“Internet está roto: otras redes sociales son posibles”

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Geert Lovink, fundador del Instituto de Culturas de la Red, publica Tristes por diseño. Las redes sociales como ideología

 

GUIDO VAN NISPEN 2

 

Texto: SUSANA PICOS Foto: GUIDO VAN NISPEN

 

Geert Lovink es uno de los pocos expertos mundiales en estudios sobre la sociedad digital. Fundador del Instituto de Culturas de la Red en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Amsterdam acaba de publicar Tristes por diseño. Las redes sociales como ideología (Consonni) donde realiza un análisis crítico sobre la sociedad digital: “Los altos y bajos estados de ánimo se codifican en las redes sociales. Tras dar un “me gusta”o “un clic” lo que queda después es un vacío resultado del tiempo perdido en la aplicación”.

 

¿Nuestras sociedades corren el peligro de que lo social se limite a las redes sociales?

Somos lo que compartimos. Esa es nuestra realidad consensuada. Ya no somos capaces de distinguir entre la comunicación real y virtual con otras personas. Los lazos que se crean en las redes sociales son imaginarios y fuertes; a menudo tienen más importancia que la familia, la escuela o los equipos deportivos. Podemos condenarlo desde una perspectiva moral, pero como crítico no estoy de acuerdo con ello. Tanto las corrientes progresistas como las conservadoras quieren «restaurar» lo social, y eso empaña considerablemente nuestra visión. En Tristes por diseño me he alineado con los usuarios, mayoritariamente jóvenes, que viven inmersos en la sucia realidad de las plataformas de redes sociales que lo abarcan todo. La vigilancia moral no ayuda; lo digo como activista que trabaja en alternativas a las redes sociales. Llevamos más de una década defendiendo que Internet está roto y que hay que arreglarlo: otras redes sociales son posibles. Eso no significa que tengamos que abandonar Internet y volver a los valores familiares, el sindicato, el partido político, la iglesia y al resto de instituciones que dominaron los siglos anteriores.

En su libro, Tristes por diseño, se menciona que los usuarios de las redes sociales creen que se están abriendo al mundo. Sin embargo, ocurre lo contrario: se aíslan aún más. ¿Existen alternativas digitales a las redes sociales que no nos «incomuniquen»?

Hay muchas alternativas, pero ninguna ha llegado al público más general. La clave está en cómo crecer y llegar hasta ahí. Nosotros, los europeos, todavía no hemos sido capaces de trasladar nuestros fabulosos «valores» sociales a la arquitectura de las redes sociales. Por el contrario, hemos dejado la definición de nuestra vida social en manos de hombres frikis libertarios de derechas de California (guiados por inversores de capital de riesgo). Durante más de dos décadas, el mercado y los políticos no prestaron mucha atención a Internet. Ahora nos estamos despertando poco a poco, especialmente después del brexit y Trump, pero la gente ya está atrapada en los servicios existentes. Todo el mundo utiliza su smartphone, y ahí es cuando llega el problema de las noticias falseadas. ¡Qué sorpresa! Los políticos exigen normativas, pero no saben por dónde empezar, ya que Google y Facebook no son medios de comunicación tradicionales. La mayoría de los críticos de las plataformas sociales, incluido yo mismo, creemos que las normativas serán simbólicas y poco eficaces, ya que están luchando la batalla final. Tenemos que ir a la base, los protocolos y los estándares.

tristes¿Qué es la tecno-tristeza? ¿Cómo la combatimos?

Tras el escándalo de Cambridge Analytica, varios «disidentes» de Silicon Valley se han rebelado. Nos han explicado con detalle cómo las «modificaciones conductuales» influyen en nuestro estado de ánimo. YouTube necesita que hagas click en videos cada vez más extremos para que sigas en la página. Los usuarios se impacientan cuando ven cuánto está tardando en responderles la persona que aman. Como dice Roland Barthes: Soy el que espera. Tu clasificación es baja si la comparas con la de otros, y eso te deprime. Lo único que haces es seguir. Describo la tristeza como la sombra del momento «dopamina», cuando dejamos el teléfono de lado porque estamos agotados. Pero, entonces, recibimos una notificación y volvemos a lo mismo. ¿Me ha respondido?

No soy tecno-determinista y creo que (deshacernos de) la tecnología sería la solución. No es fácil hacer frente a sistemas que inconscientemente dominan nuestra vida emocional. No hagamos como que borrar las aplicaciones sería fácil. También tenemos que entender que la tecno-tristeza es parte de una tendencia social más general como es la soledad, la división artificial entre generaciones y grupos sociales, el racismo y la violencia contra las mujeres, la depresión y el síndrome del trabajador quemado. “Yr Body is Nothing.” Boy Harsher. Ya no somos capaces de abrir nuestros ojos cansados.

¿Por qué afirma que nuestra realidad se parece más a un libro de Víctor Hugo que a una película de Blade Runner?

No vivimos en una sociedad ciberpunk de ciencia ficción. ¿Dónde está mi coche volador? Parece que estamos en un simulacro del siglo XIX, una época de rápida industrialización (ahora, digitalización), con una cultura aburrida, dominada por el rápido crecimiento de la desigualdad social. La revolución tecnológica y el conservadurismo van de la mano. En lo que se refiere a la movilidad social, hemos visto grandes retrocesos en los últimos treinta años, es decir, en las décadas del crecimiento de las redes de ordenadores. Como Hugo, nuestra visión es romántica y se desarrolla en una cotidianeidad estancada; eso es lo que vemos en los episodios de Black Mirror. No se ve casi ninguna utopía tecnológica. Respondiendo a las medidas distópicas, intentamos hacer frente a los problemas sociales, pero nos vemos atrapados en comportamientos políticamente correctos y convenciones neoliberales. Esa es nuestra tragedia regresiva.

¿Qué papel juega Europa ante los dos modelos actuales de Internet: el estadounidense, que concentra el poder en manos de unos pocos poderosos, y el chino, donde la vigilancia del gobierno es absoluta?

Para hablar con precisión, Europa no es un contendiente. Como mucho, somos un mercado de 500 millones de consumidores con un poder adquisitivo medio. Tenemos que ser humildes sobre nuestra posición actual. Recordemos que fue el gobierno de Trump el que inició el conflicto con Huawei sobre el software de vigilancia integrado en los routers, no Bruselas o Madrid. Todavía no he leído el primer informe sobre el rol de la UE en este asunto. Estamos divididos, pero, sobre todo, dormidos. Puede que estemos orgullosos de nuestro RGPD, pero es un instrumento legal regresivo que no será capaz de romper monopolios ni de crear un espacio público en Internet que llegue a toda Europa.

¿Hemos pasado de los buscadores de oro a los buscadores de datos?

Hemos completado el círculo y volvemos a estar en la era de los buscadores de oro. El nombre que se les da a bitcoin y otras monedas electrónicas es «oro digital» (digital gold), que también es el título de la historia interna de los primeros cinco años del bitcoin, escrita por Nathaniel Popper. Se la recomiendo a todo el mundo, ya que documenta perfectamente la «energía criminal» de este sector. Hay que apuntar que la búsqueda de oro digital y la búsqueda de datos comenzaron más o menos al mismo tiempo. Las dos son pura alquimia: convierten mágicamente ciclos computacionales (usando electricidad) en dinero. Las dos se basan en una alucinación colectiva. Tenemos que creer en los datos tanto como en el valor de esas monedas electrónicas. Cuando descubrimos las manipulaciones de precio que se dan entre bambalinas y los métodos de extracción de datos (así lo describe Shoshana Zuboff), estos modelos implosionan. Pronto pasará lo mismo con la moda de la inteligencia artificial, que parece que solo funciona en las sombras con datos robados.

Los avisos de expertos que avisan sobre el peligro de entregar nuestros datos a las plataformas no tienen ningún efecto sobre la población, ¿cómo se puede concienciar a los usuarios?

No creo que la concienciación sirva para mucho. Abandoné Facebook junto con otras 50.000 personas en 2010 como parte de una primera campaña que protestaba contra la violación de la privacidad. Eso fue hace una década. Nos hemos pasado la década dormidos y ahora, al despertar, vemos que estamos en una jaula de la que no podemos salir. Eso es lo que ocurre con los monopolios. No nos puede sorprender que haya pasado. Ya no se puede derribar a esos gigantes cambiando el comportamiento de los consumidores. El poder que Google y Facebook tienen sobre Europa ha de combatirse empezando desde arriba. Podemos pensar en socializar cables y centros de datos, pero por encima de todo tenemos que sacarlos de las capas de gobernanza de Internet. Tenemos que entender que son actores políticos con una agenda, no simples ingenieros. Ese es el paso más difícil para desmantelar su poder: la presencia invisible de sus valores en el código. Europa tiene que mostrar mucha firmeza, ya que no es fácil destruir «buenas intenciones».

¿La solución es desconectarse?

Tenemos que controlar la tecnología, hablar con Peter Sloterdijk. No nos hagamos las víctimas. Los europeos tendríamos que ser capaces de responder y crear redes alternativas que no almacenan datos, que protegen la privacidad y redistribuyen los beneficios. Pero para ello hay que decir adiós a los servicios gratuitos. Hoy en día, todo el mundo conoce el mantra de Silicon Valley: si no pagas, es porque tú eres el producto. No lo perpetuemos. Aceptamos pagar por Netflix o Spotify; ahora es el momento de entender que pagar una cuota por usar redes sociales es parte de la solución. Apagar el teléfono durante el fin de semana no va a cambiar nada. Guarda la calma y borra Facebook. Crea tus redes; todas las herramientas que necesitas están a tu alcance. Es hora de acabar con esta miseria y actuar.