Eduardo Halfon: el autor y su personaje

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Esta semana, David Pérez Vega nos recomienda El boxeador polaco de Eduardo Halfon

 

 

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Ya he contado en mi blog que fue en 2005 cuando leí por primera vez a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971). El ángel literario fue el primer libro al que me acerqué. Regresé a él en verano de 2018, cuando leí cinco de sus libros seguidos (Monasterio, Signor Hoffman, Duelo, Mañana nunca lo hablamos y Biblioteca bizarra). Unos meses después leí también Saturno. Cuando en 2008 apareció por primera vez el conjunto de cuentos El boxeador polaco en la editorial Pre-Textos estuve varias veces a punto de comprarlo y leerlo. De hecho, me recuerdo en la Fnac de Callao leyendo las primeras páginas del primer cuento y presintiendo que el libro me iba a gustar. Sin embargo, no lo compré entonces, porque son tantos los libros que uno puede leer que es imposible abarcarlo todo. En cualquier caso, después de acercarme en 2018 a los libros que Halfon publicó en Libros del Asteroide y considerarlos entre lo mejor que leí ese año, cuando vi anunciado que esta editorial pensaba reeditar El boxeador polaco me lo anoté para solicitárselo cuando saliera, para poder leerlo y reseñarlo. Creo que mi larga espera ha merecido la pena, porque la edición de Libros del Asteroide, además de contener los cuentos de El boxeador polaco de 2008, añade la novela corta La pirueta, que también publicó Pre-Textos en 2010. Dada la cercanía temática entre algunos de los textos de El boxeador polaco y La pirueta, la decisión de publicar las dos obras en el mismo volumen me parece todo un acierto.

El libro se abre con el relato Lejano. En él, un profesor de universidad que imparte literatura a alumnos de primer año se muestra hastiado por la falta de nivel y de interés de su público –jóvenes de la clase alta guatemalteca que acuden a una universidad privada de la capital– y se plantea si todo esto de la literatura sirve aún para algo. Sin embargo, su negatividad cambiará al descubrir que en su clase hay un chico becado, que proviene de un pueblo humilde, cuyas opiniones sobre los relatos comentados en clase destacan sobre la media. Además, Juan Kalel –el alumno– también escribe poemas, con bastante talento, a juicio del narrador. Un día, Kalel desaparece de la clase y el narrador viajará a su pueblo para buscarlo. En El boxeador polaco Eduardo Halfon ya ha llegado a la madurez de su estilo narrativo. Si bien en sus anteriores libros publicados ha estado tanteando, aquí ya ha centrado su propuesta: el narrador de sus relatos y novelas es un personaje llamado Eduardo Halfon, que se parece mucho a él mismo, pero que no tiene por qué ser él. El personaje fuma mucho, por ejemplo, y el autor no fuma. El personaje Halfon cuenta anécdotas (sobre todo acerca del pasado judío de su familia) que están tomadas del autor Halfon. Gracias a estos detalles, el lector que se ha acercado ya a más de uno de sus libros puede reconocer la misma voz narrativa e incluso anécdotas que se van repitiendo en las narraciones.

Lejano tiene bastante de Roberto Bolaño: comienza con el hastío que siente el ciudadano de a pie hacia la literatura y ésta acaba revelando su verdadera fuerza y misterio, su capacidad para transformar la vida de los personajes. Halfon se adentra en el corazón de su país como un detective en busca de la esencia de la literatura y de la juventud. Es curioso que aquí, igual que en otras narraciones, el personaje Halfon parece moverse como un turista por su propio país, sobre todo cuando tiene que enfrentarse a los mitos de los pueblos indígenas, ya que su familia procede de Europa, con la particularidad añadida de ser de origen judío. «No sabía que hubiera judíos en Guatemala» es una frase dirigida al narrador en más de una de las composiciones de este libro y de otros. El segundo cuento es Fumata blanca, y en él se narra una historia que ya he leído. Creo que estaba recogida en Monasterio. Halfon conoce a dos viajeras israelitas en un bar escocés de Guatemala. Los equívocos, el misterio y el erotismo recorren estas páginas. En Twaineando, Halfon nos habla de un congreso universitario en Estados Unidos sobre la figura de Mark Twain. La propuesta me ha recordado a la de algunos relatos de Sergio Chejfec. Hay cuentos mejores en este volumen, pero Twaineando es un texto simpático y con mucho encanto. Aquí ya se evoca al «boxeador polaco», del que se hablará en el siguiente relato.

En Epístrofe, el rumbo del libro parece cambiar. Aparece por primera vez la figura del pianista serbio Milan Rakić, de madre serbia y padre gitano. Este personaje aparecerá en varios relatos más y será una de las obsesiones compositivas del libro. Halfon y su novia Lía conocen a Rakić en el festival de Antigua. En este relato se habla mucho del jazz y sus músicos, otra de las obsesiones de Halfon que se traslada de una narración a otra. «Lía dibujaba sus orgasmos», leemos en la página 75. En más de un relato lo narrado no parece ser realista: Lía hace aquí complicados gráficos sobre sus orgasmos, un componente casi neofantástico que da al relato un aire erótico y brumoso, de territorio onírico. Este relato acaba de un modo muy bello: Rakić reivindica la figura de su padre y la de los músicos nómadas gitanos. Halfon se da cuenta de que, mientras su interlocutor trata de identificar todo su ser con una de sus mitades (su madre es serbia), él tiene problemas para asumir su identidad. El juego de «las identidades» es otro de los temas que se repite en su obra. En El boxeador polaco, Halfon se sienta con uno de sus abuelos, que le cuenta cómo se libró de morir en un campo de concentración nazi gracias a los consejos que le dio una noche (al día siguiente iba a ser interrogado) un boxeador judío que era de su mismo pueblo. La anécdota es sencilla y emotiva. Aquí se habla de los cinco dígitos que el hombre tiene en un brazo, su número de preso en el campo de concentración. El abuelo le había contado al niño Halfon que era su número de teléfono y que lo llevaba escrito allí para no olvidarlo. Esta anécdota ya la conocía.

Fantasma es un cuento que dialoga directamente con Epístrofe. Halfon quiere volar a Serbia para reencontrarse con el pianista Rakić. En el siguiente, Postales, se sigue con el mismo tema, y en realidad lo narrado antecede a lo que se cuenta en Fantasma: Rakić está enviando a Halfon postales, remitidas desde las ciudades en las que el pianista da conciertos. En el breve espacio de la postal, Rakić va contando historias y anécdotas sobre el pueblo gitano de Serbia. De nuevo, un aire onírico e irreal parece envolver la narración, que se va haciendo más poética por momentos. En La pirueta, Halfon ha llegado a Serbia y trata de encontrar a Rakić. El texto ha entrado definitivamente en el territorio de la extrañeza y de lo kafkiano. Halfon está doblemente obsesionado: por un lado desea encontrarse de nuevo con el pianista Rakić, que ha empezado a tomar una dimensión mítica para él, y por otro trata de encontrar a los músicos callejeros gitanos de los que Rakić le ha estado hablando en sus postales.

Si el libro empezó con un Halfon hastiado de la vulgaridad mundana de sus alumnos, acaba con un Halfon alucinatorio, que persigue una quimera en un Belgrado espectral, entre el misterio de la música gitana y el fantasma de la destrucción y la violencia de la guerra pasada. De Sancho a Quijote, todo un estupendo paseo literario. Esta edición de El boxeador polaco (con la acertada inclusión de La pirueta) se ha convertido en uno de los mejores libros de Halfon que he leído. Si alguien no conoce la obra de este gran autor guatemalteco, este libro puede ser una buena forma de empezar. Después podría seguir con Monasterio, Signor Hoffman, Duelo... Seguro que no se arrepiente.