“El ruido es el nuevo silencio”

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Raquel Taranilla gana el premio Biblioteca Breve con “Noche y océano”, su primera novela

  

 

Texto: Antonio ITURBE  Foto Abel GARCÍA ROURE

 

Ante la divertida mirada de reojo de los periodistas congregados para conocer al ganador del premio Biblioteca Breve en el Salón de actos del Museo Marítimo de Barcelona, la pequeña Elsa, de tres años, bailaba. Está en esa edad en que se baila incluso sin música. La música era la voz de su madre, Raquel Taranilla, ganadora de un Premio Biblioteca Breve que descubre a una nueva autora, con su primera novela. Anteriormente había publicado Mi cuerpo también (Libros del Lince) donde relataba sin épica ni desgarro su experiencia como enferma de cáncer, pero este es su debut como novelista y no podía ser más afortunado: “mandé el original al premio sin fe, hastiada”. Pero sonó la milagrosa llamada de teléfono de la editora de Seix Barral, Elena Ramírez, para comunicarle que había resultado ganadora. La propia Ramírez da algunas cifras de participación en la edición de este año, como se hace en una noche electoral desde el centro de datos: 936 originales presentados de 34 países, un 77% pertenecientes a hombres y un 23 % a mujeres. Con 175 obras, la temática policial ha sido la reina.

Pero la obra ganadora no es policiaca ni negra, aunque haya desaparecido la calavera del célebre cineasta Murnau y haya, eso sí, un fondo de grisura en el desánimo vital de la protagonista, una profesora llamada Bea que bien puede ser un trasunto de la propia escritora. Raquel Taranilla (Barcelona, 1981) es profesora de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. En la rueda de prensa se gana la simpatía de los periodistas: no trae un discurso escrito, de hecho se queda callada pensando antes de responder a cada pregunta y muestra una sinceridad por encima de la media: “La carrera académica en España es una mierda. Yo he dejado de ser profesora asociada con 38 años. Tengo compañeros brillantísimos que han de complementar su sueldo de profesores trabajando de camareros. Hay docentes que lo están pasando muy mal”.

Pero Taranilla subraya que Noche y océano no es una obra mustia, sino que estira del resorte del humor y da como resultado una novela divertida y una historia de amor singular: “es una novela gótica sobre un enamoramiento en Barcelona, que no es una ciudad cualquiera”. Es la historia que se establece entre esta profesora hastiada de su trabajo en la universidad, agobiada por haber aceptado el encargo de escribir un texto académico sobre aun autor que ni conoce ni le importa y un inesperado inquilino en la casona de alquiler donde vive. En el piso de arriba se instala un amigo de la propietaria, un tipo llamado Quirós obsesionado con el mítico director de la época del cine mudo Friedrich Wilhelm Murnau. Cuando salta a los periódicos la noticia (sucedida en la realidad) del robo en Berlín del cráneo embalsamado de Murnau, Beatriz tiene la absoluta certeza de que el sustractor es Quirós, por el que va sintiendo una progresiva fascinación que tampoco sabe cómo gestionar.

Explica Taranilla que “Bea es el fruto cansado que produce la mezcla de información y conocimiento, de ser una lectura obediente como he sido yo tantos años. Solo se salva a través del cinismo. De alguna manera el libro es una sátira del posmodernismo y la locura de la sobreinformación en la que vivimos. El ruido es el nuevo silencio”. La sobreabundancia de información paraliza a la protagonista”. También hay, según la autora, “una crítica a la mitomanía, a la incapacidad de tener ideas propias y vampirizar las ajenas”.

Al preguntarle por el impulso de escribir esta novela, tras pensarlo cinco segundos, confiesa que fue una reacción a una novela de Enrique Vila-Matas: “La novela Aire de Dylan me sentó como una patada en la cara. Adoro a Vila-Matas, pero en esa novela el retrato que hace de mi generación me parecía injusto. Así que Bea cuenta en esta novela esa generación actual de los treintaytantos de una manera alternativa”. Mientras ella da una dentellada al escritor en el pedestal, en una saludable y necesaria labor literaria de matar al padre, la pequeña Elsa toma las hojas de los asientos de las primeras filas con la palabra “reservado” para guardar sitio a las autoridades y los estruja para convertirlas en monigotes de papel. Al fin y al cabo, la autora sentenciaba, quitándole trascendencia a las disquisiciones de la literatura y al “planeta cultura” que “tan solo somos niños y niñas jugando con cosas poco importantes”. Como Elsa.