“El Brexit es una farsa, una estafa, una vergüenza”: Max Porter

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 Uno de los escritores británicos más originales nos abre su casa de Londres para hablar de su nuevo libro "Lanny", una fábula escapista con Gran Bretaña de fondo

  

Boris

 

 

Texto: Milo J. KRMPOTIC

 

Tras la entrada en vigor del Brexit, Max Porter contesta a nuestras preguntas desde el pequeño despacho que tiene en su casa londinense. La pared frente a él aparece llena de postales de santos, de anunciaciones y de arte religioso en general: “Es el tema de mi próximo libro: los milagros”. Al otro lado de la ventana, un jardincito y la mirada constante e implacable de Wendy, la cebra de plástico de sus hijos, que un par de días más tarde iba a morder el polvo por culpa de la virulenta supertormenta Ciara.

El mediano de su progenie, por cierto, está al otro lado de la puerta; no ha podido ir a clase por encontrarse enfermo de varicela. Y, junto al ordenador, un botellín de tinta china y el papel de buena calidad en el que Porter se pone a dibujar cada vez que el trabajo le conduce a una fase de tedio. Cotidianeidad y misterio, pues, son las claves. Un contexto perfectamente reconocible para los lectores que se hayan asomado a El duelo es esa cosa con alas (Rata, 2016) o a la más reciente Lanny (Literatura Random House en español, Rata en catalán), dos de las novelas más especiales, originales y renovadoras de la última década (se lo dice quien, en cuanto traductor de ambas a la lengua de Cervantes, ha vertido sangre, sudor y lágrimas para desbrozar los flujos de conciencia córvida del primero y las sinfonías de voces británicas del segundo). Lanny, la que va a centrar concretamente nuestra conversación, es tanto un retrato coral de la Inglaterra contemporánea como la historia puntual del niño prodigio que le da título. Y, como nexo entre lo universal y ese personaje, el otro gran hallazgo de la obra, una criatura mítica y eterna llamada Papá Berromuerto.

Hoy es un día triste. El miedo y la mediocridad parecen haber ganado este asalto. Entendiendo que escribiste Lanny a la sombra del Brexit, ¿te resultó difícil no mostrarte demasiado duro con Gran Bretaña —o, por lo menos, con una parte de la misma— para a la vez ser capaz de celebrar su vida diaria?

El libro es más positivo que yo. Estoy furioso. El Brexit es una farsa, una estafa, una vergüenza. Pero esa furia se habría traducido en un libro rabioso, y la rabia rara vez conduce a un arte bueno o generativo. Quería que el libro pudiera leerse algunos años después de todo esto, o algunos años antes, sin perder su alma. Es por eso que creé a Papá Berromuerto, para recordarnos que siempre hemos estado así. ¡No hay que hacer fetichismo con los problemas del presente! Creo que esa es una constante entre mis dos novelas: el deseo de inundar los dilemas del presente con voces del pasado, real o imaginario.

Hablando de dar voz, primero se la diste a un cuervo, y ahora a una criatura mítica llamada Papá Berromuerto. ¿Es usted incapaz de escribir algo normal y realista, caballero?

Parece que sí. Lo he intentado, y me mató de aburrimiento. Me falta paciencia, creo, en el desarrollo del libro y en este como conjunto. Estos personajes me permiten llegar a la verdad de la cuestión de maneras que el realismo no permite. Además, tengo problemas con la monotonía cosmopolita, irónica y para iniciados del lenguaje de la ficción realista (con algunas excepciones). No despierta nada en mí.

Bromas aparte, el alcance del elemento fantástico se ha ampliado entre las dos novelas. Aquí ya no es cosa de un personaje, sino un espíritu que acaba afectando toda la narración. ¿Lo requería el libro o te sentiste más cómodo ante la posibilidad de que esa fantasía tomara el control de otros aspectos?

¡Creo que esta vez supe que estaba escribiendo una novela! Así que, de manera consciente, me fui preguntando qué pasaría si hacía eso con las voces, luego le quité las voces, y luego salté hacia la “magia”. Me pregunté conscientemente, sobre la página, qué pasaría si usaba el sonido, o el mito, o el espacio en blanco de esa manera. Con suerte siempre tengo en la cabeza las necesidades del libro, pero es una cuestión diferente a la de qué seré capaz de hacer. Debería estar adaptándome y desarrollándome como escritor en cada página del libro mientras voy respondiendo a sus necesidades. Pero lo fantástico fue un medio para obtener el fin del documento social. Lo hice solo porque quería que el lector tuviera que pensar y sentir por sí mismo, en abstracto. Escuché el libro de una manera que no creo que vaya a repetirse siempre. Lanny lo requería.

Papá Berromuerto es la encarnación mítica del suelo británico y de lo que se ha hecho con él. ¿Es ese el motivo por el que está “muerto” en nombre, pero también vivo?

Es un parásito. Se alimenta de los vivos para sobrevivir. Está muerto porque lo matamos, una y otra vez. Es un mito del Antropoceno, que se va renovando a sí mismo pese a nuestro notable esfuerzo por ignorarlo, destruirlo o envenenarlo.

¿Y por qué “Papá”? ¿Es Gran Bretaña una patria masculina antes que femenina?

En un principio era andrógino, pero me pareció que tenía sentido que el folklore del pasado lo hubiera considerado masculino. El Hombre Verde, Santa Claus, el Arenero, el Hombre del saco… Habría sido un error confundir esos prototipos simbólicos con sus equivalentes maternales. La energía maternal del libro proviene del drama humano.

LannyEs Papá Berromuerto quien nos presenta a Lanny. Entre todo lo que le puede ofrecer Gran Bretaña, escoge a un niño muy especial, pero un niño al fin y al cabo. Perdón por parafrasear La Guerra de las Galaxias, pero… ¿es posible que vea en Lanny a “Una nueva esperanza”?

Eso depende de ti, y es el motivo por el que le di al libro un final feliz. Ciertamente vemos que la esperanza es lo último que se pierde. O… oh, dios… que “La esperanza es esa cosa con alas”. Pero, desde que acabé el libro, se nos ha hecho evidente, a mí y a muchos lectores, que este trata sobre la perdición de todos los niños, ahora que su futuro en este planeta resulta tan incierto. Así que el que Lanny se salve, el que acabe teniendo una vida normal, quizá sea una fantasía escapista. Una fantasía privilegiada. En un enfermizo estado de negación, la verdad, respecto a la norma mundial. A eso es a lo que me refiero con lo de “escapista”. Un mito verde para distraernos de la crecida de las aguas o de los racistas pendencieros vestidos de traje.

Si tenemos en cuenta tanto su amor por la naturaleza como el hecho de que dice las cosas sin embudos, tal y como las ve, Lanny me recuerda un poco a Greta Thunberg…

Sí. Como con tantos otros niños, su claridad moral, su honestidad emocional y su maravillosa imaginación hacen de él una especie de proto-ecologista. Es una tragedia que después perdamos esa claridad.

Has vuelto a usar un punto de vista múltiple. Hay tres narraciones en primera persona y la de Papá Berromuerto, que al ser capaz de verlo y oírlo todo se transforma en una especie de narrador omnisciente. El caso es que da la sensación de que necesitas permitir que tus personajes se expliquen, que se justifiquen incluso. ¿Es una solución práctica o en efecto sientes que les debes la oportunidad de expresar sus ideas y emociones de esa manera tan directa?

Supongo que esos episodios taquigráficos y auto-reflexivos, en momentos de ansiedad psicológica o de trauma, me permiten describir al personaje de la manera más completa posible. Creo que es en esos momentos cuando se ve a la persona. De manera egoísta, voy directamente a los aspectos de la persona que me interesan. Supongo que es una forma de soberbia modernista, y que carezco de la capacidad o de la paciencia para construir a la persona entera para seguirla a lo largo de su vida. Hay otros escritores que ya lo hacen muy bien. Yo me quedo con la narración fragmentaria.

En El duelo… había dos referentes/influencias poéticas principales: Emily Dickinson y Ted Hughes. ¿Hubo alguna en Lanny? He leído que la cita de Federico García Lorca que abre el libro fue en realidad una idea del editor, el fallecido Claudio López Lamadrid.

Eso parece, y se lo agradezco. Me satisface que exista esa diferencia entre la española y el resto de ediciones y que quede como un homenaje a él. Además, es un poema maravilloso. Y la fusión verde que recorre esta tierra no se rige por las fronteras creadas por el hombre. Así que la edición española se aclara la garganta con un estallido lorquiano de vida. Maravilloso.

¿Y las influencias poéticas?

Esta vez he evitado los homenajes, pero no hay que fijarse demasiado para encontrar la influencia de Alice Oswald, Gary Snyder, Ronald Johnson, David Jones, Jorie Graham y de esa bestia descomunal que es Hughes.

Además, no es que su presencia sea evidente, pero sí me pareció percibir a Peter Pan volando por ahí. Y quizá algo de la (i)lógica maravillosa de Alicia. Y sin duda un cierto sentido dickensiano de la fatalidad. Y supongo que lo que estoy intentando decir es que Lanny se integra la mar de bien en esa tradición…

Peter Pan, sí. Y El viento en los sauces. Y Fungus the Bogeyman. Y The Dark is Rising. Y Alan Garner. Y el que los ingleses se estén siempre preguntando obsesivamente por sus cualidades, así que sin duda podemos añadir a Dickens y a Trollope y a Austen. Bebo ávidamente de ese pozo común.

Hablando de Peter Pan, la esperanza de la que hablaba antes no acaba de cumplirse. Parece que era la infancia la que producía esa magia, pues el adolescente Lanny no se diferencia mucho de cualquier otro joven. Y a la vez esa es la buena noticia, ya que la otra opción era la muerte. Ese epílogo, ¿fue una manera de certificar que en efecto se acaba salvando, y que no se trata de una fantasía, como el tono onírico de la parte final podría sugerir?

En el poema Lanny, que escribí hace quince años, el niño moría. Era un homenaje. Y en esta ocasión, después de mi primer libro, de verlo convertido en obra de teatro, de haber trabajado con actores y músicos, después del Brexit, después de tener hijos, después de oír la manera en que hablamos entre nosotros, sentí que tenía que darle a ese niño una trayectoria estándar. Pensamiento ilusorio del tipo más románticamente cotidiano.

¿Y fue el tono realista de ese epílogo una manera de restablecer el equilibrio tras la injerencia de lo fantástico a la hora de salvar a Lanny?

Sí, creo que sí. Era cosa de darle al lector una toalla con la que secarse después de que estuviera nadando un buen rato en las frías aguas del río.