Ingrid Guardiola: Romper las cadenas digitales

Hits: 756

Antonio Lozano entrevista a la ensayista Ingrid Guardiola, autora de El ojo y la navaja

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

Foto: ÓSCAR F. ORENGO

 

 

Uno de los retratos más acertados de la denominada Generación X –los nacidos entre mediados de los 1960 y principios de los 1980– llegó en 1996 de la mano de la película Reality Bites (literalmente “La realidad muerde”, si bien se tradujo como Bocados de realidad). Hoy los millennials, y el resto con ellos, afrontan el problema opuesto: es la irrealidad la que muerde. Sobreexpuestos a imágenes de toda índole, nadando en universos virtuales, entregados a intercambios artificiales y a relaciones simbólicas, los seres humanos vivimos muy lejos de los sueños de los ciberutópicos que moldearon internet, plegándonos, en muchos casos de forma inconsciente, a los deseos y manipulaciones de grandes corporaciones. En su extraordinario ensayo El ojo y la navaja. Un ensayo sobre el mundo como interfaz, la investigadora y realizadora audiovisual Ingrid Guardiola (Girona, 1980) aborda este panorama de omnipresencia digital, de mercantilización y control de todas las esferas de la vida pública y privada, y, lo más importante, señala vías de cambio para que el individuo y el colectivo recuperen su autonomía y libertad.

La imagen siempre ha sido una herramienta de control social, basta pensar en la iconografía religiosa. ¿Por qué ahora habríamos de estar especialmente alerta?

La imagen no solo ha sido una herramienta de control social, sino también de comunicación y congregación social. Si pensamos en las imágenes religiosas, estas buscaban antes que nada comunicar, había una trascendencia implícita en la talla o en el fresco. Pero uno siempre podía apartar la vista o no acudir al lugar del culto. Asimismo, la imagen gozaba de un poder consolador, se establecía un diálogo silencioso con aquello que era desconocido, invisible e inaprensible, era una suerte de médium con lo incognoscible. Con todo, la fuerza de la acción radicaba antes en la prédica que, en las imágenes, las fuentes eran textuales, en los tres monoteísmos la palabra es la herramienta de dominio y propaganda, la imagen acompaña y permite lecturas más ambiguas, es evocadora, siempre permiten añadir algo. Hoy en día, las imágenes han suplantado este ámbito retórico que antes ocupaba la palabra o el púlpito, todo el rato nos estamos conectando a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Antes existía el contrarrelato de la esfera doméstica y del pueblo, de las reuniones sociales. Ahora pasamos más rato en estos nuevos lugares de culto que en la contraesfera pública.

Peligrosos también al generar aislamiento y alienación cuando las sensaciones son las opuestas.

Compartimos información y afectos a través de una tecnología que solo en teoría nos conecta a los otros. Si el concepto de “habitación propia” de Virginia Woolf se acaba rigiendo por la lógica de la comunicación permanente, lo único que se consigue es performativizar la intimidad; si lo que antes era reflexión, proyección e indeterminación se concreta tanto a través de la pantalla, toda comunicación se convierte en una especie de performance extremadamente visible y predecible. Antes, la subjetividad se vivía de una forma mucho más tranquila pues no tenías que estar en todo momento posicionándote, reafirmándote a ti mismo e identificándote. Hablamos de una coreografía agotadora. La socióloga Sherry Turkle habla de cómo estamos “solos acompañados” y del falso efecto enjambre que crean las redes. De hecho, su configuración es muy similar a la del enjambre, pues las posibilidades comunicativas no son tan grandes como nos parecen, prime- ro por una cuestión de organización algorítmica y luego porque existen jerarquías en función de tu peso social. La conversación no es tan libre como se presupone, encontramos abejas reinas, como Kate Perry, y millones de abejas obreras. Y ni tan solo producimos miel, cosas dulces. De aquí que Turkle, junto con otros filósofos, como Josep Maria Esquirol, defiendan el re- torno a la conversación, a la intimidad insobornable y a principios dialógicos.

La conversación tiene un ritmo que va contra los tiempos.

Es difícil saber si, en los encuentros con familiares y con amigos, no tenemos ya nada o muy poco que decirnos o a compartir fruto de la edad o de un cansancio extremo, o bien como resultado de que la tecnología ha hecho que vivamos la comunicación en línea de forma sustitutiva porque es un modo mucho más intenso y veloz, reactivo y colectivo, fragmentario e impulsivo, incluso hormonal al excitarse la testosterona y las glándulas del deseo. El salto al plano físico plantea una dificultad al operar con unos códigos muy distintos. En el espacio comunicativo colectivo hay intensidad, fiesta y lucha a diario. Sin hilos y sin hashtags cuesta más entrar en la conversación, pero la gracia es que luego permite más profundidad, la parte coreo- gráfica y poética sale ganando. En el mundo digital no llegamos juntos a ningún sitio, todo funciona al modo de un pretexto y un subterfugio. Es una conversación permanentemente interrumpida, un fragmentarium de los temas más banales o más gastados del día a día de la comunicación pública.

A las plataformas de contenido les cedemos libertad a cambio de conexión y de entretenimiento. La servidumbre voluntaria no es nueva, pero, como indicas en el libro, muchos no parecen ser conscientes de que Facebook es un ente privado que nos manipula emocionalmente. Apuntas la importancia de pasar del “conócete a ti mismo” al “cono- ce lo que hacen contigo”.

En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber ya explicaba muy bien el concepto de gratificación diferida, la idea de que tu esfuerzo y trabajo te serán recompensados en un momento futuro indeterminado. En el ámbito digital impera la misma lógica de la servidumbre voluntaria sobre la que los pensadores marxistas alerta- ron en el ámbito laboral. La evolución del espacio digital debería explicarse. Facebook ya no es lo que era. Hay que saber quién hay detrás, igual que el lector que escribe una carta al director de El País sabe a qué medio se dirige. Facebook, que no olvidemos que nace como resultado de una venganza personal, lo cual ya es revelador, entra en Bolsa en 2012 y comienza a aparecer publicidad en su interfaz, luego se pone a manipular la opinión pública por medio de experimentos de cara a ver cómo la ingeniería social puede modificar el ánimo y la conversación pública de la gente, favoreciendo así la circulación de fake news y la alteración del voto electoral. El ciudadano debería ser consciente de qué se hace con la información que comparte, con sus datos, con el producto de su trabajo, que los signos que esparce por esta red social entran en un engranaje económico, y luego, claro está, debería tener derecho a apropiarse de ellos.

Señalas la liberalización del merca- do de las telecomunicaciones en los años 1990 como la muerte del ideal utópico con el que surgió internet.

Internet no es el espacio ilimitado que deseaban los ciberutópicos de aquella época, quienes soñaban con que nos libraría de las servidumbres y violencias de los mercados. Al contrario, ha acabado siendo un espacio vallado, donde rige además la competitividad y la contaminación (a este respecto, internet no es una nube, imagen idílica conformada a partir de un individuo decimonónico como John Ruskin, sino miles de kilómetros de cables y servidores, un imaginario industrial que queda eclipsado por uno etéreo y diáfano; la artista Joana Moll ha trabajado mucho sobre este tema). Pensemos que las puertas de entrada básicas que empleamos son Google, Gmail y las redes sociales (Facebook, Instagram y Twitter). Un número, pues, muy reducido de portales que capitalizan todos los flujos de internet. Cualquier plaza pública reúne más diversidad y amplitud que el diseño monopolístico y corporativista de internet.

¿En qué punto estamos en la lucha contra los múltiples frentes de la tiranía digital?

Ya existe un amplio campo de batalla en la defensa de la tecnología libre y abierta, muchas iniciativas que velan por la soberanía tecnológica o digital, es decir, porque la tecnología no esté en manos privadas, no constituya un arma de vigilancia ciudadana, ni de control y manipulación social. Su liderazgo recae aún en un sector de perfil activista pero cada vez se normalizará más. Muchos tecnoutópicos comienzan a ver con suspicacia el escenario actual, están los desertores de Silicon Valley, ¡si incluso José María Lasalle, el exministro del PP, acaba de publicar un libro titulado Ciberleviatán! Los liberales y la gente de izquierdas de golpe se han encontrado con un interés común: entender que parte del espacio digital atenta contra la democracia. Resulta esperanzador que, desde el cooperativismo, ya se hayan implantado alternativas a los grandes monopolios, rompiendo con la atomización de la organización del trabajo y con la implantación de fórmulas asfixiantes del seguimiento del rendimiento de los empleados que practican empresas que funcionan como plataformas de datos, caso de Google, Amazon, Cabify o Uber.

Escribes sobre cómo los referentes virtuales y de fama efímera (You- tubers, Instagramers…) devalúan la experiencia inmediata y atentan contra el sentido histórico al no permitir la solidificación de recuerdos, que son la base de la memoria.

Las estatuas públicas de Lenin o de Saddam Hussein se erigían para recordar a los individuos relevantes de la historia y estaban llamadas a perdurar varias décadas hasta que eran derrocadas, con las estrellas de vida corta basta con apartar la mirada para bajarlas del pedestal. Me parece novedoso porque, de este modo, el poder se concede al que mira y no al que es visto. El problema es que esto lo entendemos como un deber (actualizar sin descanso porque si no no estamos al día) y no como un poder. Estamos obcecados con el hype y el trending topic, estamos en un mercado del ver que demanda novedad permanente, las personas son antes reconocidas por su apariencia que no por lo que hacen, lo que facilita la renovación sin pausa, se reemplazan apariencias y no gente. Las celebridades son fantasmagorías. Y prestarles atención obviamente va en contra de la memoria histórica. La pregunta de dónde venimos ha quedado fuera del mapa, incluso en los telediarios se desatienden los contextos y orígenes de las noticias, las causas, y así no podemos pensar hacia dónde van las cosas. A la industria mediática y del entretenimiento le beneficia mucho que no esperemos nada.

Este caldo de cultivo es el que también permite la proliferación de la nostalgia en la cultura popular, un tratamiento del pasado con el que eres muy crítica.

El revival es una nostalgia esteticista porque no te conecta con el pasa- do, te conecta con su estilismo, no con su significado. La nostalgia por la década de los 1980 que hemos presenciado en los últimos años se ha centrado exclusivamente en el mundo del entretenimiento y ha dejado fuera todo el marco de brutal liberalización económica, una época que puso las bases del actual contexto neoliberal global.

“¿Qué consecuencias tendrá esta necesidad psicótica de estar permanentemente conectados?”, te preguntas en el libro. ¿Te atreves a sugerir una hipótesi?

No sé cómo acabaremos, pero sí que observamos mucho desgaste en la exposición pública permanente. A mi madre la angustia tener que responder a todos los WhatsApp por una cuestión de cortesía inoculada en la educación de las clases medias o me- dio-bajas. Los jóvenes, que son los que más se exponen, sufren la ansiedad derivada de sentirse vulnerables al no saber cómo responderá la Red a sus gestos y a la imagen virtual que proyectan, ese “súperyo" caníbal que los acaba devorando. Pero algo que me preocupa más que los efectos psicológicos futuros es que ahora se ven únicamente los cuerpos jóvenes, el algoritmo y el comportamiento social los priorizan e invisibilizan la diversidad, se solidifican unos estereotipos y surge un cuerpo muy fascista: el cuerpo joven, vigoroso, blanco, sinécdoque de futuro y de victoria.

Vivimos en una época obsesionada con la autenticidad, otra idea que te inspira muchos reparos.

¿Por qué se produce esta histeria? Porque tenemos demasiada información de los otros. Nos desborda la información de la masa. La masa empequeñece y ningunea al individuo. Así que la gente busca en la autenticidad un modo de colocar valor a lo que es. Hablamos de una cuestión que aborda mucho el mercado, el cual busca nichos con los que dirigirse a grupos específicos de personas. A mayor singularización del producto de consumo, más eco encuentra en el mercado. Antes te comparabas con el vecino, hoy el individuo conecta- do se compara con el mundo. Pero yo desvincularía la producción de valor de una cosa de su autenticidad, porque se me antoja muy pernicioso. La foto de las colas tremendas de alpinistas aguardando turno para coronar el Everest es sintomática: de la experiencia épica de los pioneros de la exploración del siglo XIX, o de la conquista del espacio, o la idea de la Naturaleza trascendente, a una parodia que toma la forma de una cola propia de un supermercado. Busquemos, por favor, experiencias menos genuinas y más sinceras, con menos huella ecológica y con beneficios que vayan más allá de lo estrictamente individual.

Cerremos proponiendo un manual de empleo inteligente de las redes sociales.

Con las redes sociales yo aplicaría la lógica de la prudencia y el conocimiento. Abogaría por socializar su uso, es decir, que vaya acompaña- da de la reunión social, y por una explicación del funcionamiento de la máquina a todos los niveles. Las redes sociales deberían ser por principio un lugar de tránsito, un portal entre el mundo físico y nuestro mundo interior, y no un espacio finalista. Por otro lado, animaría las futuras generaciones a trabajar en el diseño de interfaces mucho más sensibles a las urgencias del momento, que fomenten el aprendizaje y la creatividad, y, sobre todo, la relación con el mundo, que se amplifique el conocimiento de este y no se lo limite, como ocurre ahora. Salir de la lógica del embudo y romper y romper con la fidelidad a las redes, priorizando la implicación con la vida que nos ha tocado. 