Curso acelerado sobre asesinos en serie

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(No leer pasadas las diez de la noche)

 

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

Ilustración: HALLINA BELTRAO

 

Argumenta Peter Vronsky en Sons of Cain: A History of Serial Killers From the Stone Age to the Present que el asesino en serie es el monstruo contemporáneo por excelencia, la cristalización de esa figura terrorífica que anida en el lado más oscuro de nuestra imaginación para generarnos un pavor injustificado, como antaño lo hicieron los vampiros, los hombres lobo, los ogros o los espíritus malignos. Su formulación literaria más temprana, prosigue el autor, se remontaría al personaje de Grendel, el sceadugenga, un “caminante de las sombras” o “acechador de los páramos” que aparece en el poema épico anglosajón Beowulf, es decir, mil años antes del (erróneamente) considerado el pionero en incurrir en matanzas reiteradas: Jack el Destripador. Todas las criaturas citadas al principio son ficticias, se objetará, pero pocas veces la ficción (literaria, cinematográfica, televisiva…) ha normalizado tanto un arquetipo hasta el extremo de infundir un miedo real ante la posibilidad de que nos crucemos con él. Como muestra, un botón: en un corto periodo de tiempo, Harry Hole, el dipsómano y atribulado detective creado por Jo Nesbø ha perseguido a ¡seis de ellos! en Noruega, un país que históricamente solo ha sufrido a uno: la enfermera Arnfinn Nesset, conde- nada a prisión en 1983 por el asesinato de veintidós pacientes.

Aunque con frecuencia ambos términos se utilizan como sinónimos, no todos los psicópatas son asesinos en serie ni todos los asesinos en serie son psicópatas. Sin embargo, el vínculo entre ambos es lo suficientemente fuerte como para que la industria del entretenimiento haya optado por su fusión sistemática, deformando, eso sí, el resultado con fines efectistas, de impacto (son modelos de refinamiento e intelecto, lo que contrasta con su brutalidad física, o proclives a crear aparatosas escenas del crimen, o aficionados a entender su pulsión como un complejo juego de pistas, un puzle macabro que la policía debe descifrar). Debemos la invención del término “psicópata” —traducible por “alma sufridora”— al psicoanalista alemán J.L.A. Koch, y define un desorden de la personalidad que se calcula padece un uno por ciento de la población mundial, sobre todo varones. Psicópatas y asesinos en serie (AES a partir de ahora) comparten, pues, características (acostumbran a ser manipulado- res, mentirosos, fanfarrones, llevan un estilo de vida parasitario, no sienten empatía ni responsabilidad por sus ac- tos, se concentran exclusivamente en el presente…), pero solo los segundos encajan con la definición oficial acuñada por la Behavioral Analysys Unit (Unidad de Análisis de la Conducta) del FBI en el año 2005: “Aquel que mata, sin el amparo de la ley, a dos o más individuos en momentos diferentes y por cualquier motivo, incluyendo rabia, emoción, beneficio económico y necesidad de atención”

Una definición tan abierta nos pone sobre aviso que, frente a las tipologías recurrentemente fantasiosas que han perpetuado las narrativas literarias y audiovisuales, basta con haber asesinado a dos sujetos en dos días distintos, y por algo tan mundano como avaricia o despecho, para entrar en tan abominable lista. Expresado de otro modo, tan AES es Andrei Chikatilo, alias “Ciudadano X”, alias “el Destripador Rojo”, con un botín de 53 víctimas —mujeres, adolescentes y niños a los que mataba, mutilaba y a veces devoraba— como cualquier madre, niñera o enfermera que, aquejada de la versión más letal del denomina- do Síndrome de Munchausen, mata buscando el consuelo y la atención de aquellos que les rodean. En la misma línea de razonamiento, la flexibilidad del concepto de AES permite acoger bajo su manto tenebroso prácticas acotadas a marcos geográficos y culturales muy específicos: en Sudáfrica, la policía se enfrenta a sangomas muti, asesinos en serie ritualistas a la caza de órganos de niños que emplear en prácticas medicinales con presuntos poderes mágicos; miembros de bandas mexicanas de narcos cometen reiterados asesinatos, de carácter también ritual, de cara a mermar clanes rivales; en China ha brotado más de un asesino en serie de trabajadores inmigran- tes de baja cualificación, etc, etc.

“Desalojadores" de cuerpos

Pese a la atención dedicada a Jack el Destripador, H.H. Holmes, Albert Fish, Ed Gein, el Estrangulador de Boston, el Hijo de Sam, John Wayne Gacy, el Asesino del Zodiaco, Edmund Kemper, Juan Corona, Jerry Brudos… hasta los años 1980 no empieza a circular el término “asesino en serie”. Con anterioridad se recurría a combi- naciones tan dispares como: “asesinato de desconocido a desconocido”, “asesinato recreativo”, “asesinato secuencial”, “asesinato compulsivo”, “asesinato lujurioso”, “asesinato bajo patrón”, etc, etc. Continúa siendo una incógnita la identidad del acuñador, si bien el candidato más temprano podría tratarse de Ernst August Ferdinand Gennat, jefe de la policía berlinesa, quien habría empleado “serienmörder” (asesino serial) en los años 30 del siglo pasado para describir los crímenes de Peter Kürten, alias “El Vampiro de Düsseldorf”. No se ha podido demostrar la autenticidad de un recorte de periódico de la edición del London Daily Post del 9 de noviembre de 1888 en la que se hablaría del “asesino en serie de Whitechapel”, aunque sí que hay constancia de que The New York Times lo emplea por primera vez en mayo de 1981 en relación con Wayne Williams, sospechoso de la muerte de 31 niños en Atlanta, entre 1979 y 1981 (ver la segunda temporada de Mindhunter). Otros entienden que fue Robert Ressler, profiler de la mencionada Behavioral Analysis Unit del FBI, quien en 1974 pone en circulación el concepto en su acepción actual.

De acuerdo con un estudio conjunto de la Radford University y la Florida Golf Coast University, entre 1900 y 2000 Estados Unidos concentró el 67 por ciento de los asesinos en serie del planeta —sorprendentemente, el 82 por ciento de los mismos hizo su aparición entre 1970 y 2000—, seguido en volumen por Gran Bretaña, Sudáfrica, Canadá, Italia, Japón, Alemania, Australia, Rusia e India. Si hasta inicios del siglo XXI, el retrato robot del AES parecía responder a un hombre de raza blanca, los datos revelaron que, hacia el año 2000, uno de cada seis eran mujeres, mientras que en la década actual casi el sesenta por ciento son afroamericanos. (Que la capacidad del colectivo femenino para la eliminación serial no es un fenómeno nuevo da fe este pasaje de Sons of Cain: “Las mujeres mataban con veneno a tan alto ritmo que, en la década de los 50 del siglo XIX, el parlamento británico debatió una proposición de ley encaminada a prohibirles la venta de arsénico”).

Aunque el factor X que lo produce no haya podido ser identificado de forma concluyente por la ciencia, la medicina o la psiquiatría (por mucho que haya habido intentos por fijar una explicación bioquímica a partir de la suma de numerosas variables), sabemos que el AES comienza a gestarse en la infancia —una hipótesis es que la parte del cerebro que inhibe la violencia y el temor a los castigos físicos está dañada o subdesarrollada—, aproximadamente veinte años antes de que comiencen los asesinatos (la media de edad en la comisión del primero está en los 28 ); que por lo general no está loco desde un punto de vista clínico (es decir, es perfectamente consciente de sus actos, suponiendo por tanto una rareza la tipología de los “asesinos en serie visionarios”, que engloba a aquellos enfermos mentales que sufren delirios y alucinaciones que los impulsan a matar en un estado de plena disociación de la realidad); que con frecuencia hay un elemento estresante que activa el inicio de la carrera criminal (divorcio, nacimiento de un hijo, pérdida de un empleo, un accidente…), y que en el núcleo de sus motivaciones suele latir la pulsión irrefrenable por ejercer control sobre la víctima para consumar una fantasía (y no hay forma más expeditiva de asegurarse este control que matarla. El AES Edmund Kemper utilizaba las metáforas “fabricar muñecas” o “des- alojarlas de sus cuerpos”), y que, igual que los síntomas de la psicopatía decrecen junto a los niveles de testosterona durante la mediana edad, los AES matan con menos asiduidad o dejan de hacerlo por completo al alcanzar la cuarentena o la cincuentena.

En sus memorias My Life With Murde- rers, el profesor emérito en Criminología y exdirector de prisiones David Wilson establece una relación muy estrecha entre marginación social y presas de los AES. “En vez de intentar ‘penetrar en la mente de los asesinos’, a mis estudiantes les digo que entenderemos mejor sus motivaciones si nos centramos en los grupos a los que atacan de forma preferente. Los principales objetivos de los asesinos en serie son los homosexuales, las prostitutas y los ancianos”. Desde el punto de vista de la opinión pública, a esto se le conoce también como “el síndrome de los muertos secundarios”; es decir, la constatación de que los medios de comunicación emplean criterios raciales, económicos y de clase a la hora de hacerse eco de los que pierden la vida a manos de los AES. A partir de su larga trayectoria entrevistando a moradores de cárceles de alta seguridad, Wilson también nos recuerda que la mayoría de psicópatas criminales no hablan de sus crímenes durante los interrogatorios pero están encantados de disertar ampliamente sobre los temas que de verdad les interesan. En consecuencia, muy excepcionalmente se construye un caso a partir de los encuentros cara a cara, por lo que se hace necesario recopilar información del mayor número de fuentes posible.

Apuntes y escalofríos

*          Un número elevado de AES masculinos fueron obligados en su infancia a vestir como niñas, entre ellos Manuel Blanco Rosamanta, alias “El Hombre Lobo de Allariz”; Henry Lee Lucas, Ottis Toole, John Wayne Gacy (a quien su madre castigaba obligándole a ponerse su ropa interior), Charles Albright y, si aceptamos la figura del AES por delegación, Charles Manson.

*          Lo del asesino en serie que va capturando presas a base de ir cubriendo grandes distancias en su coche es un mito. Un estudio demostró que, en Estados Unidos, el 74 por ciento de ellos habían actuado cerca de su casa, sin salir en ningún caso de los límites de su estado.

*          John Wayne Gacy se hizo una foto con la primera dama, Rosalyn Carter, esposa de Jimmy Carter, durante la vi- sita oficial que realizó a la Casa Blanca como director del Desfile en Honor de la Constitución Polaca, que se celebraba anualmente en Chicago. Por las mismas fechas, el vicepresidente de Carter, Walter Mondale, recibía al no menos ilustre AES Jeffrey Dahmer y a sus compañeros de clase durante una visita escolar a Washington.

*          Rodney Alcala, encarcelado por el asesinato de siete mujeres y sospechoso de un total de 130 muertes, fue alumno de Roman Polanski apenas un año después de los hechos de Cielo Drive, y en 1978 participó en el

concurso televisivo de citas románticas The Dating Game. Más recientemente, el asesino en serie necrófilo Stephen Port, el “Grind Killer”, apareció en Celebrity MasterChef UK, por las mismas fechas en que mataba y luego violaba (por este orden) a cuatro hombres.

*          La cantante de Blondie, Debbie Hary, fue recogida por el AES Ted Bundy mientras hacía autoestop a principios de los 1970, pero huyó de su vehículo tras percibir un comportamiento sos- pechoso. Salvó la vida por los pelos.

*          El actor Ashton Kutcher encontró el cuerpo cosido a navajazos de su novia Ashley Ellerin, víctima de Michael Thomas Garguilo, “the Hollywood Ripper”, acusado de tres crímenes y sospechoso de otros siete.

*          El diseñador Gianni Versace murió a manos del AES Andrew Cunanan en 1997, mientras que Larry Flynt, el editor de la revista erótica Hustler, acabó en silla de ruedas en 1978 tras los dis- paros del racista Joseph Paul Franklin, un AES “misionero” (aquellos impul- sados por una cruzada moral), quien no le perdonó haber publicado fotos sexuales de parejas interraciales.

*          Gary Ridgway, “The Green River Killer", asesino de 48 prostitutas, le dijo a los policías que lo arrestaron: “Pensaba que os estaba haciendo un favor, chicos. Vosotros no podéis controlarlas pero yo sí”.

*          El AES necrófilo Ed Gein, famoso por haber inspirado a Robert Bloch la novela Psicosis, base del clásico cinematográfico de Alfred Hitchcock, solía hacer de canguro de los hijos de varios vecinos. Algunos aseguraron a sus progenitores haber visto cabezas humanas jibarizadas, copas fabricadas con cráneos y trajes confeccionados a partir de piel humana, confesiones interpretadas por defecto como prueba de la colosal imaginación infantil.