¿Cómo meter mi vida entera en 33 kilos?

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Vivencias del exilio convertidas en textos literarios para ser leídos en voz alta que deberíamos escuchar todos

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Foto: MARTA PERARNAU RUIZ

 

En "palabras/relatos migrantes" es un proyecto organizado por la cooperativa Connectats y con patrocinio de la Fundació La Caixa en el que personas que sufrieron el desgarro de dejar de manera forzada sus países y empezar de nuevo muy lejos de su casa vuelcan sus experiencias en papel y las convierten en un relato que ofrecen a los demás. Me acerco a escuchar sus voces y sus historias al centro cívico Pati Llimona, en el casco antiguo de Barcelona. Mientras se preparan las sillas en semicírculo, María Ríos, la coordinadora del taller, me cuenta que “una de las cosas que más me ha sorprendido de este proyecto es la capacidad que tienen la literatura, la escritura y su socialización para pensar y ordenar nuestra propia historia, asimilarla y finalmente proyectarnos. En cada taller nos leemos entre nosotros, compartimos nuestras experiencias negativas, pero también las positivas, y generamos empatía y lazos muy fuertes. Por otro lado, me ha sorprendido muchísimo el talento con el que nos hemos topado. Muchas personas que han venido a los talleres no sabían que eran escritoras, y definitivamente lo son”. Le pregunto si, en un mundo interconectado virtualmente, sigue haciendo falta este intercambio de lecturas en vivo y en directo… “En estos intercambios hay dos actores: quienes leen y quienes escuchan. Para las primeras, el hecho de exponer sus textos íntimos frente a un público físico es un acto de valentía, sobre todo para quienes cuentan experiencias difíciles. Contarlas en voz alta es quizás un paso más en el proceso de digestión y, por qué no, de superación”.

La sala se llena para escuchar estos relatos de exilios e itinerancias obligadas leídos por ellos mismos. María Ríos y Diego, los organizadores del acto, nos recuerdan antes de pasar la palabra a las voces migrantes que, en 2018, España fue el país de la Unión Europea con más solicitudes de asilo: “Hay 100.000 personas pendientes de una respuesta de la que depende su vida. Y, de estas peticiones, más de un sesenta por ciento eran de Latinoamérica, principalmente de Venezuela, Colombia, Honduras y El Salvador”. Explican que “es gente que cree en las palabras como herramienta de cambio”.

Trilce llegó de Perú. Rememora en su texto con una voz dulce el momento en que tuvo que marchar y dejar todo atrás, intentando meter en su maleta los paquetes de café molidos por el Chino Juan para llevarse algo del aroma de su tierra en ese viaje donde afirma con resignación: “A mí nadie me esperaba”. Podía llevar en el avión una maleta con un peso rigurosamente limitado y se pregunta en su texto lanzado al aire: “¿Cómo meter mi vida entera en 33 kilos?”.

María Ríos y Anita, a dos voces, recitan que “El que fue perseguido, soñará siempre con el retorno al hogar”. Para conservar la vida, Anita se tuvo que ir de un Chile sumido en la oscuridad de una dictadura atroz: “Veníamos huyendo de una noche/que duraba ya muchos años”. Se marchó a Suecia, pero nada fue fácil: “Un desierto blanco me habitaba aquí adentro”. Y es que, en esa Escandinavia fría, tan distinta de su casa, “la euforia de los primeros días se había esfumado/ se va perdiendo la esperanza de volver”. Otra chilena, Tatiana, tenía 3 años cuando voló expulsada con su familia desde Santiago de Chile a Bucarest, y cuenta los retazos de recuerdos que han quedado en su memoria del día de esa partida: la muñeca en la mano, los zapatos de charol… chilenita chiquitita. Y recuerda a su abuela, “que va cargada de leche, de pan amasado, de tristeza”.

Christian tiene uno de los oficios más difíciles del mundo: el de clown. Tras aparecer en una lista de objetivos de los paramilitares colombianos, tuvo que irse de su país. Y cuenta en un texto, hecho con el cuidado y la chispa de su oficio, el último regalo antes de partir, tan solo una servilleta doblada, pero que contenía algo muy valioso en tiempos de miedo, desesperanza y abatimiento: ¡un chiste! Es una modesta servilleta de papel, pero lleva un mensaje escrito: “Siempre quise ser billete, pero no tuve valor”. Nos hace sonreír a todos. Carmen dejó Argentina para pasar por México y acabar en Girona, una ciudad de ritmo pausado que le recuerda a algunas zonas de Buenos Aires. Rememora en su pieza los primeros paseos por la ciudad, cuando todavía se pierde entre las calles que no son suyas y la gente la mira en su vagar incierto: “No me importa que reconozcan mi extranjería; me hiere más contemplar el mundo pequeño de sus miradas”.

Augusto, llegado de El Salvador, trae Tres poemas heridos porque su poesía lo que hace es “buscar un refugio para mis miedos”. Y, sobre todo, contar que la lengua que hablamos en nuestros sueños es la que en verdad puede contar quiénes somos. No quiere borrar las marcas de lo sufrido: “La cicatriz para recordar lo que soy”. Explica cómo ha de abandonar los giros coloquiales y los acentos de su lengua materna y hablar en esa jerga internacional educada y plana: “Tuve que aprender esa lengua extraña/ para que dejaran de mirarme con desconfianza/ Esconder mi origen/ ahogar mi esencia”.

El público escucha atento, sin un ruido, absorto en las experiencias y reflexiones de estos escritores convertidos esa tarde en juglares que lanzan al aire sus pensamientos modelados por la literatura. También viene de El Salvador Miguel, con 22 años y muchas lecturas a cuestas. Quiere compartir con la gente “tres objetos personales y tres ausencias”. La ausencia de la familia, de las amistades y los amores que quedan atrás. La ausencia de esa muchacha que le regaló un pequeño punto de lectura con el planeta Plutón, “y ando orbitando por sus lecturas”. Las palabras de Miguel, casi murmuradas, están impregnadas de esa soledad del pequeño Plutón, en los cofines gélidos del sistema solar. Amaury Veira nos habla de un jardín en Loma Larga que era el último reducto de los sueños infantiles, el último refugio, hasta que ardió. Aunque nada se quema del todo, y al paso de los meses el jardín volvió a brotar.

Brenda ofrece “Una oda a una Barcelona compleja” y recita con garra un poema lleno de intención en torno a los tópicos y al peligro de la autocomplacencia de la capital catalana donde nos recuerda que “el blanco más puro/ es el gris/ el blanco más puro/ es el matiz”. Nos habla de esa Barcelona aburguesada del “yo soy más que tú” y hace un agudo retrato de la Barcelona hermosa de los amigos que dan la bienvenida, pero también de la urbe clasista. Nos recuerda que, más allá del brillo del centro y los barrios pudientes, “es en las afueras donde está la Barcelona de las sonrisas, que canta karaoke y que grita y que toca samba”. Una Barcelona alegre pero que tiene en su cubo de Rubik caras siniestras como la de los centros de internamiento de inmigrantes: “Causa de ser encerrado: ser una persona y no tener papeles. Papeles, papeles, papeles…”. A la pregunta de María sobre cómo ha sido tornar su experiencia del exilio en algo creativo, Anita responde que “muy importante. Salí de Chile y llegué a un país muy diferente y me vi realmente obligada a escribir diarios de esa vida mía en Suecia. Tras treinta años, decidí irme”.

Alguien le pregunta si tras la caída de la dictadura en Chile no se planteó volver. “Volví una vez de visita al cabo de muchos años, cuando mi hijo ya tenía 16 años. Y lo hice con miedo porque me había marcado una historia traumática con la policía chilena. Pero Chile ya no era mi país, ya no tenía nada en común con mi familia, yo ya no sabía vivir allí. Tengo allí muchos afectos, pero me sentí extranjera en Chile. Pero bueno, uno se acostumbra a ser extranjero. No tener país no es un problema, lo importante es estar rodeado de gente que te quiera”.

Le comento a Christian que uno espera de un exiliado alguien serio, tal vez endurecido por el sufrimiento, quizás circunspecto… ¡y sin embargo él se dedica a hacer de clown! Le pregunto si el humor es una manera de resistencia contra el poder… “¡Lo es! El humor me ha ayudado siempre. Escribir es en sí mismo también un acto de resistencia, la migración te hace tener un pensamiento más crítico: las causas, el viaje, quemar las naves, la soledad. Cuando viertes todo eso es sanador”.

Una de las asistentes le comenta a Brenda que en el poema sobre Barcelona se percibe que no ha superado el rencor, pero ella le responde risueña que le encanta Barcelona, que para ella decir que es una ciudad compleja es un elogio, “porque lo complejo es lo diverso y lo rico”. María Ríos le pregunta a Christian si le ha servido escuchar la historia del otro… “Somos un colectivo que escribe pero que también se lee el uno al otro”. Y, desplegando ese sentido del humor que ha sido su tabla de surf incluso en los peores hundimientos, dice que “compartirla hace que la tragedia se minimice. Te hace reaccionar, pensar: ¡hey, no eres tan especial!”.