El gran artesano del “noir” gallego

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Domingo Villar ha tardado una década en pulir “El último barco” (Siruela), la tercera peripecia del detective Leo Caldas.

 

 

 

 

Texto: REDACCIÓN

 

 

Algunos factores que explican la singularidad de la obra de Domingo Villar, un flemático que juega a la contra, un saboteador de la novela negra desde postulados irónicamente moderados:

1. Si hay un argumento que respalda a los detractores del género negro cuando lo asimilan —sin matices, metiéndolo todo en el mismo saco, una línea de flotación común en la que chapotean Ross McDonald y Camilla Läckberg, Dorothy L. Sayers y James Patterson— a una rama más del modelo best seller es que buena parte de su producción responde a criterios estajanovistas. Intereses comerciales de autor y editorial, y el mantenimiento de series —o, visto desde otra óptica, la esclavitud al personaje— fuerzan —por contrato en el caso de los grandes nombres— a un ritmo de publicación que va en detrimento de la calma y la exigencia que, por lo general, están en el centro de la calidad literaria, o por lo menos, de la exposición de argumentos e ideas atractivos o renovadores. Puede que solo Georges Simenon supusiera la excepción a este vínculo irrompible entre grafomanía e irregularidad. En las antípodas de la fiebre por la novedad, de la urgencia como guía de la escritura, se sitúa Domingo Villar, que libro tras libro parece rivalizar con Donna Tartt en la dilatación del arco temporal que separa un título de su predecesor. El último barco, la tercera entrega protagonizada por el detective Leo Caldas en tierras gallegas, ha llevado la estrategia de caracol hasta los diez años. ¿Algún otro autor de novela negra ha dejado transcurrir un lapso que habría permitido la gestación de 13,3 seres humanos? Entre 2009 y 2019, Michael Connelly ha firmado catorce novelas. Lorenzo Silva, nueve, cinco libros de relatos, cinco ensayos y dos obras juveniles. “Uno sabe cuándo comienza la escritura de un libro, pero no puede saber cuándo va a terminar —apunta por correo electrónico el autor—. Muchas obras se abortan a medio camino y otras se quedan en meras intenciones. Entiendo que diez años entre libro y libro son muchos, pero yo prefiero no entregar un manuscrito si no estoy razonablemente convencido de que no puedo pulirlo más sin estropearlo. Me gusta mi oficio, disfruto trabajando los libros. Terminarlos tiene algo de alivio, pero tiene mucho de desgarro también”.

2. La paciente maduración de las novelas de Domingo Villar se filtra y expande por todos los rincones de las mismas: personajes, ritmo, atmósferas, tono… Método y contenido forman una suerte de unidad indivisible. La calma es un elemento distintivo de su ciclo y, a ojos del género negro, un recurso tremendamente subversivo pues el nervio, la acción, la furia, el ir a contrarreloj, la desesperación… han regido tradicionalmente sus parámetros. El propio Leo Caldas es un ejemplo de sosiego y bonhomía, una enmienda a la totalidad del detective como pozo sin fondo de demonios y vicios. “De hecho, creo que El último barco, por encima de una investigación policial, es una novela de personajes cuyos dos grandes temas son la soledad y la compasión —sostiene Villar—. El reconocimiento del lector solo es posible, en mi opinión, cuando los personajes tienen relieve, humanidad... Nada conecta tanto a las personas como la emoción”.

3. En el fondo, El último barco, igual que antes Ojos de agua y La playa de los ahogados, representa un modo de acercarse con naturalidad y humildad a determinada gente, determinados paisajes y determinadas costumbres, donde lo policial está ahí al modo de una música ambiental, de un papel pintado, de una ropa interior térmica, acompañando a lo que de verdad importa. Lo confirman estas palabras de Villar sobre su forma de trabajar: “Me documento mucho para mis libros, pero no demasiado en lo que atañe al trabajo policial. Para escribir La playa de los ahogados me empapé durante meses del ambiente de los marineros y, antes de escribir El último barco, además de pasar muchas veces por los escenarios, disfruté de conversaciones extensas con los maestros de la Escuela de Artes y Oficios, que me prescribieron lecturas técnicas y me ayudaron a conocer desde dentro algunas de las particularidades de sus oficios artesanos. También mantuve encuentros con educadores de jóvenes con dificultades comunicativas; con marineros del transbordador que cruza la ría; con mendigos… En cambio, el trabajo policial se lo dejo a mi instinto. En vez de documentarme, prefiero ponerme en los zapatos de Caldas y lanzarme a imaginar”