Las huellas de la violencia

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Luisa Etxenike cierra con 'Aves del paraíso' (Nocturna) su trilogía sobre ETA

 

 

 

Texto: JUAN MANUEL URÍA

 

Luisa Etxenike, además de excelente narradora, y de, entre otras cosas, gran dramaturga es (cosa quizá menos sabida) una excelente poeta, de corte sobrio, sin lirismos. Aves del paraíso es un libro transgénero, narrativo pero poético, poético pero narrativo, en el que se trasfunde la esencia poética que, en mi opinión, ha de tener todo texto que merezca la pena. En este sentido me recuerda a “El arte de la pesca” (El Gallo de Oro, 2015). Luisa Etxenike con la maestría a la que nos tiene acostumbrados, juega con la analogía, con la metáfora, creando dobles, triples lecturas, de forma que el texto no se agota en una sóla lectura sino que se multiplica en cada una de ellas y en cada lector, fenómenos estos que, creo, definen a la buena literatura.

En Aves del paraíso, la autora aborda de nuevo, como en Absoluta presencia y El Ángulo ciego, la violencia terrorista y sus implicaciones en forma de complicidades, silencios, miradas; subrayo miradas, porque en Aves del Paraíso la mirada es lo más importante, la observación; o, quizá más que la observación, el punto de vista y el punto moral del que observa, su motivación final, su intencionalidad: ¿observa para la muerte u observa para la vida? ¿Para defender la vida u ocasionar la muerte? Aquí la analogía con las aves está clara, con su observación a modo de ornitólogo. Mirada que puede ser cómplice, que puede ser de indiferencia ante el dolor, de complicidad pasiva; de la que derivará, cuando uno se dé cuenta (tarde), algo que es el tema del libro, el tema central y su tesis: la vergüenza.

La vergüenza, decía Marx, es revolucionaria, bien porque impide que hagamos algo que consideramos inmoral, bien porque nos escuece por dentro cuando lo hemos hecho, cuando no hemos impedido que algo terrible suceda cuando quizá estaba en nuestras manos; es aquí cuando llega el canto de ese pájaro que es la conciencia. La vergüenza que se diferenciará de la culpa en que es individual e intransferible y a la que no sirven excusas, ni justificaciones, porque quema internamente y no se le pueden hacer trampas racionales; la culpa, sin embargo, es colectiva, puede falsearse, ocultarse, pero la vergüenza no; se siente, se enrosca como una serpiente venenosa y te impide respirar, como le sucede al protagonista de Aves del Paraíso, que le impide respirar y se le agolpa en el pecho, por no haber intervenido, por no defender la vida cuando tenía que haberlo hecho, por no intervenir ante la pedagogía del odio que estaba formando (o deformando) a lo que él tenía la obligación de proteger. Luego, demasiado tarde, cuando ya todo se ha fracturado, se da cuenta del error y siente ese monstruo de la vergüenza arañándole por dentro. Entonces siente la necesidad de huir y de mudar (otra analogía con las aves), de transformación, de cambio, de enmienda; porque aun y todo, uno puede transformarse y transformar el dolor en una perla.

Esta es otra tesis fundamental de Luisa Etxenike el no determinismo, que está presente en toda su obra. Así, el protagonista de Aves del Paraíso, a través de un remedo de pena autoimpuesta, de castigo paralelo (no quiero revelar más de lo necesario y por eso mido mis palabras) se aplica una expiación forzosa que lo lleve a digerir la vergüenza y transformarlo en algo nuevo, respirable, en otra mirada, en una conciencia que, depurada, cicatrizada, libere.