Santi Fernández Patón: Fiesta y resaca de la corrupción

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El periodista Guillermo Busutil nos habla de Todo queda en casa de Santi Fernández Patón, una novela sobre el reencuentro de dos hermanos golpeados por la corrupción política en los años noventa. Con esta novela, Fernández Patón ha conseguido el Premio Auguste Dupin.

 

 

 

 

 

Texto: GUILLERMO BUSUTIL

 

Me gusta cuando descubro el primer libro de un escritor que promete comprobar, poco tiempo después, y en un libro concreto que aquella promesa es una realidad con voz propia. Me ha ocurrido con Santi Fernández Patón y su viaje desde “Grietas” a “Todo queda en casa”. Una novela en la que se ha hecho mayor de lenguaje, de mirada sobre la vida con sus ensenadas y arrecifes del aprendizaje, de la madurez que uno se construye como puede y de las cicatrices acerca de las que se ficciona con un posicionamiento ético dentro de lo literario. Y también mayor el autor en pulso y precisión en las exigencias de armar arquitecturas en las que lo narrativo se sostenga por dentro de lo que cuenta, y entre los ojos siempre retadores del lector frente a lo que se le cuenta y a cuya poética se le demanda veracidad, sudor y hueso. Todo lo que contiene su última novela “Todo queda en casa” en la que Santi F. Patón aborda dos tiempos: el de la complacencia de la corrupción como fiesta colectiva y sus efectos durante su resaca, tanto en sus protagonistas como en aquellos que terminaron siendo víctimas colaterales del desconocimiento del espumoso champagne y subterráneos poco clandestinos de esa época del pelotazo sin ético y la orfandad que deja, a través de la historia de dos hermanos. Uno, el de joven Daniel estudiante de periodismo en 1999 que evoca un relato de derrumbamiento familiar en su infancia marcada por el poder político, y otro la joven Irene a la que abandonó y con la que se reencuentra años después.

Desde una voz y confesional, marcada entre la cicatriz y la esperanza, conocerá el lector este suceso a través de un sorpresivo presente que reúne a los hermanos años después en Málaga y del que es necesario un viaje atrás y a través de las tres ciudades que van pespuntando la iniciación a la madurez de un joven inconformista en busca de sí mismo, su supervivencia en Edimburgo y su manera de sobrecargar las sombras, las heridas y las culpas de un pasado. Un viaje de no retorno como suele ser el tránsito de quien en realidad huye de sí mismo sin saberlo, en un freudiano intento de ajustar cuentas con sus fantasmas y con su propia angustia y contradicciones. La exploración emocional del sujeto emocional y del sujeto político acerca de la ética y el amor con los que busca definir su identidad, su lugar en la pareja, su sitio en la sociedad.

No sólo se adentra Santi F. Patón en los sótanos emocionales de una familia y en su incapacidad para gestionar emociones y vacíos, y sanarse desde dentro o encontrar fuera el hilo de sutura que en muchas ocasiones duele. Abordará igualmente el tema del compromiso afectivo desde la educación política de las relaciones, sus exigencias y sus fracasos, la necesidad de reconstruir la identidad como hijo, como hermano, como ciudadano y trabajador de una elección. La indagación en la que nos reflejamos todos y que el escritor del libro lleva a cabo de forma muy humana, llena de veracidad y de carnalidad la reconstrucción del vínculo entre hermanos por encima de secretos, de desencuentros y de indecisiones. Dos seres extraviados que necesitan reconocerse en el otro, y a sí mismos en paz frente al espejo, con recelos y necesidades y un amor que se reconquista.

Hay también en esta novela un posicionamiento social y crítico ante la herencia de la corrupción que parece haberse convertido en una postverdad, y también en una extraña fiebre que nunca desaparece y cada tiempo enferma la sociedad. Lo mismo que la mirada literaria es una conciencia sin máscaras ante cuestiones actuales que nos hieren y requieren debate como son la violencia de género, la inmigración, las trampas de la política, el maquillaje de los presupuestos, la herencia de las enfermedades, el peso de la ciudadanía y su evolución mediante la militancia en partidos políticos o en plataformas ciudadanas, desde una vertiente generacional que busca explicar las diferentes respuestas a lo mismo desde la evaluación de la entidad de lo político. Ingredientes que, en el buen manejo del autor, enriquecen la historia de la novela que viene a ser una ciudad en la que nos reconocemos, no porque sea Málaga aunque sí, si no por el significante real de lo cotidiano, de su rol como espejo social y a la vez territorio emocional. Una Málaga que se convierte en un personaje más en la manera con la que Santi Fernández Patón se hace mayor y fuerte como escritor, nos seduce y convence con su historia, y cuando llegamos al final, sin advertir el tiempo transcurrido, nos damos cuenta de repente de que nuestra buen sabor lector y nuestro ensimismamiento en lo que nos ha contado se debe a que hemos estado como en casa.