“El populismo actual funciona como en la época de Shakespeare”

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Stephen Greenblatt nos muestra la profunda carga política de algunas de sus obras “El tirano”

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Stephen Greenblatt, autor de una de las biografías más esclarecedoras sobre William Shakespeare, es uno de los grandes expertos intencionales del escurridizo autor de Hamlet. De él han trascendido obras extraordinarias que han marcado la historia de la literatura pero muy pocos datos de su personalidad. El nuevo libro de Greenblatt nos muestra cómo las obras de Shakespeare consiguieron salvar la censura de la época que prohibía  el más mínimo atisbo de crítica a los monarcas en el poder para mostrar los mecanismos a través de los cuales se construye un tirano. Y también cómo su propia habilidad truculenta y cruel para hacerse con el poder, es el germen de su propio descalabro. Pese a su cátedra de Harvard y ser uno de los intelectuales británicos más valorados del momento, en persona Stephen Greenblatt es afable, risuelo y nada ampuloso.

De Macbeth a Ricardo III, hace que nos fijemos en cómo los tiranos son muy eficaces para destruir a sus enemigos y abrirse paso hasta la cima ¿pero por qué cuándo llegan a esa cumbre del poder que tanto ansiaban acaban tan mal?

Los tiranos son como el cáncer, muy eficientes para crecer y crecer de manera imparable, pero eso acaba destruyéndolo todo, incluso a ellos mismos.

Los tiranos de Shakespeare acaban sintiéndose profundamente insatisfechos. Dicen que el dinero no da la felicidad… ¿el poder tampoco?

Tampoco. Cuando el tirano llega al poder, se da cuenta de que todas esas habilidades conspirativas que le han llevado hasta ahí de manera muy eficiente no sirven para administrar ni gobernar, y eso le causa una enorme frustración. 

Shakespeare muestra a Ricardo III como un gobernante despiadado y brutal, pero  también señala que padece una deformación física que lo condena desde pequeño a ser una especie de monstruo por el que siente repulsión hasta su propia madre. ¿El tirano también tiene su corazoncito?

Creo que Shakespeare nunca quiso que se perdonara al tirano, incluso aunque hubieran tenido una infancia desgraciada. Es cierto que tenía fascinación por estos personajes desmedidos, pero jamás justificaba su ambición y crueldad. Shakespeare está horrorizado por Ricardo III. Lo que sí tiene es un vivo interés por entender por qué actúa de esa manera tan monstruosa. Comprender no es perdonar.

Titula uno de sus capítulos como “Populismo fraudulento”. ¿El populista  ha substituido al modelo del tirano de la sociedad sin democracia de Shakespeare?

De hecho el populismo actual funciona más o menos como en la época de Shakespeare, no ha cambiado: excitan la rabia, la frustración y la desilusión de la gente que no tiene acceso al poder. Y, como en la época de Shakespeare, es algo orquestado y beneficia no a aquellos a los que supuestamente sirve, sino a un grupo interesado. Surge de abajo hacia arriba aparentemente, pero es manipulado por las elites. No era el tema del libro hablar de los partidos políticos actuales, pero es lo que sucede con la elección de Donald Trump. Lo vota una gran cantidad de clase trabajadora insatisfecha pero lo primero que hace es bajar los impuestos a las grandes corporaciones. Que Trump bajara los impuestos a los ricos no le habría asombrado a Shakespeare.

portada shakShakespeare estaba muy interesado en la política, pero siempre teniendo cuidado de poner el foco en Julio César o reyes que llevaran varios siglos enterrados…

Recurre a las historias de monarcas de varios siglos atrás para mostrar los vicios del poder porque en la Inglaterra de su época es delito de traición y está penado con la muerte únicamente desear o imaginar la muerte del rey. La única forma de hablar de ciertos asuntos es hacer ver que son historias muy antiguas. Y, de hecho, lo son, pero con enseñanzas vigentes hoy día.

Usted tampoco da nombres de dirigentes actuales... ¿Es el mismo estilo oblicuo que utiliza Shakespeare?

Nosotros no padecemos la represión que sufrió Shakespeare, podemos decir lo que queramos. Yo soy un profesor titular en una universidad Privada como es Harvard, no trabajo para el estado; yo puedo escribir una pancarta que diga “¡Que se joda Donald Trump!” y nada sucede. Las razones para ese estilo oblicuo es que el asunto no va solo de Donald Trump. Hay muchos otros: Salvini, Bolsonaro, Orbán, Putin, Duterte…  es un fenómeno mucho más general.

                Pero en Estados Unidos la libertad de expresión sigue siendo sagrada, ¿no?

No hay un problema de falta de democracia y de libertad de expresión si vivimos en un país como Estados Unidos o España, pero hay otros métodos represivos. Los medios de comunicación modernos hacen que el manto de silencio con que los regímenes rodeaban sus crímenes ya no sea posible. Pero los regímenes totalitarios se han hecho más sofisticados y han descubierto una nueva manera de generar el silencio de la disidencia: crear una enorme cantidad  de ruido alrededor. Una estrategia para escapar de ese ruido es mirar oblicuamente la realidad aparentemente más evidente, mirar hacia otros lados fuera del foco de atención. No me refiero al escapismo, a irse uno a tumbarse a la playa, sino a pensar las cosas desde ángulos distintos a los convencionales.

Actualmente las redes sociales resultan clave en influir en las tendencias sociales y políticas, ¿podríamos decir que Las obras de Shakespeare actuaban como precursoras de las redes sociales?

En esos teatros de Londres podía haber 3.000 personas, hombres y mujeres,  de toda condición social, donde se lanzaran mensajes en directo sin control del Estado o de la Iglesia, y eso es algo que no había sucedido antes. Por supuesto que eran compañías que tenían patrocinadores oficiales y un contexto de censura pero él descubrió a través de sus obras de reyes históricos cómo hablar libremente de manera abierta de asuntos de los que no se podía hablar a la gente.

¿Qué tal se lleva usted con las redes sociales?

Pertenezco a una cierta generación. No estoy en Facebook ni utilizo Twitter. Pero claro que consulto mi teléfono móvil… ¡no soy inocente!  Lo que pasa es que veo en mis hijos y en mis nietos los efectos que provocan y me alarma porque les resulta más difícil leer de una manera consecutiva. Por supuesto que la suya es una forma de inteligencia muy interesante, pero no es la mía. En estos últimos años hemos visto un cambio económico crucial: el dato es más valioso que el petróleo, y esto está transformando nuestras vidas.  Todavía tenemos que descubrir cómo proteger esa privacidad que nos es tan valiosa como seres humanos

Shakespeare muestra en toda su estéril crueldad a tiranos como Macbeth pero también retrata con poco aprecio a idealistas de cuchillo largo como Bruto. ¿Los idealistas  también son peligrosos?

No solo en la literatura, también en la vida.  Bruto es una persona de altas convicciones, un personaje intelectual que quiere evitar la tiranía de Julio César, pero Shakespeare  era bastante escéptico con los intelectuales que están por encima del bien y del mal. De hecho, muestra a Bruto como alguien manipulado por los intereses de los que se mueven a su alrededor. A Shakespeare no le gustaban los santos, porque sospechaba que había algo más detrás de esa aparente pureza. Los grandes autores de su época, Montaigne, Shakespeare y Cervantes, lo que comparten es el escepticismo ante la superioridad moral y los principios rígidos.