Distopías: Nosotros ya avisamos

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¿Quién dijo que el futuro no está escrito? En los libros sí está escrito y hay todo tipo de vaticinios, posibilidades y revelaciones. Los hay malos y los hay peores.

 

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Texto: Antonio ITURBE  Fotomontaje: Asís AYERBE

 

 

La literatura ha encontrado en la palabra distopía (amparada en el bello lenguaje griego) una etiqueta donde ubicar con menos alarma para el lector acomodado el género de la narrativa postapocalíptica, que nos cuenta cómo será nuestra vida cuando suceda la catástrofe total, la madre de todas las catástrofes. Lo que parecían ocurrencias de fabuladores por desgracia empieza a pisarnos los talones en forma de datos científicamente demostrados de un calentamiento global que está provocando la sexta extinción más importante de la historia de la humanidad, o con la expansión de un virus que confina a todo un planeta. Cuando todo se hunda, algún escritor desde debajo de una pila de escombros mandará con el último aliento de la batería de su smartphone un mensaje: “Nosotros ya avisamos”.

La historia de la distopía literaria puede remontarse a los relatos de las religiones, aficionadas a crear espacios aterradores en inframundos que hacen parecer a cualquier autor de terror un guionista del Disney Channel. El infierno de la religión católica sería un espacio en el que nadie querría pasar unas vacaciones, menos si son eternas. Para darse cuenta solo hay que leer La divina comedia (que según el experto en el asunto, José María Micó, tras sus muchos años de estudio, hay que llamar como la designaba Dante, “Comedia” a secas). El infierno está hecho de círculos concéntricos pero, sobre todo, de dolor.

El agudo Jonathan Swift nos muestra cómo Lemuel Gulliver viaja a remotos países de gigantes, de enanos y de seres tan racionales que crean un mundo absurdo. Un nuevo naufragio (la mala suerte náutica le perseguía) lo lleva al país de los houyhnhnms, unos elegantes caballos que no solo hablan, sino que son cultos, reflexivos, extremadamente pacíficos y hasta componen poesía. En este país idílico también hay animales inferiores y, casualmente (o no tan casualmente, dada la ácida voluntad crítica que siempre tuvo Swift) el más estúpido, sucio, feo y maligno de todos es el ser humano, al que denominan yahoo, palabro que rebañarían los creadores de un buscador de internet algunos siglos después. Otros aprovecharían la idea para cambiar los caballos por monos, como hizo el olvidado escritor Pierre Boulle en El planeta de los simios, que dio lugar a —como mínimo— una extraordinaria película. La escena de la estatua de la Libertad semienterrada en la playa es una de las cumbres de la historia del cine.

Pocas distopías han dado tanto que hablar como el 1984 de George Orwell (publicado en 1932), donde el gobierno, ese Gran Hermano, tiene la tecnología como herramienta de control de una sociedad que ha perdido toda su intimidad y su libertad. ¿Les suena? Incluso acierta en que el idioma mundial será una versión recortada del inglés. En Un mundo feliz (1932), Aldous Huxley nos habla de un futuro donde el control genético es el epicentro del poder. No hemos llegado a eso pero camino llevamos. También de eso nos habla Margaret Atwood en El cuento de la criada (con exitosa serie en Netflix y segunda parte publicada hace unos meses). Nos relata la gran Atwood una fábula siniestra que, por desgracia, tampoco nos resulta tan disparatada: el miedo al terrorismo islámico lleva a unos políticos teócratas al poder en Estados Unidos y, con la excusa de la seguridad nacional, aumentan el autoritarismo, disminuyen las libertades, recortan los derechos sociales, suprimen la libertad de prensa y quitan derechos a las mujeres.

La literatura distópica no solo imagina la evolución física del planeta y la de la sociedad, sino también cómo pueden llegar a ser las relaciones entre las personas en situaciones límite. Ahí La carretera, la excelente novela de Cormac McCarthy, nos muestra algo que permite, en medio de un mundo dominado por la violencia, un rayo de esperanza: el amor infatigable de un padre que trata de salvar a su hijo en medio de la desolación.

Las historias de la literatura distópica les pueden parecer meras ocurrencias. Pero si a los todopoderosos dinosaurios, tan musculosos y fortachones, que dominaban a sus anchas la Tierra hace 66 millones de años durante el jurásico, les hubieran dicho que caería un meteorito de doce kilómetros de diámetro que causaría un tsunami con olas de un kilómetro y medio de altura que los barrería del planeta y acabarían reinando unos homínidos insignificantes que se dedicarían a torturar el medio ambiente atestándolo de productos tóxicos, habrían agitado la cola escamosa con escepticismo. Ojo con las distopías.