El Cid cabalga

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Pérez-Reverte novela en “Sidi” la historia del mercenario más célebre de la historia de España

 

Cid

 

 

Texto: Sabina Frieldjudssën

 

 La lectura obligatoria en el colegio de El Cantar de Mío Cid con que solía inaugurarse el curso de literatura española, cuando todavía la literatura tenía algún peso en el currículo docente, ha hecho que varias generaciones hayan crecido con ese Cid campeador empujado al destierro por traiciones de señores mezquinos que se subraya con esa frase que ha quedado para la historia: “¡que buen vasallo, si tuviese buen señor!”.  Rodrígo Díaz de Vivar, El Cid, fue aprovechado por el franquismo -carente de épica alguna, siniestro, sin ideología ni glamour- para convertirlo en el héroe que resumía las esencias del arquetipo español: valor, coraje, honestidad, fe en Dios. Arturo Pérez-Reverte, siempre a la búsqueda de héroes con grietas, ofrece su particular mirada de mandíbulas apretadas sobre el personaje en su nueva novela, Sidi. El Rodrigo Díaz de Reverte es un personaje aguerrido y admirable, pero no se esconde tampoco su brutalidad ni su condición de espada mercenaria al servicio de quien lo contrate, sea moro o sea cristiano.

Cid.pérez reverteLa novela arranca cuando Rodrigo Díaz de Vivar no es todavía Campeador, sino el hidalgo al frente de un grupo de guerreros al servicio de los prohombres adinerados de la zona Sur de Castilla más próxima a los territorios controlados por los moriscos. Una zona de frontera peligrosa y turbulenta, una tierra de nadie donde la única ley es la de la fuerza de la espada.

Rodrigo Díaz pasará de ser un infanzón de escasa alcurnia despreciado y expulsado de manera humillante de su propia tierra por sus propios “compatriotas”, con el único capital del medio centenar de mercenarios violentos que lo siguen ciegamente, a ser una leyenda.  Y ahí es donde el autor pone la lupa, en sus dotes de líder: en la capacidad para de lograr que su gente crea en él, en la mezcla entre coraje y estrategia, en una dureza que evita la crueldad arbitraria. Y victoria a victoria, no dejando que las derrotas lo hagan caer en el desaliento o en la locura de la venganza,  empieza a forjar su aureola, ganada a hierro y sangre en tiempos violentos. 

Mientras el clásico personaje reverteano, el Capitán Alatriste, es un guerrero más moral, que puede a veces incluso resultar poco pragmático, este Cid es un luchador justo pero calculador e implacable. Establece con sus hombres una relación de liderazgo y concordia basada en ser el primero  en ponerse ante el peligro y repartir el botín siempre de manera justa. Hay en él un magnetismo que hace que sus hombres lo sigan hasta el infierno. Y esa frontera del siglo XI infestada de bandidos, incursiones armadas moras y cristianas donde la violencia y la traición son el pan de cada día, es el infierno.

La fama de Rui Díaz crece como la espuma. Al crecer su caché, empieza a encontrar señores y encargos de mayor enjundia, pero eso también lo hace penetrar en el laberinto de intrigas, corrupciones y traiciones del poder. La idea franquista de El Cid como garante de la cristiandad es falaz. Vemos cómo el conde Berenguer desprecia sus servicios de manera displiciente y, sin embargo, el Cid es apreciado y respetado en la Zaragoza musulmana del rey Mutamán Benhud. El Conde Berenguer se arrepentirá más adelante –y mucho- de no haber tenido en mejor consideración al Cid. 

El retrato ambiental de la época nos muestra una España en el siglo XI que ni siquiera era España, sino una península ibérica donde se cabalgaba enloquecidamente en las zonas de frontera y corría la sangre como en un Far West medieval donde los revólveres son espadas. No hay en la novela heroísmo patrio, porque no hay patria. Ni siquiera hay esa idea de Reconquista que tanto gustaba en los planes de estudios, con el subrayado de ese año totémico del 711 como inicio en Asturias de la expulsión de los musulmanes. Lo que hay es un barullo de luchas de poder, de incursiones unos en territorio de otros, de intento de supervivencia en una zona inestable donde la fuerza militar es la ley.

La novela llega a su clímax cuando el rey de Zaragoza entra en conflicto con su hermano Mundir, rey de Lérida. Rodrigo Díaz de Vivar, finalmente, sale del entramado de conspiraciones de la ciudad y vuelve al campo abierto donde no existe ni la diplomacia ni el engaño, sólo cabalgar o caerse, vivir o morir. Que Pérez-Reverte haya sido corresponsal de guerra antes que novelista hace que haya en su trazo de un señor de la guerra como El Cid una sensación de realidad que pone carne y hueso, y sangre en las venas y fuera de ellas, a este etéreo mito andante de la españolidad.