Todas las Elviras: Una apuesta “A corazón abierto”

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Elvira Lindo escribe su novela más personal “A corazón abierto” (Seix Barral)

 

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Texto: Miguel BARRERO  Foto: Asís AYERBE

Siempre que hablo o escribo sobre Elvira Lindo, me gusta enfatizar un dato que se puntualiza muchas veces sin otorgarle la debida relevancia: Elvira Lindo es la autora de Manolito Gafotas, y solo eso la haría merecedora de ocupar un puesto de honor en cada repaso que se acometa de lo que ha sido la cultura española en las últimas décadas. La importancia que los libros protagonizados por aquel chaval de Carabanchel (Alto) y sus amigos han venido cobrando desde su aparición hasta nuestros días es de tal calibre y abarca tantos aspectos —desde la iniciación en la lectura de varias generaciones de niños y jóvenes hasta la incorporación de ciertos usos lingüísticos al acervo del idioma— que analizarlos todos excedería con mucho los límites de este artículo. Hago esta apreciación porque en ocasiones se ha querido relegar a Elvira Lindo a los márgenes de la literatura juvenil, y aunque eso no sea poca cosa —en países de Europa con una visión menos acomplejada de sus letras y su cultura, una escritora como ella tendría ya varias calles a su nombre en unas cuantas ciudades—, es también una visión tan injusta como reduccionista de una carrera que ha ido más allá y lleva unos años ofreciendo sus mejores frutos.

Nunca lo he hablado abiertamente con ella, pero creo que conocí a Elvira justo en el momento en que afrontaba una de sus mayores incertidumbres como narradora: aquel en el que empezó a apostar por emplear su propio yo en vez de encubrir sus preocupaciones tras las máscaras de unos personajes que podían tener siempre algo suyo, pero que en última instancia eran entes ficticios al servicio de un propósito narrativo. Era una noche de invierno y andaba a punto de publicar Memphis-Lisboa en un sello, Lindo&Espinosa, que ella misma había creado junto al diseñador Ximo Espinosa, precisamente para gozar de cierta libertad de movimientos a la hora de abordar lo que podrían considerarse iniciativas arriesgadas. Era aquel un título raro en su trayectoria: una suerte de cuaderno de bitácora en el que iba relatando su papel como agente y testigo al mismo tiempo del proceso de documentación que su marido, Antonio Muñoz Molina, llevó a cabo antes de embarcarse en la escritura de Como la sombra que se va. Era un paso más en la evolución constante de una autora que siempre se había atrevido a practicar juegos con el yo, pero aún no había llevado esa apuesta hasta sus últimas consecuencias. Se puede decir que Elvira siempre había estado en sus libros, pero sus libros nunca habían mostrado a Elvira con una nitidez absoluta. Ni siquiera cuando en Lo que me queda por vivir comenzó a prescindir de trampantojos para situarse ella misma —aunque en este caso aún pesase lo suyo un cierto componente de ficción— bajo la luz de los focos. Hasta entonces, había puesto en pie un mundo propio y perfectamente reconocible que, Manolito al margen, tuvo su primera presentación en El otro barrio antes de ir desarrollándose en Algo más inesperado que la muerte y Una palabra tuya, con el que obtuvo en 2005 el premio Biblioteca Breve.

Por en medio, iban apareciendo otros volúmenes que daban cuenta de sus incursiones periodísticas —como los que recopilaron los artículos recogidos bajo el epígrafe Tinto de verano, recientemente recuperados por la editorial Fulgencio Pimentel— o el autobiográfico Lugares que no quiero compartir con nadie, donde aportaba su personal visión de la ciudad de Nueva York. Entre unos y otros, los lectores podían ir escudriñando las distintas Elviras que cabían dentro de Lindo. La columnista satírica y conscientemente frívola que vertía una mirada ácida sobre la sociedad que la rodeaba; la activista que desde la independencia de criterio se sumaba a cuantas causas consideraba justas o criticaba las que, pareciéndolo, no lo eran tanto; la cronista atenta que recorre las calles más pendientes de las vicisitudes de los demás que de las propias; la mujer que poco a poco vence el miedo a abordar determinados episodios de su pasado y va dejando que estos se fijen en la superficie hospitalaria del folio en blanco.

Había que recorrer un camino natural, y ella lo sabía, hasta desembocar en el único destino lógico: aquel en el que todas las Elviras se diesen la mano para conseguir que Elvira Lindo se mostrase a sí misma sin tapujos. Sucedió en Noches sin dormir —cuyo primer título, según me anticipó aquella noche en que charlamos por vez primera, iba a ser Último invierno en Manhattan—, donde mes a mes iba desgranando lo que fue su despedida de la ciudad que acogió sus pasos un semestre de cada año durante más de una década. Me cupo el honor de presentar aquel título en la librería Méndez de Madrid —una tarde de diciembre en la que todos andábamos de resaca electoral— y me anunció entonces que le estaba dando vueltas a la idea de escribir un libro sobre su padre. El empeño prometía —porque su progenitor ya asomaba en varios pasajes de Noches sin dormir y, ciertamente, ahí había una historia—, pero le faltaba encontrar el tono o la voz apropiados para acometer lo que ella afrontaba como un reto de envergadura. La solución era a la vez la más obvia y la más difícil: procurar la confluencia de todas las voces —al fin y al cabo, todas consustanciales a ella misma— en un solo discurso que sería una suerte de catarsis personal dotada de una irrenunciable coherencia narrativa. Han tenido que pasar cinco años para que aquella idea fructificara, y lo ha hecho del mejor modo posible.

Es curioso que A corazón abierto, que es en todos los aspectos una salida al exterior de ciertos asuntos confinados hasta ahora en las estancias de la intimidad, saliera a la calle en un periodo de confinamiento generalizado. No lo es en absoluto que haya acabado por ser su mejor libro, lo que es tanto como decir la constatación de que Elvira Lindo no ha dejado de crecer como escritora desde que en 1994 su nombre se dejara ver por primera vez en las mesas de novedades. Entonces era tan solo la autora de Manolito Gafotas. Ahora es muchas más Elviras que se han encontrado en el que probablemente será uno de los títulos más importantes de este año, y que a buen seguro se seguirán encontrando en lo que queda por venir. No deja de ser una buena noticia con la que iluminar estos tiempos tan oscuros.