Harkaitz Cano: un paisaje poético

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Harkaitz Cano publica "Gente que trabaja en los tejados", una antología que reúne algunos de sus poemas traducidos en castellano y que han sido seleccionados por Francisco Javier Irazoqui, que acaba de publicar el poemario "El contador de gotas".

 

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

Paisaje y paisanaje quedan imbricados en esta antología de la poesía del escritor, en el amplio sentido de la palabra, Harkaitz Cano (Lasarte-Oria, San Sebastián, 1975). Antología bajo el título de Gente que trabaja en los tejados (Fundación Ortega Muñoz), con traducción del propio autor y selección y nota previa del también poeta Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954), quien también acaba de publicar un libro de poemas en prosa El contador de gotas (Hiperión). A estos poetas les une un conocimiento reconocido de la música y su mundo poético, entre otras cosas.Dos poetas y dos ironías distintas, en un solo paisaje verdadero: la vida que es opción a la vez que negación: “en la acera cubierta de nieve que es la vida”, Cano dixit. Al igual que Irazoki cuando escribe: “luz: pan, caracoles, patatas que encierran los alaridos subterráneos de un poeta que, al acogerme en la oscuridad de sus habitaciones, me guió por un camino opuesto”. Lees a estos poetas en estos dos y distintos ejercicios del recuerdo y encuentras en sus versos evocación, sugerencia, miradas, memoria, ritmo: tanto leídos en silencio como en voz alta, y con lenguaje cuidado. ¡Qué grandes!

Son ambos dos bellos libros vivenciales, impregnados de esa mirada que da la poesía a quien sabe mirar. En ambos: tanto en Gente que trabaja en los tejados como en El contador de gotas las personas lectoras encontrarán variedad de asuntos: desde reflexiones personales, a miradas sobre el mundo, también sobre las personas y sobre los personajes del cómic, servidumbres, grandezas, pensamientos filosóficos, observaciones de esa normalidad sociológica en la gran ciudad, análisis, afirmaciones, y pronunciamientos. Todo bien condimentado con la suficiente agudeza e ironía, en constante dinamismo. O sea, otra manera de escribir poesía que se y te pregunta, que arde en preguntas, tanto en verso al uso como en prosa provocadora. Opciones del propio conocimiento que tienen ambos de la materia poética tratada en sus respectivos libros. Además, tanto Cano como Irazoki ni engañan ni se esconden: versifican de manera inteligente esta su poesía singular y señera donde dirimen su verdad y la del mundo, desde las voces y ecos: para mejor entenderse y entender: “¿Qué otra cosa, sino el orgullo, / me impide ser gente entre la gente?”, dice el donostiarra. Por su parte el navarro escribe: “Con el paso de las estaciones, integro el camino en mi cuerpo. Soy una grieta ambulante”.

Escribiendo desde la ética no se compromete la calidad literaria de la obra, ni hay falso intimismo en el modo de afrontar su relación con los demás, con el mundo, consigo mismo. Ambas poesías están encarnadas con otros muchos discursos, pero por sus características tan singulares dejan huella en quien las lee; puesto que, no hay humanismo autocomplaciente y sí calidad literaria en esta transmisión de preguntas y conocimientos. Poesía que admite la dialéctica como desarrollo de las ideas, sin retórica alguna, y sí con brillantez en su quehacer demiurgo de ambos poetas, pues han tratado y han conseguido cada uno desde su óptica poner de manifiesto ese paisaje con ese paisanaje y sus propias vivencias. También hay que señalar que por su parte Francisco Javier Irazoqui abre y cierra el poemario, de una cuarentena de poemas, con dos citas fabulosas: de Ramón Eder y de Ramón Andrés, admirados ambos y muy cercanos en el quehacer demiurgo. Y Harkaitz Cano en la treintena larga de poemas quedan citados sus poetas y sus lecturas, divididos en tres partes paisajísticas: paisaje interior, de incendios y final, por obra y gracia de Irazoki, seleccionador, quien opina que estos poemas desembocan en un conocimiento hecho de preguntas. Totalmente de acuerdo.

Solo queda por afirmar que ambos poetas escriben desde ese su paisaje propio, con una escritura sencilla y que traspasa la piel, pues tal es la vida que exponen y alimentan: “Porque el tiempo siempre pasa más despacio/ cuando transitamos por caminos extraños” (Harkaitz). Y ambas poesías también y de qué manera están habitadas por personas de toda condición social, sin miedo a nada, y ambos títulos, por descontado, son dos buenas metáforas y o definiciones de lo que viene en ser un poeta: Gente que trabaja en los tejados, donde imbricar azar y necesidad: “Para que los perros no le muerdan los sueños, payito” y El contador de gotas, donde anidar temor y temblor: “Los nuevos días son peldaños desprendidos de mi escalera”.

Creo, pues, que estos dos poetas, Francisco Javier y Harkaitz van y ven más allá de la realidad por medio del lenguaje. Este mundo global necesita esta poesía minuciosa, apasionada.

FGLD

(…)

-¡Ahí va! ¿Ahí va el poeta a quien fusilarán

dentro de seis años!

Mientras tanto, la cara de Federico

se escondía inconstante en el camarote

sin entender, sin ver, sin oír, sin saber

que Rimbaud y Lizardi recorrían

las espaldas frías de todos los amantes,

y con voz cada vez más queda,

preguntaban por él surco a surco.

Son cosas que solo sabe

quien ha recorrido la ciudad en busca de un rostro.

     Harkaitz Cano

DOS CUENCOS

(…)

Enfermó lejos de la tristeza de su comunidad.

Cuando reaparece en mi memoria, se esfuman sus diarios, tijeras y actas. Sé que subido a una bici, nos ofrecía dos cuencos: la profundidad y la ligereza.

   Francisco Javier Irazoki