Un espacio propio para Susan Sontag

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“Me uso a mí misma como material, entre otras muchas cosas. Pero lo que me interesa a mí es el mundo"

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Texto: JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA  Foto: DONALD DIETZ

 

Presa de un autodestructivo pop-humanismo, nuestra post-digital necedad socava accidentalmente la estatura de lo que merece la pena. Contra la falacia pseudo-cultural que engrandece solo lo indiscutible, algunas autoras se atreven a pensar por sí mismas, porque “si uno no piensa en las cosas, es muy fácil ser vehículo de toda clase de clichés, aunque sean los más ilustrados”. Se diría que eluden innecesarias cautelas mientras redactan autobiografías a base de (re)sentimientos. En estos tiempos de intelectualismo hueco, nada mejor que una declaración directa, reconocible, donde nada abstracto se interponga entre la aleatoriedad de una sensación víctima de una elusión necesariamente irrevocable.

“Cuando estoy deprimida, cojo un libro y me siento mejor”, sostiene la escritora y novelista Susan Sontag (Arizona, 1933- Nueva York, 2004). Entre distracciones de las preguntas claves y exploraciones urgentes, la filósofa norteamericana es consciente de que “la mayor parte de lo que hago es muy intuitivo y no premeditado (…) Solo sigo mis instintos e intuiciones”. Sus declaraciones excavan en el hábito, elaboran listas y esquemas, resuenan como prolijos ensayos, donde la profesora, directora de cine y guionista se explaya con voz propia, desde la atalaya de su erudición, representante de una élite segura de sí misma.

            En esta conversación para la revista Rolling Stone (que tuvo lugar en París y Nueva York, durante el verano y otoño de 1978, y que ahora reedita Alpha Decay en traducción de Alan Pauls), la autora de Contra la interpretación (1966) agrega aforismos, los alinea en “párrafos medidos y expansivos”, como asegura el entrevistador Jonathan Cott en el prefacio, a base de “calibrar significados intencionados”, fobias y filias, “la conexión con Europa, el pasado, el mundo de los libros”. Contraria a hablar de sí misma, sus disquisiciones viajan hacia nosotros. Narrativa en diálogos, “por períodos, de a trechos muy largos, intensos, obsesivos”, esta charla es un vistazo verbal a lo apenas imaginado; inclinada a sus desinteresados propósitos, ilustra paisajes donde se adoptan ficciones no convencionales, alegorías intrincadas, políticas de género entre la exégesis y la crónica, ideas sobre la correspondencia en viñetas estratégicas.

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“Me uso a mí misma como material, entre otras muchas cosas. Pero lo que me interesa a mí es el mundo. Toda mi obra se basa en la idea de que realmente hay un mundo, y yo siento que estoy en él”, afirma la ensayista de Sobre la fotografía (1977), casi al final de esta entrevista en forma de libro, donde la cuentista de Yo, etcétera (1977) se explaya en armonías habladas a favor del aprendizaje adquirido: “Apenas te impones un ideal ya empiezas a reconocer sus límites” reconsidera, mientras renombra y renueva nuestra relación con lo que creíamos conocer: la fotografía; la enfermedad; el pensamiento como instrumento para vertebrar la cultura de masas; las drogas; la pornografía.

“Hay que crearse un espacio propio, un espacio con mucho silencio y muchos libros”, apostilla la novelista de El amante del volcán (1992), Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2003. Precisamente hoy que el conocimiento es difuso, que las declaraciones propias y ajenas parpadean en nuestras pantallas y en todas ellas la información luce condicional, comentada, interrumpida, nada más procedente que esta vindicación de lo intemporal, lo escrito con voluntad de renunciar a la seducción en favor del rigor, lo que, lejos de congraciarse, responde al ambiente hostil o indiferente a través de la mordacidad, la libertad, la inteligencia de “gente que se dedica a (…) destruir alucinaciones y falsedades y demagogias y complejizar las cosas. Porque hay una tendencia inevitable a simplificarlas”, un legado que merece ser revivido, defendido, recuperado.