a su obra es el secreto intrínseco que acompaña a todo genio”, escribía Juan Eduardo Cirlot refiriéndose al arquitecto barcelonés, del que Martinell, siguiendo lo dicho por el poeta, afirma: “Permanecía para nosotros como un ser misterioso con algo extranatural”. Es precisamente en este componente misterioso y extraordinario de su persona en el que indaga Xavier Güell en su novela Yo, Gaudí (Galaxia Gutenberg). El interés de Güell por el arquitecto fallecido en Barcelona en 1926 viene de lejos, desde sus años de infancia, en los que el nombre de Gaudí era recurrente en las conversaciones familiares, pues su tatarabuelo, Eusebi Güell había sido el mecenas que había tomado bajo su protección a Gaudí cuando éste era todavía un joven arquitecto recién salido de la facultad.

Discípulo de Leonard Bernstein y Sergiu Celididache, Xavier Güell es un reconocido director de orquestra y promotor musical que, hace ya algunos años, dio el salto a la literatura. Si sus dos primeras novelas, La música de la novela y Los prisioneros del Paraíso, prestaban atención a uno de sus principales intereses desde el punto de vista musical, las vanguardias, y narraban las vidas, por un lado, de los grandes compositores centroeuropeos y, por el otro, de los músicos checos muertos en Auschwitz, donde fueron trasladados desde el campo de trabajo de Terezin, en esta nueva novela Güell se adentra en un personaje con el cual mantiene una relación de admiración y fascinación que va más allá del mero deleite intelectual y artístico. Y es que, como él mismo dice, Gaudí ha sido desde siempre parte de su familia, no solo es protagonista de gran parte de los recuerdos familiares, sino también de los muebles y objetos por él diseñados decoraban las estancias de la casa familiar en la que Güell creció. Era, por tanto, difícil para el compositor y escritor no acercarse a la figura del arquitecto, resistirse a escribir sobre este hombre del que tantas historias había escuchado en casa y que, sin embargo, permanecía siendo un misterio, como bien subrayaba en su día Cirlot.

“Gaudí se sintió siempre muy solo”, señala Güell, alguien que sentía que no podía compartir su universo artístico con nadie; despreciado por las vanguardias y el noucentismo, el arquitecto construyó su mundo artístico sin nunca ceder a las presiones externas, siendo profundamente honesto con su concepción de la arquitectura y con su imaginario. Fue, por ello, afirma Güell, “un hombre desconfiado”, alguien al que la soledad convirtió en un “misántropo”, un ser encerrado en sí mismo, contradictorio, que apenas se dejó conocer como persona. Como señalaba Laura Mercader en la introducción de Escritos y documentos publicado por Acantilado, Gaudí dejó muy pocos textos escritos, muchos de los cuales se perdieron en el incendio del obrador de la Sagrada Familia, en 1936. Sus textos más reveladores para conocer su concepción de la arquitectura, pero también su idea de cultura y sus ideales políticos en relación con Cataluña, fueron escritos en sus años de juventud, cuando Gaudí, señala Mercader, “cercano a los círculos intelectuales de Barcelona, consideró, al margen de la arquitectura, la escritura como medio idóneo para expresar públicamente sus ideas reformistas”. ¿Qué pasó para que el arquitecto abandonara la escritura? “A parte del breve epistolario, los escritos posteriores a 1881 que se han conservado y localizado son, en su mayoría, documentos de trámite burocrático”, señala Mercader, “los anteriores a esta fecha permiten dibujar el perfil de un técnico en arquitectura, más que de un pensador o un historiador” y es precisamente ese otro perfil, juntamente al de arquitecto, el que trata de trazar Güell en su novela, donde descubrimos a la persona de Gaudí en toda su complejidad, sus ideas políticas, su religiosidad o su relación con la masonería.

“Las cosas que digo en este libro no podría decirlas en una biografía”, confiesa Güell que para construir la figura de Gaudí ha tenido que leer entrelíneas, crear al personaje a partir de los vacíos, a partir de aquello que los documentos y sus escritos no dicen, a través de la interpretación, como dice el propio Güell, pero también de la imaginación. En efecto, el autor utiliza el recurso del manuscrito encontrado para realizar una novela, cuyo punto de partida es, de hecho, el hallazgo de unas cartas que Gaudí escribió, pero nunca envió a Alfonso Trías, el hijo adolescente de Martín Trías, propietario de la única casa que se vendió del Park Güell. Entre Martín y Gaudí, Xavier Güell imagina una relación de maestro-discípulo, Martín es, en cierta manera, el hijo de Gaudí no tuvo; es una relación que, como señala el propio Güell, evoca a la que “Séneca tuvo con Lucilio u Oscar Wilde con Alfred Douglas”, una relación basada en el cariño. “Gaudí le cuenta a Martín aquello que no le cuenta a nadie” y lo hace desde Puigcerdá, donde se ha retirado, enfermo, con la extraña premonición de que la muerte no está lejos. A través de la invención de estas cartas, Xavier Güell recorre la vida de Gaudí, describe su imaginario, analiza su concepción de la arquitectura, su religiosidad y su no del todo claro posicionamiento político. Y esto lo hace Güell dando la voz al propio Gaudí: es él quien habla a través de sus cartas. No hay narrador, ninguna voz media entre el lector y el arquitecto. “Me he identificado plenamente con Gaudí”, comenta el escritor, siguiendo el consejo que un día le dio Berenstein: cuando se toca a Mahler, hay que ser Mahler.

Un arquitecto “de enorme sensualidad y erotismo”, así define Güell a Gaudí, a quien compara con la de Santa Teresa: “De la misma manera que la obra de Santa Teresa es incomprensible sin sus rasgos místicos, la arquitectura de Gaudí es incomprensible sin los monstruos y fantasmas que habitaban su imaginario. Su percepción era única.”. Interesado por los místicos, la religiosidad de Gaudí, estrechamente vinculado a la liturgia católica, transformó su mundo estético, donde, como sucede con los místicos, lo religioso se funde con lo sensual e, incluso, con lo erótico. Güell, que reconoce emocionarse con la figura del arquitecto catalán, lo reivindica definiéndolo no solo como el más importante arquitecto del modernismo, si bien Gaudí nunca se sintió cómodo con esta etiqueta, pues él “siempre quiso ir un paso más allá”, sino como el arquitecto que ha situado a Barcelona en el mapa. “Si Barcelona es internacionalmente conocida es, en gran parte, gracias a Gaudí. Él construyo la imagen que hoy tiene la ciudad.”

Yo Gaudí no es ni una biografía ni un ensayo; es una novela y, por tanto, ficción. Sin embargo, a través de la ficción creada por Güell el lector podrá acercarse a Antoni Gaudí, quien, a pesar de la fama de su obra, sigue siendo un gran desconocido.