La soledad del monstruo: de El Hombre elefante al Hombre lobo mexicano

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Raros y tal vez peligrosos, los acechamos para que dejen de perturbarnos. ¿Y si la aberración fuéramos nosotros?

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Texto: Antonio Iturbe  06/11/2020

En esa edad al borde de la adolescencia, cuando todavía late la infancia y no se han perdido los anclajes con el origen difuso del que vinimos ni se ha perdido la capacidad de aceptar lo asombroso, cayó en mis manos el volumen número uno de una nueva serie de cómics que se titulaba la Patrulla X. Mostraba una serie de historias individuales de unos chavales corrientes, diversas pero unidas entre sí por los extraños cambios en su cuerpo y sus capacidades.

Un joven estudiante sin aptitudes para el deporte era conminado a golpear un balón de rugby y, al chutarlo, reventaba. Un chico sentía que de los ojos le empezaban a brotar unos rayos destructivos y debía ponerse una gafas de sol para contenerlos. Un estudiante universitario guapo y de buena familia, con todo a su favor para tener una vida feliz, notaba cómo los omoplatos se le desarrollaban de manera anormal y acababan creciéndole alas con plumas en la espalda, que trataba de disimular bajo la ropa ciñéndolas con unos cinturones de cuero.

Todavía recuerdo la fascinación de la lectura esa tarde, la mezcla de emoción e inquietud ante esos sucesos que acontecían a chicos que podían ser como yo mismo en unos años (o como me gustaría ser: guapo, de clase acomodada y americano). El profesor Xavier, con su mente prodigiosa, los reúne y les hace entender que son mutantes y que van a poner sus extraordinarias capacidades al servicio del bien y la justicia. Eran súper-héroes chanantes con poderes fabulosos que a todo el mundo (al menos a cualquier niño) le encantaría tener para ser admirado por el mundo entero. Unos triunfadores.

Muchos años después, compré el mismo ejemplar de edición chapucera a precio de antigüedad egipcia, y volví a leer ese modesto volumen de la editorial Vértice con los ojos del adulto. Lo que me encontré fue una historia de muchachos corrientes asustados por unos cambios en sus cuerpos que les resultaban incomprensibles y que deseaban desesperadamente ocultar a los demás. Un grupo de héroes admirables, pero que viven en su búnquer de la Patrulla X, en su retiro de mutantes, alejados de la sociedad. Que se sepa, ninguno se casa, ni forma una familia, ni tiene un empleo normal con amigos con los que se va después del trabajo a tomarse una cerveza. Viven aislados en su diferencia. El adulto que leía aquella historia muchos años después, ya no sentía envidia de ellos sino una cierta pena y ternura. La compasión distante que sentimos hacia el monstruo.

 

Merrick, el oculto

Mary Jane Merrick llevaba una vida sin lujos digna, casada con Joseph, que trabajaba como cochero en el Leicester de los años 1860. Una noche, al bañar a su hijo Joseph, que acababa de cumplir el año, le notó unas verrugas y un mal presagio se cruzó por su cabeza. Pero ni sus peores premoniciones aventuraron lo que empezó a suceder en los meses siguientes. En el cuerpo del pequeño Joseph fueron apareciendo bultos y al poco esos bubones surgieron también en la cabeza. Las extremidades y la espalda se le fueron curvando de manera cada vez más pronunciada y la piel fue haciéndose áspera. Joseph nunca caminó bien y no podía jugar con normalidad con el resto de niños. Sus deformaciones fueron en aumento y los demás lo miraban con una mezcla de burla, curiosidad y rechazo, que hacía que la madre lo llevara de la mano al colegio y lo recogiera todos los días en una época en que los niños iban y venían solos desde muy pequeños.

Cuando Joseph tenía 11 años, su madre falleció y la fina cuerda que lo sustentaba se partió. El padre se casó con una viuda que tenía dos hijos y su madrastra lo trató como a un repugnante estorbo. Trabajó como vendedor ambulante pero nadie le compraba nada y el gremio de vendedores solicitó que se revocara su licencia porque daba mala imagen con su cabeza deforme y su cuerpo retorcido. Acabó encontrando trabajo en un circo como atracción de feria. Fue entonces cuando se le empezó a conocer como El hombre elefante.

Merrick era mirado con repulsión y su dificultad para hablar hacía que muchos creyeran que era retrasado. Pero si lo escuchaban con más atención se asombraban de su buen vocabulario, su amabilidad e incluso su cultura, obtenida leyendo novelas, su única compañía durante años. Sobre todo, le gustaban las novelas románticas, especialmente las de Jane Austen. No hay un solo testimonio que diga que alguna vez se mostró violento o siquiera rencoroso después de todos los desprecios y humillaciones que recibió.

La intervención de un jefe médico del Hospital de Londres, Frederick Treves, permitió que al menos pasara sus últimos años en una habitación privada de un ala del hospital y tuviera por primera vez en su vida algo parecido a una casa propia. Falleció en 1890, a la edad de 29 años mientras dormía. La difícil postura que debía adoptar para estirarse hizo que su pesada cabeza cayera hacia atrás y lo desnucase. Su esqueleto se conservó para la ciencia y con los moldes de yeso de su rostro y la historia médica, hacia 1970 se diagnosticó que lo que había padecido era una enfermedad rara bautizada como síndrome de Proteo, en su versión más cruel. Un siglo más tarde de su muerte, su historia sería llevada al cine por David Lynch. Hemos querido reproducir en homenaje a su lucha por la dignidad la única “autobiografía” que se conserva del Hombre elefante: un pasquín que se entregaba al curioso público junto a la entrada para ver al resignado Joseph ofreciendo como en un zoco de mutantes su muestrario de deformidades.

 

Pasen y vean

La única opción que quedó a lo largo de la historia a los deformes y diferentes era ser exhibidos como atracciones que la gente estaba dispuesta a contemplar a cambio de unas monedas durante unos instantes para maravillarse y horrorizarse, pero sobre todo para sentir el alivio de no ser ellos los que sufrieran la maldición de la carne, regresar a su casa sobre sus dos piernas y tomar de la mano a su pareja con una mano con cinco dedos. El poderoso circo Barnum convirtió en espectáculo (el freak show) a algunos de los mutantes de su tiempo. Estas fueron algunas de sus estrellas:

Frank Lentini era un siciliano que nació con tres piernas y dos pares de testículos; la comadrona que lo trajo al mundo lo escondió debajo de la cama y salió corriendo de la habitación. Al parecer, fue un embarazo de gemelos que fue mal y el hermano que no prosperó se fundió en el otro parcialmente.

Annie Jones, nacida en 1865, se convirtió en la mujer barbuda más famosa de su tiempo. Era una mujer con una voz dulce y especialmente dotada para el canto, con una espesa barba de leñador. Sus padres negociaron un buen contrato y se ganó bien la vida con su exhibición.

Isaac Sprague a los 44 años medía 1,68 y pesaba 19 kilos. Y no fuera porque no comiera; de hecho, iba siempre con una botella de leche a todas partes porque necesitaba ingerir alimento constantemente. Seguramente padecía una enfermedad rara tipificada como Síndrome MDP, un trastorno metabólico que impide que el tejido graso pueda almacenarse por debajo de la piel. Actualmente hay 9 personas diagnosticadas en todo el mundo. Sprague no podía trabajar y encontró en Barnum un modus vivendi: se exhibía como “El esqueleto viviente”. Se casó y tuvo tres hijos.

Hoy día sigue habiendo mutantes que llevan su anormalidad como pueden. Abdul Bajandar, nacido hace 31 años en Bangladesh, es conocido como Hombre árbol debido a las protuberancias que se ramifican en sus manos y pies. Tras 16 operaciones, esas verrugas con textura de corteza de árbol siguen apareciendo en sus extremidades con tozudez vegetal.

Mandy Sellars es una mujer británica nacida en 1975 con una deformación en las piernas que hizo que le crecieran de manera monstruosa. Siendo una mujer delgada, llegó a pesar 130 kilos a causa del tamaño de sus piernas. Tras mucho sufrimiento, le fueron amputadas y actualmente lleva unas prótesis de titanio.

A Jesús Fajardo la gente en México lo conoce como el Hombre lobo. Padece hipertricosis, una enfermedad que le hace tener pelo por todo el cuerpo. Trabajó un tiempo en un circo de Chihuahua. Aceptó rasurarse para un programa de televisión, pero se le irritó muchísimo la cara y nunca más ha vuelto a hacerlo. Es un hombre lobo tímido y tierno cuyo sueño es reunir dinero para montar una tiendita donde vender dulces.

 

Raros de libro

La literatura no inventa nada, solo proyecta lo que está oculto. Y desde el principio de las primeras historias contadas alrededor del fuego, la fábula nos ha ido acercando a ese monstruo con el que podemos cruzarnos en cualquier parte. En la Odisea visitamos cuevas de cíclopes con un solo ojo que comen todo tipo de carne, incluida la de los griegos de la tripulación del barco de Ulises. Monstruos hermosos son las peligrosas sirenas, que con su cola de pez, sus cuerpo esbelto y su voz melodiosa tratan de atraer a cualquier marino que no tenga la precaución de taponarse los oídos con cera derretida o atarse con muchas vueltas de cuerda al mástil del barco.

La literatura oral está llena de hombres lobo que mutan en fieras peludas las noches de luna llena y de vampiros a los que crecían los colmillos y la sed de sangre. Aunque en ese bestiario de la literatura que se asoma a lo inquietante nadie ha fijado de manera tan precisa la tragedia del monstruo como Mary Shelley en Frankstein. En este caso es un monstruo creado por el hombre, pero también es humano, aunque nadie lo crea, seguramente ni el propio monstruo. Mary Shelley nos plantea un dilema moral peliagudo: ¿la sociedad rechaza al monstruo porque es maligno o se hace maligno porque es rechazado? En toda la novela hay una sola persona que no rechaza a la criatura de Frankenstein, que es abandonada incluso por su propio creador: una persona ciega. El monstruo se empeña en acciones criminales de un gigantesco niño cruel y despechado que en vez del amor únicamente logra que sea más y más odiado.

 

¿Monstruos? No, gracias

El maestro en transformaciones y observar los precipicios a través de las grietas del muro de la cotidianidad es Kafka. La mutación es uno de esos asuntos que giraba por la cabeza sin fondo del escritor caminaba por los rincones menos transitados de Praga. Ya en Un cruzamiento, un cuento de 1917 perteneciente a la serie de los que no publicó en vida y pidió a Max Brod que ardieran tras su muerte, nos habla de una mascota singular, mitad cordero y mitad gato: “de gato tiene la cabeza y las garras, de cordero el tamaño y la forma, y de ambos los ojos, que son ardientes y tiernos”. Pero cuando Kafka nos agarra por donde más nos angustia es cuando nos muestra cómo un viajante (un comercial, diríamos ahora) idéntico a cualquiera de nuestros amigos o vecinos, se levanta una mañana para ir a trabajar y le cuesta incorporarse porque su cuerpo se ha convertido en un caparazón y sus piernas en unas patas de insecto.

La metamorfosis (o La transformación, como suelen preferir los traductores actuales) nos muestra cómo el agradable joven que es Gregor Samsa ha mutado en un insecto de tamaño humano, lo que multiplica su horror y repugnancia. Su hermana y sus padres están desolados. Al menos, al principio. Porque su disgusto inicial por el pobre Gregor, a medida que transcurren los días, se va convirtiendo en una mezcla de asco y fastidio ante ese coleóptero gigante (Kafka nunca especifica en el texto qué clase de bicho es).

Asistimos a escenas tragicómicas con la visita del apoderado de la fábrica al que Gregor persigue para asegurarle que está dispuesto a incorporarse al trabajo inmediatamente mientras su jefe huye escaleras abajo. Vemos cómo se instala en la casa cierta normalidad, con Gregor recluido en su cuarto y su hermana como encargada de llevarle la comida, aunque él ha de meterse debajo de la cama para no asustarla. Se suceden episodios de la cotidianidad. La madre se empeña en retirar unos muebles de la habitación, pero al ver cara a cara a monstruo le da un medio síncope y el padre, al llegar a casa, creyendo que ha atacado a la madre lo lapida a manzanazos y le prohíben salir de la habitación. Los padres y la hermana, para substituir el sueldo de Gregor (del que vivían todos) alquilan habitaciones, pero una noche, atraído por la música del violín, la única cosa buena que le sucede en muchas semanas, sale de su reclusión y baja al salón, con el consiguiente escándalo de los huéspedes, dispuestos a marcharse de una casa así. Es ahí cuando la hermana afirma: “hemos hecho todo lo humanamente posible por cuidarlo y aceptarlo, creo que nadie puede reprocharlos lo más mínimo” y verbaliza lo que los tres piensan “tenemos que intentar deshacernos de esto”.

 

Enciclopedia imaginaria

En una de las charlas de su ciclo de conferencias Siete Noches, Jorge Luis Borges explica uno de sus sueños más extraños y aterradores. Camina por las calles de Buenos Aires y al llegar a una esquina se encuentra con un conocido que hacía tiempo que no veía. Tiene las manos en los bolsillos de la gabardina y un aspecto enfermizo. Se saludan afectuosamente y él (Borges) le pregunta cómo anda y el otro le dice que no muy bien y saca una mano del bolsillo para tocarlo, pero no es una mano sino la garra de un pájaro. Borges confesó que, aunque así contado pareciera poca cosa, se despertó más angustiado que nunca por esa visión. No era la visión de un demonio asesino, no era un espectro con la tripa llena de gusanos… pero le horrorizó como nunca nada antes. Seguramente porque era la simple transformación de la normalidad: la mano de hombre convertida en garra de pájaro.

Dejó plasmada su fascinación por esas líneas que cruzan la normalidad y lo alteran todo en El libro de los seres imaginarios. Con esa mezcla irrepetible de erudición e imaginación de Borges, desgrana una enciclopedia de bolsillo donde en pocos trazos describe un bestiario que abarca desde los animales esféricos de Orígenes que entrarían rodando en la eternidad a los laboriosos brownies de la tradición escocesa adorados por Stevenson. Del arrollador gólem del Talmud a la escurridiza salamandra de Plinio. Convivimos en sus páginas con centauros, sirenas, minotauros y demás seres fabulosos que no dejan de ser mutantes de la imaginación.

 

 

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YO, EL HOMBRE ELEFANTE

Esta es una transcripción traducida por Librújula del folleto de tres páginas que se ha conservado y que acompañó la exhibición de Joseph Merrick organizada por el empresario circense Tom Norman en el local de una verdulería. Aunque es probable que Norman se ocupase de no quedar mal parado en el texto, nos acerca al susurro del frágil muchacho oprimido por el cuerpo del monstruo.

“Vi la luz por primera vez el 5 de agosto de 1860. Nací en la calle Lee esquina con Wharf de Leicester. La deformidad que ahora exhibo fue causada porque mi madre fue aterrorizada por un elefante. Mi madre iba caminando por la calle cuando un desfile de animales pasó por allí y había una gran aglomeración de gente para verlos. Desgraciadamente, ella fue empujada bajo los pies de un elefante, y eso le causó una fuerte impresión. Esto ocurrió cuando ella estaba embarazada y fue la causa de mi deformidad. La medida de mi cabeza es de 36 pulgadas, hay una gran masa de carne del tamaño de un tazón del desayuno., la otra parte, por decirlo de alguna manera, está llena de valles y montañas, todas hinchadas, mientras que la cara es una visión que uno no podría describir. La mano derecha es casi del tamaño y la forma de la pezuña de un elefante, con un tamaño de 12 pulgadas de diámetro en la muñeca y cinco pulgadas en uno solo de los dedos. La otra mano y brazo no es mayor que la de una niña de diez años, aunque está bien proporcionada. Mis pies y piernas están cubiertos con una gruesa piel llena de estrías, también mi cuerpo, como las de un elefante y casi del mismo color, de hecho, nadie podría creerlo hasta que lo han visto, que una cosa así pudiera existir. No fue percibido apenas al nacer, pero se empezó a desarrollar a la edad de cinco años.

Fui a la escuela como los otros chicos hasta los 11 o 12 años, cuando ocurrió la mayor desgracia de mi vida, a saber, la muerte mi madre, que en paz descanse. Ella fue una buena madre para mí, después de que ella murió, mi padre desmontó la casa y fuimos a vivir de inquilinos. Desafortunadamente para mí, se casó con la casera. De ahí en adelante nunca tuve un momento confortable, teniendo ella hijos propios y no siendo tan guapo como ellos, junto con mi deformidad, ella convirtió mi vida en una perfecta miseria. Cojo y deforme como era. Yo salí corriendo, o más bien caminando, de casa dos o tres veces, pero supongo que a mi padre le quedaba una chispa de sentimientos paternales porque me inducía a volver otra vez a casa. El mejor amigo que yo tuve esos años fue el hermano de mi padre, el señor Merrick, peluquero en Church Gate, Leicester.

Cuando tenía alrededor de 13 años, nada podía satisfacer a mi madrastra hasta que yo encontrara un trabajo. Obtuve un empleo en fábrica de cigarrillos Messrs. Freeman y trabajé allí alrededor de dos años, pero mi mano derecha se hizo demasiado pesada para fabricar cigarrillos, así que lo tuve que dejar.

Fui enviado por la ciudad para ver si podía encontrar trabajo, pero siendo cojo y deforme nadie me iba a emplear. Cuando volvía a casa a la hora de las comidas, mi madrastra solía decir que yo no había estado buscando con ganas trabajo. Era sometido a burlas y desprecio, así que no regresaba a casa a la hora de las comidas, y solía estar por las calles con la barriga hambrienta antes que volver para comer algo. Algunas medio-comidas que tomaba me las reprochaba: “Eso es más de los que tú has ganado”. Siendo incapaz de encontrar empleo mi padre me consiguió una licencia de vendedor ambulante para recorrer la ciudad, pero siendo deforme, la gente no venía a comprar mis mercancías. A consecuencia de mi suerte enferma mi vida se tornó otra vez miserable, así que volví a escaparme y me puse a vender por mi cuenta, pero mi deformidad había crecido al extremo que no me podía mover por la ciudad sin tener un montón de gente dando vueltas alrededor mío. Entonces fui a parar a la enfermería de Leicester, donde permanecí por dos o tres años, en la época que tuve que padecer una operación en mi cara, siendo cortadas tres o cuatro onzas de carne, así que pensé que podría ganarme la vida siendo exhibido por todo el país. Escribí a Mr. Sam Torr -Gladstone Vaults, Wharf Street, Leicester, él vino a verme y enseguida llegamos a un acuerdo.

Al hacer mi primera aparición ante el público, que me han tratado bien, de hecho puedo decir que ahora estoy tan cómodo, como incómodo estaba antes. Ahora debo decir adiós a mis amables lectores ".