"Rabia" en las elecciones presidenciales de EEUU

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El veterano periodista Bob Woodward, tras entrevistarse varias veces con Donald Trump, desvela en su libro Rabia cómo el presidente gestiona de manera errática y ególatra la pandemia global, las relaciones internacionales y los conflictos raciales.

Trump

 

 

Texto: José Ángel LÓPEZ JIMÉNEZ  02/11/2020

 

El veterano periodista y editor adjunto del Washington Post, Bob Woodward, publica estos días la edición en España de Rabia (Roca Editorial) en plenas elecciones presidenciales en Estados Unidos. Basado en un buen número de entrevistas realizadas a Donald Trump constituyen lo que, de manera insuperable, ha descrito el crítico del New York Times, Nick Confessore, de la siguiente manera: “Trump es el primer candidato a presidente que se ha disparado un tiro al pie a sí mismo antes de las elecciones. Es como si Nixon le hubiera enviado sus grabaciones a Woodward por mensajero”. El propio presidente dijo del libro que “estaba bien”. La duda planea sobre si lo había leído.

“Yo hago rabiar. Lo hago. Siempre lo he hecho. No sé si eso es una ventaja o un inconveniente, pero el caso es que lo hago”. Esta afirmación del entonces candidato presidencial Donald Trump, realizada en una entrevista con el autor el 31 de marzo de 2016 fue ratificada en otra posterior mucho más reciente para el presente libro, el 22 de junio de 2020. El título de la obra ya estaba justificado. El reto de Trump estribaba en hacer aflorar la rabia que muchos sectores de la población tenían acumulada y dirigirla en beneficio propio. Y parece que lo consiguió. A pesar de la deplorable imagen pública que proyecta, y que queda manifiestamente reflejada a lo largo de las páginas de Rabia.

El personaje público es conocido por todos. Sus tuits desencadenan movimientos abruptos en las bolsas internacionales. Pero lo que realmente lo retrata son sus recurrentes declaraciones delirantes, muchas de ellas recogidas en este libro. Dibujan a un presidente que provoca dudas: desconocemos si realmente piensa lo que dice, o dice lo que piensa, situación ambigua y desconcertante en el mandatario más influyente de la comunidad internacional. No es que tenga un alto concepto de sí mismo, es que tal grado de narcisismo confirma una personalidad ególatra que menosprecia a todos los que le rodean, como confirman el número de ceses y dimisiones de su entorno presidencial. Algunas perlas al respecto: “mis putos generales, que son un puñado de mariquitas”, “Tengo fama de no disculparme y es falso. Pido disculpas si me equivoco” ¿Cuándo ha sido la última vez que se disculpó? “Uy, no sé. El caso es que nunca me equivoco”; “Algunos dicen que yo cambio. Y lo hago. Me gusta la flexibilidad”. Es capaz de atribuirse decisiones ajenas, cuando la evidencia dice todo lo contrario, como por ejemplo la imposición de restricciones de viajes a China durante el pasado mes de marzo. Su principal experto en enfermedades infecciosas (Anthony Fauci) fue, entre otros, el responsable de esa decisión. Y ha comentado el grado de dispersión mental del presidente, “su capacidad de atención es mínima” y salta de un tema a otro sin control.

RabiaCon estos mimbres era previsible la forma de gestionar un desafío global como la pandemia de la Covid-19. En un año electoral aparece la auténtica personalidad de Trump, según el diagnostico de Woodward: “No consigue inspirar calma, aportar remedios; se niega a reconocer cualquier error, a escuchar a los demás, a elaborar un plan”. Ha sido el virus, pero podía haber sido cualquier otra crisis de envergadura. La amenaza de la inestabilidad ha estado presente durante todo el mandato. Por ello, todos los que han evidenciado la existencia de la misma han sido cesados. Como James Mattis, Secretario de Defensa; Dan Coats, director nacional de Inteligencia o el Secretario de Estado, Rex Tillerson. Trump tiene muy interiorizado que no hay mejor defensa que un buen ataque. Así, por ejemplo, ha sucedido con la extensión de la pandemia y sus causas. “Lo que pasó es que se les escapó de las manos (China) y decidió no contenerlo y dejar que pase al resto del mundo, porque si no, habría quedado en clara desventaja…; los chinos lo han aprovechado para crear un arma biológica que están usando para conseguir una ventaja geopolítica sobre Estados Unidos y el resto del mundo libre, y para quitarle a Estados Unidos el puesto de primera potencia del mundo”. El problema no es la reflexión; es que la realice pública y reiteradamente el presidente de Estados Unidos.

En el ámbito de la política exterior le gustan los líderes “malotes”. Así lo expresa: “Cuanto más duros y malos son, mejor me llevo con ellos. ¿Sabes?”. Erdogan, Putin, Kim Jong Un y Xi Jinping entran en esta categoría. Claro, que él se considera primus inter pares, en el caso de que los crea realmente iguales en su particular comparación.

Xi Jinping “tiene una personalidad increíble. Su fuerza, mental y física, es genial. Es muy muy listo. Muy astuto”. Quieren quitarme de encima porque”nuestro país mola más que nunca”. “Con Erdogan me llevo muy bien, aunque se supone que no debería…” Respecto a Rusia, sobrevuelan las dudas de Dan Coats-responsable de Inteligencia- “de que Putin tenía algo con Trump”. Pero es con el líder coreano con el que llega al paroxismo infantil, cuando la tensión entre ambos Estados adquirió niveles preocupantes. El acceso a la correspondencia entre ambos, proporcionada por Trump, advirtiendo a Woodward de que no quería que se burlase de Kim Jong Un porque provocaría “una puta guerra nuclear” se puede resumir en la frase del presidente: “Antes no sonreía nunca. Soy el único con el que sonríe”.

La particular visión transmitida por su yerno, Kushner lleva al periodista a concluir que “retrataba a Trump como un loco sin objetivos, terco y manipulador”, producto de alguien que desempeña una actividad indefinida en el aparato burocrático como si se tratase de una empresa. Si pasamos a las valoraciones del presidente respecto al movimiento de protestas desatado tras la muerte de George Floyd por parte de un policía, se desata la cadena de improperios: “Son pirómanos, vándalos, anarquistas, mala gente, muy mala gente, gente peligrosa, matones bien organizados”. Y, especialmente, unos ingratos con él: “No ha habido ningún otro presidente que haya hecho tanto por los negros como yo, salvo Abraham Lincoln”.

En definitiva, Woodward considera que Trump ha transformado sus impulsos personales en principios de gobierno y, tras su mandato, concluye que “no era el hombre indicado para este trabajo”. Una conclusión muy polite tras todo lo recogido en el libro.

El papel lo soporta todo, pero no sabemos qué pasaría con un segundo mandato presidencial de Trump, sabiendo que sería el último y, por lo tanto, sin el coste de una necesaria rendición de cuentas posterior ante el electorado.