Eider Rodríguez, la belleza de la contradicción

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Un perfil de la escritora Eider Rodríguez, autora del aplaudido libro de relatos "Un corazón demasiado grande"

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: LANDER GARRO

Hendaya, pequeña ciudad de frontera, es el lugar en el que y desde el que escribe Eider Rodríguez. Hendaya es algo más que la ciudad de residencia de la escritora es algo más que el escenario de muchos de sus relatos; Hendaya es metáfora del lugar en el que se sitúa la narrativa de la autora de Un corazón demasiado grande, libro que publica ahora Literatura Random House y que reúne su último volumen de relatos del mismo título y con el que obtuvo el Premio Euskadi de Literatura, además de incorporar otros relatos anteriores. Si bien es cierto que algunos de sus libros ya habían sido traducidos al castellano -éste es el caso de Un montón de gatos, publicado en 2012 por Caballo de Troya-, para muchos lectores en esta lengua la publicación ahora de Un corazón demasiado grande supone el descubrimiento de Rodríguez, escritora que, sin embargo, para el lector en euskera no solo no necesita presentación, sino que es una de las autoras de relatos más destacadas de la literatura en este idioma.

En otro contexto, en el que el sistema literario castellano no se cerrara en sí mismo dando la espalda a las literaturas en las otras lenguas cooficiales, los lectores y, menos aún, la crítica no mostrarían su entusiasmo por el falso descubrimiento de una autora. Y es que Eider Rodríguez siempre estuvo ahí. Ensayista, traductora y narradora, publicó su primer libro de relatos en 2004, Eta handik gutxira gaur, al que le siguieron Haragia (Carne), Katu jendea (Un montón de gatos) y Bihotz handiegia (Un corazón demasiado grande). Este mismo año, ha sido doblemente galardonada con el Premio Euskadi: no solo ha sido premiado Un corazón demasiado grande, sino también, en la modalidad de literatura infantil y juvenil, Santa familia, un cómic que la escritora firma juntamente con el ilustrador Julen Ribas.

“La playa de Hendaya, de día, es un sentimiento, esta ciudad que no es nada, que no está en ningún lugar, que pertenece a gentes que no son. (…) Más que por la claridad o por el bramido de este lugar, mi pasto está compuesto por el micromundo que habita este rincón”, leemos en las primeras líneas de su relato Carne. Como su descripción de Hendaya, los relatos de Rodríguez son un micromundo habitado por gente corriente, por vidas aparentemente obsoletas, a través de las cuales la escritora descubre lo extraordinario de toda existencia. Borrando la frontera entre lo cotidiano y lo extraordinario, desdibujando los límites entre lo real y lo fantástico, Rodríguez busca mundos únicos que, en su unicidad, nos apelan directamente. Convencida de que no hay valor más sobrevalorado que la “normalidad”, la escritora indaga en ese más allá que esconde la apariencia para adentrarse en la complejidad del ser humano, contradictorio, irreducible a estereotipos.

Los nombres de los personajes, su aspecto físico, su imagen, sus gestos… son los pequeños detalles los que conceden unicidad a las mujeres y hombres que pueblan los relatos de Rodríguez; todos ellos habitan un lugar y un tiempo concreto, cada uno de ellos tiene su historia, sus recuerdos y sus silencios. Porque no hay una sola manera de ser madre como tampoco hay una sola manera de ser hija, Rodríguez nos presenta un gran abanico de mujeres, desde la adolescente que llama a su madre “gorda” hasta la actriz que vive con dolor su maternidad al ver las dificultades a las que se enfrenta tras dar a luz. Hay madres protectoras e hijas que se avergüenzan de sus padres, madres frías y madres que cuidan con esmero al padre de su hija a pesar de llevar años separados. En todos sus gestos y actitudes, hay contradicciones que no se resuelven como la de ese corazón demasiado grande que apela tanto a la extrema bondad como a una grave dolencia.

Los personajes de Rodríguez residen en la contradicción irresoluble que es la vida, viven en esa frontera entre el hacer y el no hacer, entre el bien y el mal, entre lo dicho y lo silenciado. Y esa frontera está representada materialmente por Hendaya, ciudad solitaria que se asoma a Hondarribia, que es francesa, pero también vasca. Los ecos del conflicto vasco resuenan en algunos de los relatos, son un telón de fondo que no necesita ser descrito para mostrarse. El vasco, sin embargo, no es el único conflicto que aparece en los relatos de Rodríguez: la violencia, las relaciones de poder, la precariedad, las faltas de ayuda en dependencia… Porque, como la propia escritora señala, Euskadi es mucho más que el conflicto vasco. Así, rehuyendo una vez más de los estereotipos, Rodríguez trata de captar la complejidad de una tierra a través de los personajes. La Historia aparece a través de la historia de quienes la protagonizan. Como dice Belén Gopegui, en la prosa de Eider Rodríguez hay belleza y dolor, la tensión de la contradicción irresoluble.