“La forja de un rebelde”

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Arturo Barea retrató en su autobiografía novelada hace casi 80 años los males que siguen minando la España actual

  

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Texto: José de María ROMERO BAREA

 

La autobiografía novelada en tres partes, La forja de un rebelde, de Arturo Barea (Badajoz, 1897-Faringdon, 1957) se convierte casi ochenta años después de su publicación en Reino Unido, entre 1941 y 1945, en un oportuno e instructivo recordatorio, no solo de nuestro pasado, sino también de nuestro presente. No omite, Barea, las despiadadas lecciones, los insuperables obstáculos de las fuerzas progresistas frente a las tentativas, improvisaciones y concesiones de la autoridad militar, paralelas a las maquinaciones de las potencias de la época: “No teníamos otra solución. Ante España no había más que dos caminos: la terrible esperanza, peor aún que desesperación, de que estallara una guerra europea y obligara a algunos de los otros países a intervenir contra la Alemania de Hitler; y la desesperada solución de sacrificarnos nosotros mismos para que otros pudieran ganar tiempo” (“La lesión”).

 

La forjaLogra Barea, exiliado republicano en Gran Bretaña, transitar la delgada línea entre el derecho de un pueblo a gobernarse a sí mismo como una nación independiente y la obligación de defenderse de poderes extranjeros. Los intentos de restringir la soberanía popular durante la Guerra Civil Española (1936-1939) arrojan preocupantes paralelismos con nuestras recientes separaciones, las continuas llamadas a la insurgencia, el resurgir del fascismo: “Estábamos cogidos todos en un mecanismo monstruoso que nos trituraba entre sus ruedas dentadas y si nos rebelábamos, toda la violencia y el odio se volvía en contra nuestra, arrastrándonos a la violencia” (“La caída”). Obsesivamente detallada, impecablemente cronometrada, la precisión del novelista recrea cada matiz. Los que se esfuerzan por defender la independencia frente al opresor harían bien en volver la mirada hacia el pragmatismo, la destreza y el ingenio de la mejor literatura.

          

 

La forja (I)

Afloran ecos entre el creador y su creación, el ritmo de la descripción interactúa con el contenido, surge en la memoria de un lenguaje que refleja acumulaciones de incidentes anecdóticos: “Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero” (“I”). La prosa cruje con irónica hilaridad, captura escenas y personalidades: “Veo hoy la escena con ojos que entonces no tenía” (“El Café Español”). El narrador asume sus creencias liberales frente a los golpes de la reacción, etno-ombliguista, invariablemente xenófoba. Los encuentros y desencuentros ofrecen un retrato sombrío de su época, y, de paso, la nuestra.

Hay, sin embargo, lugar para los principios en ese infierno. La compasión se muestra como una forma de resistencia, su idealismo golpea contra la inteligencia cínica: “[Los curas] Me enseñaron el catecismo y la historia sagrada, eso ante todo. Me enseñaron a leer y después me enseñaron que no debía leer más que lo que ellos me dejaran” (“Revisión de la infancia”). Nos muestra La forja cómo hemos llegado hasta aquí, cómo hemos ido horadando la red de seguridad, hasta cambiar la estabilidad por la precariedad, la dignidad por los bienes de consumo, el desprendimiento por el individual materialismo. Se yuxtapone al análisis técnico la miseria intemporal, el hedor al terror, la oscuridad al hambre. Se opone la descripción integral a la decorativa, la emoción verdadera a la manipuladora; el claro punto de vista a la opinión.

En La forja, la existencia asoma entre los escombros de lo inquietante, los restos de una historia en la que se vislumbran fragmentos de esperanza: “Tengo ansia de algo. ¿De qué? No lo sé. Ansia de correr, de saltar, de tirar piedras. De trepar a los árboles. De sentarme en una sombra y mirar, mirar sin pensar en nada. Mirar a lo lejos” (“Futuro”). Mora en el corazón de la niñez y la adolescencia del protagonista homónimo, junto al trauma, la colectiva dignidad de un Madrid atormentado por el sufrimiento. Frente al pasado herido, la versión mitificada de la heroica derrota. Entre puntos ciegos, cuestiones de clase, contra los impulsos gemelos de arrogancia y condescendencia.

Enfatiza la primera entrega de la trilogía la autonomía, la autodeterminación y la responsabilidad individual, inmersas en el altruismo y la obediencia a las reglas. Los perdedores son los que merecen ganar, parece decirnos el cuentista de Valor y miedo (1938), los ganadores los que merecen perder. La igualdad de oportunidades ha de ser, más que una aspiración, una realidad. Distorsionan el conflicto civil mundos arcádicos, lo transforman al envenenarlo con su impulso regresivo de venganza. Vuelve el poeta sobre sus pasos para explorar qué fue del sueño aquel de la fraternidad, lo encuentra golpeado, asediado por las fuerzas resurgentes del autoritarismo estéril, el racismo y la demagogia.

La ruta (II)

Hemos demostrado no ser inmunes a las retóricas del enfrentamiento. Hoy que los mitos difundidos por los funcionarios del desasosiego agitan una sociedad que se desmorona, sin puntos de sutura, deshecha por sus propias falsedades, las atrocidades socavan los anillos fortificados de lo desprejuiciado. Novela adentro, se suceden las repetidas oleadas de arrestos, los azotes públicos y trabajos forzados ante las multitudes impasibles, “millones de moscas cuyo zumbido se fundía en una nota única, intensa y persistente, que daba la impresión de que cada cosa estaba vibrando” (“Tetuán”). A la experiencia individual, se opone el emocional subdesarrollo. Se enfrenta el autor a los horrores perpetrados por la desidia, preserva la histórica memoria como un lugar de culto no contaminado por las torturas, consciente de que “todo es artificial y falso contra el fondo de estos campos verdes bajo este sol” (“Desastre”).

La dedicación a la recreación nunca exagera, la exactitud de ciertas escenas sucumbe a la sensación de fragilidad que culmina en precisión, mientras el elenco refleja el original desasosiego en la pantalla paralela de la página, a través de una rápida sucesión de ángulos alternos; a pesar del aparente caos, los argumentos siguen su curso. El drama se ve afectado por su sombría responsabilidad. Aborda directamente la imposibilidad de su tarea, nunca se despliega del todo. El ojo para los detalles y la sensibilidad de La ruta, segunda parte de la colección, desafía el encuadre del ellos y nos obliga a abrirlo al nosotros. Su fortaleza radica en tratar los aspectos más controvertidos de la temática secesionista africana en los años 20, los hechos de la derrota de Annual en 1921, así como “el embrión de un dictador”, “un solitario [Francisco Franco] que se queda solo en la tienda o en el cuartel, como uno de esos escribientes viejos que tienen que ir a la oficina hasta los domingos”.

No se ocultan las escenas de violencia, pobreza e impotencia; se recrean los lados opuestos de la contienda, los disparos entrelazados a los argumentos, en una escenografía consciente de sí misma. Se invoca la Historia en abstracciones, en lugar de realidades, para dar sentido a los misterios y las contradicciones. La ficción de La ruta supone una oportunidad, pero también un desafío, que combina el poder evocador (en destellos de malestar) con la autoridad ética: “La guerra, al fin, los suelda unos a otros con una solidaridad que no es humana, sino más bien la de animales en un peligro común bajo el que se agrupan en manada; y al fin esta solidaridad se convierte en amistad” (“La ruta sin fin”). El resultado abarca violencia y muerte en una narrativa de redención. Nos recuerda el enfrentamiento que nunca termina, el que se derramó en cascadas de violencia en Marruecos, durante la guerra contra los independentistas rifeños, cuyos efectos aún perduran.

La llama (III)

Dados a experimentar con las oportunidades económicas, además de plebiscitarias, seguimos adoleciendo de consenso, político o no, que mantenga las ideas extremas confinadas a los márgenes. Dentro de la narración, se empujan las injusticias políticas a la palestra, al tiempo que se nos invita a desconfiar del subtexto. Se anulan las convenciones, se utiliza la lucha contemporánea como telón de fondo para un espectáculo que emerge mientras se actualiza. Se detallan en la tercera y última novela autobiográfica de la serie, La llama, las negociaciones, las intrigas y los enfrentamientos que dominan la fiebre de los años 30, a costa de una ciudadanía devastada: “Las gentes aplaudían, no sé si al derrumbamiento de la cúpula o a la figurilla grotesca allá en lo alto. El fuego seguía rugiendo sordamente dentro de las paredes de piedra” (“La llama”). Se vislumbra, al mismo tiempo, la necesidad de una reconciliación que solo llegará después, en los años 70 y 80, con la Transición, la restauración de la democracia y su afán de olvido.

Se intenta preservar la dignidad en el ambiente de pesadilla, honrar y recordar mientras se lucha con la imposibilidad de representar. La crónica entraña advertencias de peligros futuros: “Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir su verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te quejas” (“La caída”). Libérrima la condena de los muros y las dictaduras, fiero el alegato contra el fascismo. Refleja el que fuera responsable del servicio de censura de la prensa foránea en el Ministerio de Estado sus prioridades estratégicas para administrar inquietudes: el camino frustrado hacia la paz y las desviaciones nacionalistas que durarían hasta el final del régimen dictatorial del general Franco. Alza el que sería locutor de la BBC, bajo el seudónimo de Juan de Castilla, ​su diatriba, contra los líderes sin principios que desatan tormentas de mentiras para desviar la ira pública hacia chivos expiatorios y enemigos imaginarios.

Mitos de autarquía permean ansiedades de demencia. La llama revela los deméritos de un colectivo nostálgico, históricamente ignorante, alarmantemente susceptible a las manipulaciones de sus gobernantes: “En la guerra conmigo mismo no existía liberación, ni excusa, ni cuartel (…) ¿Cómo podría haberlo, cuando la guerra que galopaba sobre mi país quedaba empequeñecida por las fuerzas que se alineaban para otra guerra, amenazando mortalmente toda libertad del espíritu?”; “No hay cuartel”). En un país inexorablemente dividido por superpotencias mutuamente hostiles, asistimos a la política controversia de ciudadanos que compiten entre sí por sobrevivir, mientras se abren camino a través de los escombros del intento por (re)ensamblar frágiles argumentos.

La oportunidad de avanzar queda emocionalmente inexplorada. Se ha pretendido reconstruir en tres libros, reeditados en tomo único por la editorial Cátedra, toda una sociedad devastada, un panorama de urbes y economías destrozadas, de cientos de personas “encerradas entre el alambre en rebaños como borregos, peor aún, sin techo sobre sus cabezas, sin abrigo contra los vientos helados de un febrero cruel” (“No hay cuartel”), miles de desarraigados por un conflicto en que ocupantes y colaboradores luchan contra los movimientos de resistencia por el control de los territorios. Barea tiene que lidiar con la ruina material, empapada de sangre, de las hambrunas, los pelotones de fusilamiento, las fosas comunes y los campos de concentración. Al acecho de sus esfuerzos de estabilización y reconstrucción, las tensiones del silencio.