¿Vencer o Convencer? Esa es la cuestión.

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Galaxia Gutenberg publica Miguel de Unamuno (1864-1936). Convencer hasta la muerte, una minuciosa biografía del filósofo y escritor español firmada por Colette y Jean-Claude Rebaté

 

 

 

 

 

Texto: DAVID VALIENTE

Foto: FOTOGRAMA DE "MIENTRAS DURE LA GUERRA" DE ALEJANDRO AMENÁBAR

 

“Venceréis, pero no convenceréis”, una voz estridente silenció el barullo creado por los discursos pronunciados: el venceréis se quedó impregnado en los arcos de aspecto marmóreo, mientras que el convenceréis se escondió entre los salientes del tejado de madera barnizada que hacían las veces de techo. Las palabras provenían de una voz cansada pero que encontró en el coraje, el último aliento para demostrar a un auditorio hostil que la guerra aún no había terminado: los años pasan y tarde o temprano la noche languidece tras los pasos del nuevo día, del resurgir de Apolo.

Su figura era atlética, aun cargando a sus espaldas 72 inviernos; entre sus ojos, finamente conectados por dos arrugas ascendentes, sobresalía una nariz con un ligero tabique en descenso que le permitía mantener unas gafas de montura fina y redondos cristales, símbolo del intelectual, símbolo inseparable de Don Miguel de Unamuno. Era una mañana fresca de otoño (en Salamanca el frío arrecia con ganas y vigor en el mes de octubre) y el rector de la Universidad de Salamanca desplegó sus dotes haciendo uso de aquello que tanto amaba y tanto cultivó a lo largo de su vida: la razón y la retórica. ¿A quién no le han contado sus maestros o algún familiar avejentado en batallitas, los sucesos acaecidos el 12 de octubre de 1936 y que tuvieron como protagonistas a dos personajes históricos que respondían al nombre de Miguel de Unamuno y Millan Astray? ¿Cuántos de ustedes no sintieron correr por su circuito nervioso un atisbo de valentía y de repugnancia al mismo tiempo? Pues gracias a Galaxia Gutenberg van a poder conocer y recordar la vida y la obra del “Supremo Sacerdote” de la mano de dos autores de origen francés Colette y Jean-Claude Rebaté que han escrito una biografía titulada Miguel de Unamuno (1864-1936). Convencer hasta la muerte. En su obra, el matrimonio, desmitifica los acontecimientos a la vez que drena las lagunas que hay alrededor de la figura del creador de la Nivola.

Los últimos momentos de la Segunda República fueron convulsos. Don Miguel de Unamuno era consciente de ello y también intuía que la debilidad y las malas artes de los gobernantes que pugnan por hacer valer su razón a través del triunfo electoral y el “clima de violencia en el que se desencadenan todos los odios y resentimientos” conducirían al pueblo español a “la batalla de guerra civil”. Estas razones le llevaron a apoyar, en un primer momento, al golpe perpetuado el 18 de Julio de 1936 por el general Francisco Franco; “el viejo catedrático parece creer que el golpe de Estado de 1936 es uno de esos típicos y frecuentes pronunciamientos liberales del siglo pasado”. Muchas fueron las críticas vertidas sobre la figura del rector: le echaban en cara su traición a los ideales y especialmente, y esto lo consideraban repugnantemente serio, a la República. Pero su postura ante los acontecimientos es en gran medida comprensible porque en los discursos pronunciados esos turbulentos días de verano por los generales al mando del golpe se aprecia “un eco de las ideas que siempre defendió.” Además, nadie desconocía las malas relaciones que Don Miguel procesaba con dirigentes locales y nacionales de la república. Pero en Castilla y León el ideario revolucionario pronto caló en los gobiernos de turno, convirtiéndose en una de las primeras comunidades en experimentar la verdadera naturaleza del bando Nacionalista. El peso revolucionario recaía en Valladolid “donde toma el mando el comandante retirado Fortea, enlace del general Mola en Salamanca.” Con el advenimiento del Bando Nacionalista, se produjeron las primeras detenciones masivas de cualquier individuo que pudiera ser un lastre o pusiera en peligro el golpe; entre los detenidos se encontraban “varios amigos íntimos de Miguel de Unamuno; además de los dirigentes políticos más conocidos.”

Los entusiasmos revolucionarios perdieron la lozana ascua de los corazones que creyeron en el golpe. Entre los desilusionados se encontraba Unamuno. ¿La causa detonante? La ejecución de sus amigos documentada por él mismo en unas notas que reciben el nombre de El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y guerra civil españolas. Los cuerpos de Castro Prieto Carrasco y José Andrés y Manso, amigos íntimos del rector, fueron encontrados por un agricultor en “una cuneta de la carretera de Valladolid”. Los buenos momentos, ahora en forma de recuerdos, trastornaron su celo y dejaron el pecho descubierto de un hombre que pasó su vida tratando de acallar esas sensaciones, a veces indómitas, que todos tenemos y que nos empujan a liberar nuestras pasiones, a gritarlas a los cuatro vientos.

Siempre se ha dicho que la reunión del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de Salamanca responde al acto inaugural de comienzos del curso; ni mucho menos, los allí congregados asistían a un acto literario ya que “los buenos estudiantes combat(en) todos en el ejército o en las milicias nacionales”. Triste y abatido por lo que estaba escuchando, Don Miguel de Unamuno, que estaba “decidido a no hablar”, toma la palabra tras los discursos grosero y demagogo de los cuatro ponentes, sin duda el que más detesto lo pronunció Francisco Maldonado. Según Colette y Jean es imposible conservar el discurso original de Unamuno con sus comas, sus metáforas, sus paradojas y disgregaciones puesto que al emitirlo se encontraba en la mesa presidencial y los micrófonos que recogían los discursos para la estación Inter Radio se localizaban en la tribuna de los oradores. “En cambio, conservamos afortunamente los apuntes tomados por Unamuno, utilizados muy parcialmente por él, pues es evidente que su intervención fue muy corta en el ambiente caldeado de un paraninfo repleto”.

En sus apuntes, encontramos dos verbos que han pasado icónicamente a la historia: “vencer y convencer”. “Y no cabe duda de que los pronunció, pues él mismo lo ratifica en el manifiesto entregado a los hermanos Tharaud”. Pero lo que de verdad le hizo estallar y “recordar que era vasco” fueron los ataques e improperios derramados contra su pueblo y el catalán como agua de fregar por Francisco Maldonado. Sin embargo, Millan Astray se llevó el primer premio en cuanto a estupidez y malas artes: “el legionario representaba todo lo que odiaba y viene combatiendo desde hace años”. Las proclamas que amparaban a la muerte y dejaban en bolas a la vida tocaron la fibra más oculta y sensible de Unamuno que, recordemos, había perdido a un hijo, y a su padre y dos hermanos cuando él era pequeño. “En cambio, parece ser que los hombres no se encontraron ni se enfrentaron físicamente antes del acto”. También, los especialistas dudan de que Millan Astray utilizara la palabra intelectual en su discurso.

Otra prueba que aporta el matrimonio tiene relación con los documentos gráficos conservados, en los que no parece que Don Miguel de Unamuno corriera grave peligro ni tuviera la necesidad de salir escoltado, como se ha llegado afirmar, por María del Carmen Polo (el único acto de caridad atribuido a la Collares resulta otra leyenda del franquismo). Desconozco lo que realmente ocurrió en el paraninfo de Salamanca, seguramente nunca lo lleguemos a saber pues las únicas pruebas válidas disponibles del discurso de Miguel de Unamuno son sus apuntes y la retahíla inventada o maquillada por los medios de comunicación de la época. Solo nos queda improvisar y conjeturar que el gran novelista del 98 siguió fiel a sus principios hasta el día de su muerte, acaecida tres meses después. Con todo, Unamuno debe seguir siendo un orgullo para el panteón de las letras universales y una figura a reclamar por todos los españoles, da igual que estos tengan el apellido (o el nombre para quienes lo prefieran) de vascos, catalanes, gallegos, canarios o andaluces; Don Miguel de Unamuno siempre tendrá sobre su cabeza el laurel y su silla permanecerá intocable en el Kailash español de las letras.