“En la Guerra Civil hubo derrota, pero no fracaso”

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David Castillo y Ramon Boixeda han sido los ganadores de los Premios Ciudad de Gandía, presentados ayer en Barcelona

 

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Texto: ANTONIO ITURBE

 

El XLI Joanot Martorell de Narrativa se concedió el pasado noviembre a David Castillo por su intensa novela que arranca en la Guerra Civil, El tango de Dien Bien Phu (publicada en catalán por Edicions 62 y en castellano por Edhasa). El otro premio grande de las letras que concede Gandía, el Ausiàs March de Poesía, recayó en Ramon Boixeda por Les beceroles succesives (publicado en catalán por Edicions 62), que un lenguaje sensual con una profunda reflexión existencial.

David Castillo es un poeta, novelista y periodista cultural con un corazón de anarquista. En El tango de Dien Bien Phu -galardonado con el XLI Joanot Martorell de Narrativaque concede el Ayuntamiento de Gandía- ha afrontado la tarea de contar los efectos de la guerra civil desde la mirada de los que estuvieron allí. “Quería explicar la guerra desde el punto de vista de los parias”. Para lograrlo ha realizado un trabajo titánico buceandolos archivos de Salamanca y Alcalá de Henares, con muchas visitas a Francia y algunas a Amsterdam para mostrarnos la peripecia completa de algunos de estos republicanos triturados por la historia. Al frente de esta indagación que siguiendo la pista de dos soldados nos lleva desde los puertos de Valencia y Alicante durante las últimas semanas de la guerra civil, pasa por Francia y llega hasta la guerra de Vietnam, está el periodista Dani Cajal, supersticioso y caótico, un trasunto del propio autor, que ha protagonizado dos de sus novelas anteriores.

Delante de un grupo de periodistas Castillo despliega un mamotreto de cientos de páginas de material escaneado en los archivos y explica que “tengo 14 tomos como este”. Su investigación ha durado cerca de una década y ha sido tan intensa, que en el archivo de Salamanca terminaron por dejarle las llaves los fines de semana para que siguiera escaneando documentos. Uno se imagina a Castillo en la soledad del inmenso archivo abriendo los ojos como platos ante las interminables listas de militares republicanos detenidos, los informes redactados con la engolada prosa franquista o papeles sueltos como los poemas de un miliciano que consiguió en algún receso de las bombas sentarse a escribir unas rimas. ”Aquí he encontrado todos los detalles de lo que fue la guerra desde dentro, no lo que interpreta un historiador”. Considera que los novelistas han aportado una mirada crucial para entender cómo se vivió la guerra civil: “ahí están Ramón J. Sender, Joan Sales, Ángel María de Lera… te explican la guerra mejor que muchos historiadores”.

El hilo que va cosiendo Dani Cajal con la ingente información de los archivos, nos lleva hasta Argelés, lugar de confinamiento de los exiliados republicanos en el sur de Francia. Uno de esos prisioneros está en la portada de la edición catalana de la novela: es su propio abuelo, uno de los narradores del libro. “Mi abuelo cuando le preguntabas por aquellos años decía que la República era que cuando teníamos fusiles no teníamos munición, y cuando teníamos munición no teníamos fusiles. Decidió volver a España y regresó caminando hasta Barcelona y tuvo suerte de que antiguos simpatizantes de la CNT le consiguieran un trabajo en la estación del Norte”. Este libro surge de una indagación minuciosa, casi obsesiva de Castillo, pero también de su indagación interior que ha llegado hasta las capas más profundas de su memoria y de su alucinación. En sus sueños más agitados ha estado presente su abuelo e incluso asegura que le ha consultado, en ese espacio entre el recuerdo y la ensoñación, algunas encrucijadas que se plantean en el libro.

Dos de los protagonistas a los que Cajal sigue el hilo en la novela son soldados que al acabar la guerra quedan desubicados, sin patria y, lo que es peor, sin un lugar en el mundo. Acabarán enrolados en Francia en la Legión Extranjera y participarán en la guerra de Indochina y en la de Vietnam. El autor explica que la novela “habla también de las nuevas guerras”. Nos viene a decir que, en realidad, no hay guerras ni antiguas ni modernas, que la guerra siempre es la misma, tan solo cambian las armas y los paisajes. No cree en ese mantra que dice que la República perdió la guerra por falta de organización; tampoco los otros eran tan organizados: “En una guerra gana el que va en línea recta. El más bestia, gana”. Esta es una historia de perdedores, pero nos advierte que “la derrota no hay que interpretarla como un fracaso, la de la Guerra Civil fue tan solo una derrota militar. El fracaso habría sido la derrota de las ideas. Pero esas ideas de democracia, avances que ahora parecen tan obvios como el divorcio o la libertad de expresión, siguieron adelante, han acabado consolidándose y ahora son un patrimonio de nuestra juventud”.

Ramon Boixeda, ganador del Premio Ausiàs March que se presentaba mano a mano con el de Castillo, tiene los bolsillos llenos de metáforas. Al preguntarle por el título de varios de sus poemas, Capturar la llum, explica su fascinación por el libro del físico Arthur Zajonc, Capturar la luz (fabuloso ensayo publicado por Atalanta) y cómo ese es uno de los afanes de su poética: “anclar la nube en la tierra”. Boixeda tiene cuenta de Twitter y le parece “un ágora”, pero no le interesa la liga de los poetas en Instagram y Youtube: “La poesía de las redes sociales se me cae de las manos”. Considera que el espacio de la poesía “ha de ser mucho más intímo, me interesa la poesía más reflexiva”. Actualmente, Boixeda reside en Sevilla y entre verso y verso, trabaja como librero. Hay en sus ojos una melancolía mezclada con algo muy presente en sus poemas: “la alegría de aquello que es indestructible dentro de cada uno”.