Octavio Paz: el lenguaje termina en silencio

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Juan Malpartida publica “Octavio Paz: un camino de convergencias”

 Octavio Paz 1984

 

  

Texto: José de María ROMERO BAREA 17/11/2020

La dictadura de lo políticamente correcto nos ha malacostumbrado a eludir la transparencia en beneficio de una realidad en nuestros propios términos: “El arte nos muestra que el sentido, siendo histórico, no se agota en la historia, y por lo tanto el tiempo que nos muestra no es el lineal”. En guerras verbales, complacientes defensas del status quo impelen a normalizar lo anormal. Se atrofia el diálogo social y el debate cesa, la experiencia reflexiva se bloquea y la desigualdad se extiende, como una epidemia. De ahí la importancia de una intelectualidad comprometida con la empresa de no repetir los horrores del siglo XX (ni las calamidades del XXI). Por ello, la frecuentación de la obra del poeta, ensayista, dramaturgo y diplomático Octavio Paz (Ciudad de México, 1914 – 1998), nos advierte el también poeta, novelista y crítico literario español Juan Malpartida (Marbella, 1956), nos sigue infiriendo de un propósito común y un sentido ético compartido, “las palabras son puentes”, escribió [Paz] pensando en la poesía (…) “puente entre el espectador y esa presencia a la que el arte alude siempre sin jamás nombrarla del todo””, que se enfrenta radicalmente al faccionalismo que aviva divisiones raciales, étnicas y religiosas.

Si la supranacionalidad del raciocinio significa la pérdida de control sobre la propia estulticia, reafirmarnos en el poder del lenguaje permite, en un mundo globalizado, que la multiculturalidad se mantenga indemne, “una memoria aliada desde la interioridad a lo experimentado”, una concepción general del bien común que el ensayista de El laberinto de la soledad (1950) opone a la capacidad narcisista de algunos líderes: “[Paz] siempre quiso estar aquí, en un ahora donde buscó “la perfección de lo finito””. Contra las profundidades de la ignorancia, las duraderas implicaciones del Premio Cervantes 1981, su facilidad para socavar controles, sus asaltos a la desinformación básica de una cultura donde lo personal se hace automáticamente público, menos una anomalía que una apoteosis extrema de falsas actitudes entrelazadas.

Octavio.PortadaEn su más reciente exégesis Octavio Paz: un camino de convergencias (Fórcola, 2020), Juan Malpartida, director de la revista literaria Cuadernos Hispanoamericanos, rescata las incesantes intervenciones del creador de Libertad bajo palabra (1949) en el debate intelectual de su época y la nuestra, “crítico de los brotes de irracionalismo de su tiempo, especialmente (…) de los producidos por los delirios de la razón (comunismo, tecnologismo, cientifismo, historicismo)”, defiende su coherencia (la límpida sintaxis de sus prolijos razonamientos), enfrentada al impacto que la inmediatez ejerce en cómo procesamos y compartimos la información. Contra la fusión de noticias y entretenimiento, frente a la polarización tóxica o el creciente desprecio populista por la experiencia, rechaza cualquier forma de exclusión, insensibilidad o incomunicación, en favor del “presente – deshabilitado anteriormente por las ideologías y la instrumentación de la naturaleza y los individuos, o bien de manera creativa por el rigor crítico – resuelto en presencia: imagen”.

Propenso a despojar el texto de tecnicismos, la red de conexiones que traza el crítico de Los hijos del limo (1974) evita que caigamos en la barbarie. Contra el caos digital, la analógica verdad del erudito mexicano, su “mexicanidad supone una dialéctica de ruptura y negación, y conciencia de dicha tensión para superar la soledad histórica y personal”, traducida a entrevistas, discursos y versos, exclamaciones, digresiones y no sequiturs, calificaciones, exhortaciones e insinuaciones opuestas a los esfuerzos de la feroz actualidad por intimidarnos. El nacionalismo, el tribalismo, la dislocación y el miedo no logran permear la defensa de la globalización sentimental que el traductor de Versiones y diversiones (1974) defiende, contra los silos partidistas y las huecas burbujas de significado: “Estamos al fin solos. Como todos los hombres”, afirma el poeta al final de su recorrido; pero añade: “en esa intemperie podremos encontrar las manos de otros solitarios, y así trascendernos”.

Donde tantas luminarias pierden el sentido de realidad compartida y la capacidad de comunicarse a pesar del férreo sectarismo, el Premio Internacional Menéndez Pelayo de 1987 redunda en el argumento postmoderno de que todas las certezas son parciales (en función de la perspectiva de cada cual), “un lenguaje cuyos significados se alían a la presencia (…) nunca del todo aquello que designa, porque es siempre una búsqueda de sentido”, que nos conduce al argumento relacionado de que hay múltiples formas legítimas de representar, y todas confluyen en “el poema (…) una experiencia verbal que, al disiparse en la lectura, nos revela la esencial alteridad (…) es puerta, ventana, contemplación y un camino que recorremos en un tiempo que no es el de la Historia”, una voz, en definitiva, donde, al alentar discursos igualitarios, escuchamos acentos hasta entonces marginados.

“Sabemos que somos fatalmente de un país o de una lengua”, argumenta el vate centroamericano en el diálogo final que entabla con el crítico andaluz, “son fatalidades que uno tiene que realizar y trascender”. Frente al falible sistema que nos encapsula, formado por individuos aislados, desinformados en línea, abiertos a la ira racial del extremismo, susceptibles a la demagogia y la manipulación, Paz y Malpartida valoran los hechos, privilegian la emoción frente a la razón, la verdad frente a la corrosión lingüística, conscientes de que “el lenguaje termina en silencio”. Llena de anécdotas de la vida cotidiana de uno de los más influyentes escritores de nuestra lengua, el testimonio personal de Malpartida reivindica el concepto de objetividad, hoy en desuso, la evidencia empírica en manos de la investigación tradicional. Sin sesgar o ratificar análisis previos, filosofa, junto al Premio Nobel de Literatura 1990, sobre los escombros de las guerras culturales que nos asolan, de lleno en la tarea autoimpuesta de interrumpir la conspiración de silencio sobre las violaciones de la certeza, conocedor de que el cinismo, el cansancio y el miedo nos hacen susceptibles a las falsas promesas.