Marte y las últimas fronteras

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Marte se ha convertido en la nueva tierra de conquista, el nuevo solar para los pelotazos inmobiliarios de un futuro que se acerca. El visionario físico y empresa- rio Elon Musk, propietario de la empresa de cohetes SpaceX, ya está planeando la primera expedición tripulada al planeta rojo. Pero, cuando el primer ser humano ponga un pie allá arriba, la literatura ya llevará muchos años allí

 

 

 

Texto: GISELA BAÑOS

 

El espacio, la última frontera…”, así comienza una de las series más populares de ciencia ficción de todos los tiempos, Star Trek. Bien sea en lo audiovisual o en lo literario, la asociación de este género con naves espaciales, viajes interestelares y especies alienígenas se produce casi siempre de manera automática. ¿Se trata de historias fantásticas sin otra finalidad que la evasión y el entretenimiento? O, dicho de otra manera: ¿hubiéramos llegado a la Luna sin que algún visionario lo hubiera imaginado antes?

El pasado 20 de julio se celebró el quincuagésimo aniversario de la llegada del Apolo 11 a nuestro satélite. Seiscientos millones de personas lo vieron en directo a través de sus televisores, pero un número indeterminado de lectores ya había llegado allí mucho antes. Julio Verne concibió este viaje, si bien con otros matices, durante el siglo anterior en De la Tierra a la Luna (1865). Y otros antes que él. El culmen de las misiones Apolo solo demostró que una fantasía que se remontaba en realidad al siglo II d. C., cuando Luciano de Samósata escribió su obra satírica Relatos verídicos, podía hacerse realidad… e incluso ir más allá, porque, si bien la tecnología no estaba entonces lo suficientemente avanzada para quedarnos, la literatura estaba más que preparada para imaginar cómo podrían ser nuestras colonias allí.

En 1965, Robert A. Heinlein bosquejó en La Luna es una cruel amante una sociedad lunar rica y compleja desde el punto de vista tanto científico y tecnológico como político y social. Hasta tal extremo que muchos de sus planteamientos acerca de las relaciones interpersonales y los conflictos diplomáticos, continúan vigentes. Más actual en sus propuestas es la trilogía Luna, de Ian McDonald —Luna nueva (2016), Luna de lobos (2017) y Luna ascendente (2019)—, donde cinco grandes corporaciones controlan los recursos lunares. Sus intrigas familiares y políticas, y un escenario cuidado hasta el más mínimo detalle, la han convertido en una lectura imprescindible. Pero, cuando de hablar de la Luna se trata, no podemos olvidar 2001: una odisea espacial (1968), de Arthur C. Clarke. Casi como la nuestra, se trata de una aventura iniciada en nuestro pequeño satélite, pero que llega mucho más lejos, hasta el corazón de la propia inteligencia: la humana, la artificial y la extraterrestre.

La carrera espacial, que comenzó como un sprint en los años cincuenta, se transformó en una prueba de fondo a partir de los setenta. Y, aunque los seres humanos no hemos vuelto a abandonar la Tierra más que para visitar nuestra propia órbita, primero la estación MIR y después la ISS, en realidad nuestros ingenios jamás dejaron de visitar otros mundos. Entre ellos el rover Curiosity, que continúa a día de hoy recorriendo la superficie de Marte, uno de los mundos más queridos por la ciencia ficción.

El planeta rojo se popularizó en la literatura como escenario de narraciones de aventuras; es el caso de las de John Carter en la serie marciana (1912-1943) de Edgar Rice Burroughs, o de muchos de los relatos que Leigh Brackett escribió entre los años treinta y cincuenta del siglo pasado. En realidad, son pocos los autores de ciencia ficción que no han visitado sus parajes desérticos alguna vez. El inolvidable Ray Bradbury nos legó sus Crónicas marcianas (1950), una colección de relatos cortos que narra la historia de la colonización del planeta a través de cuatro expediciones, pero que nos habla, en el fondo, de la guerra, la xenofobia o nuestra propia existencia en el universo.

Por su parte, Kim Stanley Robinson desarrolló el nacimiento de toda una sociedad a lo largo de su trilogía marciana —Marte rojo (1992), Marte verde (1993) y Marte azul (1996)— desde que los primeros colonos empiezan el proceso de terraformación hasta que la humanidad se ha establecido definitiva- mente allí. Hace relativamente poco, en 2011, Andy Weir trató de mostrarnos, en cambio, una aproximación muy diferente a la clásica y con una evidente intención de verosimilitud. ¿Quién no conoce El marciano? La hazaña de un astronauta de la NASA que, tras una tormenta de arena, se queda solo y atrapado en Marte y tiene que luchar por sobrevivir en un ambiente hostil, sin apenas medios, hasta que puedan volver a recogerlo.

Marte siempre nos ha inspirado. Al principio por- que era un misterio y pensábamos que una especie inteligente había construido sobre su superficie toda una red de canales, como sugirieron los astrónomos Giovanni Schiaparelli (1835-1910) y Percival Lowell (1855-1916). Ahora porque lo conocemos mucho mejor y porque agencias espaciales como la ESA y la NASA, e iniciativas privadas como SpaceX de Elon Musk, han puesto fecha a la posibilidad de que un ser humano ponga, por fin, un pie en su superficie: 2030. ¿Y después? Nuestras sondas ya han visitado gran parte del sistema solar. Abrieron el camino los programas Pioneer (1958-1978), Venera (1961-1984), Mariner (1962-1973), Voyager (1977)… y lo continua- ron Galileo (1989-1995), Cassini-Huygens (1997- 2017), Rosetta (2004-2016) o New Horizons (2006-). Durante el siglo xx han supuesto una gran fuente de datos científicos que, además, han servido de inspiración para muchas historias.

Lucky Starr puede presumir de haber sido uno de esos héroes de ficción que ha visitado la mayoría de los planetas del Sistema Solar, además de formar parte del Consejo de Ciencias que lo rige. Isaac Asimov escribió esta serie juvenil entre 1952 y 1958 —El ranger del espacio (1952), Los piratas de los asteroides (1953), Los océanos de Venus (1954), El gran sol de Mercurio (1956), Las lunas de Júpiter (1957) y Los anillos de Saturno (1958). A modo de curiosidad, en la edición de 1970 del primer libro, el autor pide disculpas por la imprecisión de los datos de la versión anterior de 1952 debido a los nuevos datos obtenidos acerca de Marte, donde se ambienta. Kurt Vonnegut se aventuró incluso más allá en Las sirenas de Titán (1959), donde utiliza la ciencia ficción para reflexionar, principalmente, acerca del libre albedrío de la humanidad. Es, no obstante, en el presente donde encontramos uno de los mejores ejemplos; se trata de la serie The Expanse de James S. A. Corey (seudónimo de Daniel Abra- ham y Ty Frank) —El despertar del leviatán (2011), La guerra de Calibán (2012), La puerta de Abadón (2013), La quema de Cíbola (2014), Los juegos de Némesis (2015) y, de momento sin traducir: Babylon’s Ashes (2016), Persepolis Rising (2017) y Tiamat’s Wrath (2018)—, donde si bien los seres humanos han conquistado el Sistema Solar, incluyendo el cinturón de asteroides, aún no han sido capaces de dar el salto más allá de sus límites. Pero, por supuesto, otros escritores sí lo han hecho.

Resulta ingenuo pensar que en algún momento la imaginación se vaya a dar contra un muro que le impida seguir expandiéndose. Tampoco las sondas Voyager 1 y Voyager 2 se han encontrado con ninguno y se han convertido en los dos primeros objetos creados por el ser humano que han penetrado en   el espacio interestelar más allá de nuestro pequeño sistema planetario; sin embargo, han tardado alrededor de cuarenta años en conseguirlo. ¿Cómo llegar, entonces, más lejos en el tiempo que dura una vida humana? Alcanzar la estrella más próxima a nosotros, Alfa Centauri, nos llevaría 75.000 años con una tecnología similar a la actual. Pero, aunque la ciencia todavía no es capaz de llevarnos hasta los confines de nuestra galaxia, la ciencia ficción sí.

Gracias a la literatura surcamos el espacio a través de naves generacionales, como la que sirve de escenario a la novela La nave estelar (1958) de Brian Aldiss, o vamos incluso más allá y habitamos naves-mundo biológicas, como las que nos muestra Kameron Hurley en Las estrellas son legión (2017). A veces, incluso, nuestro propio planeta se convierte en nuestro vehículo interestelar, como en La Tierra errante (2000) de Cixin Liu. La hibernación es otro sistema muy utilizado para desafiar las grandes distancias cósmicas. Es el sistema que propone, por ejemplo, Adrian Tchaikovsky en Herederos del tiempo (2015).

Por otro lado, si bien autores como Alastair Reynolds se esfuerzan en que sus space operas se ciñan a las le- yes de la física lo máximo posible, como en su serie de Espacio revelación —Espacio revelación (2000), Ciudad abismo (2001), El arca de la redención (2002), El des- filadero de la absolución (2003) y El prefecto (2007)—, también hay quien las bordea o se las salta en mayor o menor medida. Es el caso de los viajes a velocidades cercanas o mayores a las de la luz que un autor como Joe Haldeman plantea en La guerra interminable (1974), donde explora los efectos relativistas de dila- tación del tiempo durante una guerra interplanetaria entre humanos y taurinos. También el de los atajos a través de agujeros de gusano o portales interdimensionales. Hay numerosos ejemplos: Pórtico (1977), de Frederik Pohl; Contacto (1985), de Carl Sagan, o la reciente El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (2014) de Becky Chambers, donde su nave protagonista, La Peregrina, es una tuneladora capaz de perforar el espacio-tiempo para viajar a través de él. La teoría de la relatividad dice que no podemos viajar a mayor velocidad que la de la luz y tampoco hemos detectado en el universo ninguno de estos portales, pero lo cierto es que estos conceptos no están tan alejados de la ciencia como se podría pensar. La métrica de Alcubierre que hace posible el motor de curvatura — el que utiliza la nave Enterprise en Star Trek— o los agujeros de gusano atravesables de Kip S. Thorne y Mike Morris son soluciones matemáticas de la teoría de la relatividad general. Materializarlas en el mundo real es, no obstante, algo más complicado.

Es mucho lo que, a lo largo de nuestra historia como civilización, hemos descubierto sobre el universo, pero sigue siendo mucho más lo que ignoramos. Aun así, nuestra curiosidad nos impide dejar de hacernos preguntas acerca de él, tratar de adivinar qué sorpresas esconde todavía para nosotros. La carrera espacial apenas se encuentra en pañales, pero estamos decididos a dejar de gatear para aprender a volar. Apolo nos acompañó en nuestra primera incursión a la Luna, y la próxima vez que vayamos será con su hermana Artemis. La NASA planea, entre 2020 y 2025, llevar a la primera mujer a nuestro satélite y establecer allí una estación permanente, la primera parada antes de dar el salto al siguiente planeta: Marte. ¿Y después? Quién sabe… pero una cosa es segura: no cejaremos en nuestro empeño, ya sea en la ciencia o en la ficción, de explorar “mundos desconocidos, (...) hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar”.