Jorge Comensal: "“La existencia de hospitales de acceso restringido, tanto públicos como privados, es oprobioso”

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El escrito mexicano Jorge Comensal publica su primera novela, "Las mutaciones"

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: LOLA ESTUDIO

 

Las mutaciones (Seix Barral) es el primer trabajo del mexicano Jorge Comensal, una novela humorística acerca de un abogado, Ramón, que, por culpa de un cáncer, pierde el habla y encuentra paradójicamente en el loro Benito su mejor interlocutor. Benito es el único que se comunica con él, que parece comprenderlo.

La segunda parte de la novela comienza con una cita de Susan Sontag, proveniente de su ensayo La enfermedad y sus metáforas, texto que parece estar detrás de su novela, ¿es así?

Muchos creen, por culpa de charlatanes biocuánticos y espiritistas, que el cáncer es efecto de nuestras emociones “negativas”, de rencores, corajes o resentimientos. De ese modo, convierten el cáncer en un castigo moral, en una enfermedad de origen psíquico. No hay evidencia alguna de que tenerle envidia a tu primo produzca cáncer de próstata (aunque parece que eyacular demasiado poco a lo largo de la vida, sí). En Las mutaciones quise confrontar la teoría psicosomática del cáncer con un relato de neoplasias azarosas, incomprensibles, imposibles de achacar a la conducta o los sentimientos de los personajes, a los que les tengo un gran afecto. Leer ese libro de Susan Sontag fue fundamental para hacerme consciente de la antigua tradición de atribuirle una dimensión moral a las enfermedades que no entendemos. Antes del cáncer, la tuberculosis decimonónica y la peste medieval fueron depósitos metafóricos de nuestros miedos y obsesiones. Sontag, como paciente de cáncer, conoció muy bien la enorme carga de lidiar con las miradas acusatorias de los onco-moralistas (los que creen en la causa moral del cáncer), de sobrevivir al efecto secundario más difícil de la enfermedad: no la calvicie de la quimioterapia, sino los silencios acusatorios, recelosos, de los que creían que ella era responsable de su condición. La pseudociencia deja de ser un consuelo cuando te culpa de tu propia enfermedad.

Como observaba Sontag en su ensayo, ¿el cáncer es una de las enfermedades más tratadas en literatura y, por tanto, que más sujeta ha sido a convertirse en metáfora de otros males?

El cáncer figura en muchos relatos (literarios, teatrales, cinematográficos), pero esas historias casi nunca se tratan del cáncer. Es un personaje secundario, un tramoyista. La enfermedad muchas veces se utiliza como lubricante melodramático, como arma asesina, como Deus ex machina para inducir una escena conmovedora, pero casi nunca se ahonda en la vivencia misma de la enfermedad, en sus antecedentes genéticos y su dimensión oncológica. La obra Wit, de Margaret Edson, es una excepción fabulosa, una obra de teatro que sí se sumerge en la enfermedad.

Si, por un lado, en Las mutaciones la enfermedad se convierte en metáfora de un mal social, familiar y de relaciones interpersonales, por otro lado, ¿podría decirse que el protagonista parece hacer caso a Sontag y encarar la enfermedad huyendo de la metáfora, mirando a la cara a la enfermedad y sus implicaciones?

Más que una metáfora en sí misma, la enfermedad es el detonador accidental de una crisis (familiar, económica, subjetiva) que saca a la luz la existencia de esos males que mencionas, totalmente ajenos a la multiplicación desordenada de las células somáticas. Ramón Martínez, el protagonista de la novela, encara la enfermedad de una manera muy varonil, en el peor sentido de la palabra: reprime sus miedos y sentimientos, rehúye la idea de la mortalidad y se concentra en lo más práctico: conseguir dinero, salvar su patrimonio, no verse tan demacrado. Cada uno de los personajes, el médico, la psicoterapeuta y los pacientes, viven la enfermedad a través de metáforas distintas, pero la novela no adopta ninguna de ellas como si fueran las adecuadas. Con el epígrafe de Sontag, al margen del relato en sí mismo, sugiero que tal vez sea mejor vivir el cáncer sin metáforas.

“A mí no me da ningún miedo la muerte. Lo que me da miedo es la deshonra de dejar a mis hijos en la calle”, le dice el protagonista a su loro. ¿Podríamos hablar de las consecuencias sociales y económicas que trae consigo toda enfermedad y, consecuentemente, la deshonra y la vergüenza con la que el enfermo vive dichas consecuencias?

Cuando las personas creemos, como muchas veces sucede con el cáncer, que la enfermedad es producto de pecados, faltas, sentimientos negativos, el paciente vive una condena social que lleva al autorreproche, al repudio, al aislamiento. Por otra parte, las cirugías y tratamientos oncológicos cuestan una fortuna, y cuando una persona carece de seguridad social y de seguro médico privado, como le pasa a Ramón, enfermar puede convertirse en sinónimo de bancarrota, de despojo absoluto. Incluso las personas que cuentan con seguro médico privado temen el día en que sus cuentas médicas alcancen el tope hospitalario y tengan que empezar a pagar de su bolsillo. La desgracia financiera es una dimensión de la enfermedad que muchas veces no se toma en cuenta ni se explora a través de la ficción.

Todas estas cuestiones aparecen en el libro a través del humor, que impregna toda la novela. Esto me lleva a preguntarle sobre cómo se planteó abordar un tema como el cáncer desde una óptica paródica.

La novela fue una forma de comunicar el miedo que tengo al cáncer, y conjurarlo. ¿Cómo? A través de la sátira, del cuestionamiento irreverente de valores opresivos, de la religiosidad tradicional, los prejuicios clasistas y las costumbres ridículas de la sociedad en la que vivo. Traté de retratar situaciones curiosas en las que pudiéramos reírnos con los personajes, reírnos a través de sus ojos, y desahogar con ellos, y no a costa de ellos, la tensión producida por el cáncer, la soledad, las fobias. No sé dónde acabe el humor, pero sí sé que empieza por reírse de uno mismo.

Cuando publicó la novela en la editorial Antílope, la crítica subrayo el perfecto equilibrio entre comedia y tragedia. ¿La tragedia aparece después de la risa, se esconde detrás de lo humorístico?

Creo que la tragedia más bien antecede a la risa. Uno sufre primero y después, si sobrevive, podrá reírse de lo que le pasó. Nacimos llorando, expulsados del cuerpo de nuestra madre con dolor, con esfuerzo, desgarrados de su cálida placenta, de la comodidad amniótica. (Yo nací por cesárea, lo cual tal vez empeoró mi sistema inmunológico, pero aligeró mi sentido del humor.) Para mí, la mayor sabiduría consiste en ser capaz de reírme en medio de la incertidumbre, la crisis y la desgracia. A pesar del sinsentido de la existencia, echar relajo. La tragedia es elitista: sólo los dioses y los héroes tienen un destino, una fatalidad ineludible. A los humanos comunes y corrientes nos toca lidiar con lo arbitrario y lo azaroso. Yo quise escribir una novela seria, sobre experiencias terribles, dolorosas, pero traté de hacerlo sin solemnidad. Traté de retratar a personajes complejos y ridículos al mismo tiempo, profundos e insignificantes, como todos.

“Eso que anunciaban en la televisión como ‘salud’ era el opio de un siglo narcisista, una quimera publicitaria para vender vitaminas, ensaladas y ropa deportiva”, afirma el oncólogo. ¿Podemos hablar de la ‘salud’ como un ‘mal’ o como otra forma de enfermedad social?

La salud, así como la retratan en la publicidad, es una utopía perniciosa. Hay excesos de salud que se convierten en patologías: ortorexias, anorexias, vigorexias. En Silicon Valley vive un sujeto, Ray Kurzweil, que toma decenas de píldoras al día para mantenerse sano hasta el día en que la antropotecnia lo pueda volver inmortal. Aparte de todos los tratamientos que realiza para mantenerse sano hasta la Singularidad, que es una suerte de apocalipsis tecnocéntrico, Kurzweil se tiñe el pelo, hace ejercicio, desayuna salmón orgánico, quién sabe qué más. Esa obsesión por la salud habla de un miedo terrible a la finitud. Otro aspecto en que lo “saludable” se vuelve perjudicial está en la demasiada higiene. Al parecer, las alergias de nuestro tiempo son propiciadas por la pulcritud excesiva de la infancia. Eduardo, el joven protagonista de Las mutaciones, le tiene fobia al contagio y a la enfermedad, y ese miedo a enfermarse es una enfermedad en sí misma.

La novela pone el foco sobre el negocio en torno a la medicina. ¿enfermar puede convertirse en un lujo?

¡Claro! Me pregunto muchas cosas al respecto: ¿es correcto que tratemos la medicina como una mercancía? ¿No debería ser un derecho? Así como condenamos el uso homicida de las armas, deberíamos condenar la privación homicida del tratamiento médico. La existencia de hospitales de acceso restringido, tanto públicos como privados, es oprobioso.

Uno de los temas del libro es la ausencia de palabra. ¿qué somos o qué dejamos de ser cuando perdemos la palabra?

Hace años, al trabajar con personas enmudecidas por diversos trastornos del lenguaje, es que al perder la palabra perdemos nuestra dimensión social. La mayor parte de nuestros lazos personales, familiares, laborales, amistosos, se sostienen gracias al lenguaje. Vivimos en la lengua, y sin ella quedamos en la indigencia. Sin ella estamos solos, penosamente solos.

En una entrevista decía que sin habla nos volvemos exiliados del mundo. ¿Esta ausencia de habla puede ser por motivos físicos, como es el caso de su protagonista, pero también debida a la falta de reconocimiento, es decir, a un mundo que niega la palabra a parte de sus habitantes?

Por supuesto. Este enmudecimiento opresivo se hace patente, por ejemplo, en la marginación de las minorías que experimentan deseos heterodoxos, y en la violación de los derechos lingüísticos de los pueblos originarios de América. En México se hablan decenas de lenguas que tanto el Estado imperial como el mexicano han tratado de suprimir desde hace siglos. Lo mismo ha sucedido en la Península Ibérica. El esfuerzo por amputarnos la lengua. Cuando no se te permite, por ejemplo, declarar en tu lengua durante un juicio, se te niega la existencia como ciudadano. La madre de Elodia, uno de los personajes que más aprecio en la novela, hablaba náhuatl, la lengua de los mexicas. Elodia ya no lo habla: ella ha sido privada de su lengua materna por un cúmulo de prejuicios sociales y políticas públicas.

¿Es contra este exilio que escribe el escritor? ¿Escribe para formar parte del mundo?

Los libros son el paraíso de los introvertidos. Poemas, relatos, ensayos: con ellos decimos verdades que de otro modo seríamos capaces de pronunciar. El alcohol traba la lengua, el verso la tonifica. En Las mutaciones hay versos polizones: octosílabos y endecasílabos que animan la prosa de vez en cuando. La literatura es una forma de hablarnos a la distancia. De escuchar a los muertos y vivir en conversación con los difuntos, como hizo Quevedo. Yo escribo para formar parte de esa plática, de esa fiesta de espectros. Cada quien en su casa, con los libros. He disfrutado mucho responder a sus preguntas, pero si tuviera ganas de lucirme con extravagancias pude haberme peinado el bigote y guardado silencio ante las preguntas, pude haberme limitado a señalar el libro, porque ahí está todo lo que realmente quise decir.