Augusto Rodríguez: de editor a novelista

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Nace una nueva editorial, "Nava Vizcaya" y lo hace presentándonos la novela del escritor y editor Augusto Rodríguez

 

 

 

texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Además de escritor, Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) es el editor de la ecuatoriana El Quirófano Ediciones. Alguna vez habíamos conversado a través de Facebook y un día que vino a Madrid, a finales de 2019, quedamos para tomar algo. Yo le regalé varios de mis libros y él me entregó algunos de los libros editados por él en Ecuador y otro de la nueva editorial madrileña Nana Vizcacha. Acordé con Augusto que cuando apareciera en el mercado su novela El fin de la familia –para lo que quedaban unas semanas– se la pediría a su editora Lucía Brenlla, para poder leerla y reseñarla.

El fin de la familia es una novela corta, de apenas 60 páginas, que leí de un tirón un viernes, sentado en la barra de un bar mientras tomaba un café. La novela está contada por un narrador innominado, al que el lector acabará identificando con el propio autor, sobre todo porque, hacia el final, Rodríguez introduce en el texto tres fotografías en las que se pueden observar los cambios de su casa familiar.

La primera parte del libro se titula Retratos familiares, y comienza con el narrador revisando álbumes de fotografías. «Escribir es tal vez la única justicia que puedo hacer por mi familia, por los que están, porque los que se fueron y por los que llegarán», leemos en la primera página. «En ese ataúd iba mi abuelo y fue el fin de mi familia», leeremos en la página 19. Buscar los motivos que han llevado al fin –o a la dispersión de la familia– será el tema narrativo principal de Rodríguez. Además de mencionar algunas muertes, también nos hablará del divorcio de sus padres.

En esta primera parte, el protagonista evoca principalmente una etapa de su vida que se corresponde con la infancia. Lo hace a través de diversas figuras cercanas: abuelo, padre y diversos tíos y tías. Estos últimos están nombrados con siglas. Si el libro es de autoficción –algo que no se especifica en la contraportada–, estas siglas nos hacen sospechar algunos problemas para narrar sobre la propia vida de los que ya he hablado en otras ocasiones. Es posible que al hablar de familiares cercanos el pudor y el miedo a ofender hagan que el escritor no sea todo lo incisivo que podría ser. De hecho, he tenido la sensación de que cuando, en vez de hablar de familiares, se recuerda alguna anécdota protagonizada por amigos de la niñez, las historias son más potentes y tienen más capacidad para impactar al lector por su singularidad; anécdotas que tienen que ver con el descubrimiento del sexo y también con los abusos en la infancia. En esta primera parte, además de las personas, se recuerda al barrio de la niñez y se analizan algunos de sus cambios.

Creo que el libro gana cuando se adentra más en el impudor, como en esas páginas que ya he señalado sobre los amigos, y pierden cuando el autor trata de generalizar. Señalo dos reflexiones en concreto que no me han gustado: «Creo que Messi no es humano, es extraterrestre» (pág. 29), comentario que no deja de ser un lugar común, y que no aporta nada a lo expuesto en el texto. Entre la página 26 y 27 se hace una reflexión sobre el cambio en la labor docente desde la infancia del narrador hasta la actualidad: «No solo el profesor no puede tocar al alumno (cosa que está muy bien) pero si el alumno saca notas bajas el malo de la película es el docente. Él no sabe enseñar, no tiene pedagogía, no tiene alma de profesor y es humillado e insultado. Ahora parece mejor pasar al alumno y no meterse en líos. El infierno de los profesores de escuela debe ser horrible». Considero que este párrafo rompe con el tono confesional del libro y no encaja en la lógica de lo narrado.

Me gusta –porque volvemos al tono confesional y a la cercanía de lo particular– cuando se habla con admiración del abuelo, que era un gran lector del Ulises de Joyce. Estas páginas me han recordado a la parte de la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard en la que evoca la influencia que tuvo sobre él su abuelo materno. El lenguaje es directo, con algún vuelo poético, como este de la página 20: «Regresó dormido a su ciudad, la que lo vio formarse como hombre, para poder mirar desde lo más profundo cómo crece una raíz en el cielo».

La segunda parte es mucho más corta que la primera y se titula El invierno de mi padre. El padre del narrador es chileno, y cuando se divorcia de su madre se vuelve a su país. Allí irá en el invierno de 1998 el protagonista para vivir con él, planes que se verán frustrados de forma dramática. La intimidad de estas páginas resulta bella. De un modo extraño, se habla aquí de un sueño en el que el narrador conoce al escritor cubano José Lezama Lima. Por inesperadas, me gustan estas páginas.

La tercera parte se titula igual que el libro, El fin de la familia. Aquí se habla de los «locos de las familias», personaje encarnado en el texto por «mi tía, la Loca» y su relación enfermiza con la abuela del narrador. «Pobre de mi abuela, tener que haber engendrado una hija víbora, una hija buitre y una hija cuervo» (pág. 62). Estas páginas se relacionan con la cita inicial del libro tomada del autor colombiano Fernando Vallejo: «La loca era más dañina que un sida». Si el autor consideraba que el fin de su familia empezaba con la muerte de su abuelo, considera que termina con la muerte de su abuela.

Como dije al principio, leí esta novela corta, El fin de la familia, de un tirón. Pese a algún altibajo, en general contiene páginas bellas y emotivas, de trasfondo poético. Aun así, me he quedado con la sensación de que Augusto Rodríguez podría haber sacado más partido a su material narrativo si hubiera decidido desarrollar más los personajes y las historias que toca. Rodríguez ha trabajado, hasta ahora, más con la poesía que con la prosa y, en sus futuras obras novelísticas, debería dejar atrás la condensación propia de la poesía y adentrarse en la frondosidad del desarrollo narrativo.