El poderoso impacto de la ciencia

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El nuevo libro de Benjamin Labatut, “Un verdor Terrible”, relata cuatro historias donde varios científicos del siglo XX intentan entender el mundo y las consecuencias que eso ha tenido para ellos y para el planeta.

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Texto: Guillermo ESTEBAN  03/12/2020

En el corto documental de 1977 Powers of 10 de Ray y Charles Eames se muestra la escala relativa del universo, partiendo de una escena reconocible, una pareja de picnic en un parque, para luego irnos alejando exponencialmente en bases de 10 hasta acabar más allá de la Vía Láctea, en un páramo astral que nos es totalmente ajeno. Después realizamos el recorrido inverso y nos vamos acercando hasta regresar al picnic, a lo conocido. Pero no nos detenemos ahí sino que seguimos avanzando y nos adentramos en la mano del hombre tumbado en la hierba - al mismo ritmo que antes nos alejábamos- y el espectáculo que nos encontramos es idénticamente desconocido, incluso guarda cierto parecido estético. El mundo percibido donde se mueve el ser humano no es más que un breve ángulo de un arco inmenso, infinito. La ciencia explora la oscuridad adyacente a este intervalo, pero lo hace inevitablemente adoptando un lenguaje abstracto y distinto -matemático- del que emplea en el pequeño espacio donde dominan los sentidos. Es ahí, en ese límite, «cuando dejamos de entender el mundo».

El nuevo libro de Benjamin Labatut, Un verdor Terrible (Anagrama), relata cuatro historias donde varios científicos del siglo XX se asomaron a ese límite y las consecuencias que eso ha tenido para ellos y para el mundo. Desde el inicio de la guerra química, al hallazgo de agujeros negros, la constatación de la terrible potencialidad de las matemáticas o lo que supuso la Revolución Atómica.

Lo he llamado libro y no ensayo o novela porque es un texto híbrido, que como revela el autor al final, va creciendo en ficción conforme se desarrolla la lectura pero que no pierde honestidad en cuanto a las teorías científicas expuestas. No es una denuncia de la irreflexión de la ciencia o los científicos, que ebrios de curiosidad nos conducen «como sonámbulos hacia el Apocalipsis», en la línea de Hannah Arendt en La condición humana o en La conquista del espacio y la estatura del hombre por ejemplo; es más bien un Momentos estelares de la Humanidad de Stefan Zweig vertebrado de un mismo hilo conductor: el afán de conocimiento del ser humano cuyos descubrimientos combinan esfuerzo con epifanía en un avance que ha encontrado con sorpresa, en lo más profundo de la realidad física, no causalidad y orden sino azar y poesía, además de una mortífera o genial dualidad.

Verdor portadaNo es un libro técnico ni de divulgación científica, es un artefacto literario inclasificable y apasionante de historia científica novelada donde la ficción rellena los huecos alrededor de unos sucesos reales sobradamente merecedores de un relato que los una.

En la primera de las cuatro partes y quizás la más espectacular, titulada Azul de Prusia y en donde sólo existe un único párrafo ficcionado, Labatut rastrea el origen de este color, el primer pigmento sintético moderno y lo conecta con su presencia en las paredes de las cámaras de gas utilizadas por los nazis debido al cianuro común de su composición. Fritz Harber, reconocido químico alemán de ascendencia judía y padre de la guerra química encarna la dualidad de la ciencia en este capítulo. Es responsable tanto de desarrollar un proceso que sintetizaba el nitrógeno de la atmósfera y que supuso la fabricación de fertilizantes modernos que salvaron del hambre a Europa y produjeron una explosión demográfica, como de la formulación de gases letales que ahogaron a millones de soldados en las trincheras y a judíos, incluyendo a su propia familia, en las cámaras de exterminio. El mismo hombre que «extrajo pan del aire» hizo posible un método industrial para asesinar seres humanos. En una carta a su esposa, la también notable química Clara Immerwahr, Harber confiesa una culpa insoportable, no por su participación en el capítulo más oscuro de la Historia sino porque sus fertilizantes habían arrebatado el futuro a la humanidad y se lo habían entregado a las plantas, quienes ante una disminución de la población mundial a un nivel premoderno y en apenas dos décadas, debido al exceso de nutrientes, cubrirían la faz de la tierra «ahogando todas las formas de vida bajo un verdor terrible».

En el siguiente capítulo leemos cómo la ciencia ha pasado de ser el asidero del ser humano para entender el mundo a una luz que nos muestra el inicio de un cierto desorden. Karl Schwarzschild escribe a Einstein desde las trincheras llegando a su misma conclusión sobre la teoría de la relatividad e intuye la presencia de zonas singulares del espacio que desafían las leyes físicas vigentes, lo que serán bautizados como agujeros negros. Schwarzschild cristaliza su temor a la ausencia de un orden en el universo que hasta ahora era lo prometido por la ciencia cuando exclama: «¿Existe acaso alguna cosa que esté en descanso, alrededor de la cual el resto del universo está construido, o acaso no hay donde aferrarse en esta cadena sin fin de movimientos, en la cual todo parece estar atrapado? ¡Dense cuenta de hasta qué punto hemos caído en la inseguridad, si la imaginación humana no puede encontrar un solo lugar donde dejar caer el ancla y ninguna piedra del mundo tiene el derecho de considerarse inmóvil!». Recuerda a aquella frase de Kafka: «(el ser humano) descubrió el punto de Arquímedes, pero lo usó contra sí mismo; es como si se le hubiera permitido encontrarlo sólo con esa condición». Toda conquista científica aleja de nuevo el punto sobre el que apoyarse para volver a avanzar. Esta marcha insaciable aplicada al espacio nos precipita sin descanso hacia mayores singularidades o en última instancia, si eso es posible, hacia «el vacío absoluto situado detrás del universo».

El tercer capítulo combina las extravagantes vidas de los matemáticos Shinichi Mochizuki y Alexander Grothendieck, alumno y mentor simbólico respectivamente. El primero es un reputado y solitario japonés que colgó en su blog la solución de una de las conjeturas más importantes en la teoría de números, a+b=c negándose a explicarla pero que no ha sido rebatida debido principalmente a su incomprensión. El segundo, Alexander Grothendieck fue un apátrida que abandonó toda comodidad y contacto y acabó perdiendo la cordura tras renegar de las matemáticas después de ejercer sobre ellas la mayor influencia durante el siglo XX. Le dio la espalda a los números cuando, en su momento de mayor creatividad y producción, descubre que el Instituto de Estudios Científicos Avanzados donde trabajaba recibía fondos del Ministerio de Defensa e incita a un centenar de alumnos a hacer lo mismo, advirtiéndoles que «los átomos que despedazaron Hiroshima y Nagasaki no fueron separados por los dedos grasientos de un general, sino por un grupo de físicos armados con un puñado de ecuaciones».

La financiación que hace posible la investigación a veces proviene de un capital que responde a intereses particulares, en ocasiones cuestionables. Grothendieck, como quizás Mochizuki, se opone a ser un mero engranaje del sistema, eludiendo la responsabilidad, y se posiciona. Sabe que su silencio no supone aquiescencia sino apoyo al proyecto. Por supuesto las maneras del sistema no quedan libres de crítica, pero siempre serán circunstanciales. Al final es siempre el individuo quien decide. Pero este libro, como ya he dicho antes, no explora la responsabilidad política del científico cuyo conocimiento de la materia le convierte en un privilegiado sino la fascinación por las ideas capaces de abrir una grieta en el statu quo del mundo. El concepto de motivo acuñado por Grothendieck sigue siendo estudiado y progresa muy lentamente en la actualidad; en sus palabras es «el corazón del corazón» de las matemáticas, un espacio profundo del que apenas nos llegan unos pocos destellos y donde teorías sin aparente relación encuentran una fuente común. «Grothendieck no podía dejar de cuestionar su efecto sobre el mundo. ¿Qué nuevos horrores nacerían de una comprensión total como la que él buscaba? ¿Qué haría el (ser humano) si fuera capaz de tocar el corazón del corazón?».

Aquí comienza la última parte del libro que abarca prácticamente la mitad del texto y que abre con el título: «cuando dejamos de entender el mundo», refiriéndose al abandono de la física clásica, de las imágenes conocidas, de la tecnología instintiva y del lenguaje común al adentrarnos en la mecánica cuántica, al profundizar en la carne del mundo.

Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger desarrollan casi simultáneamente dos teorías contrarias sobre la mecánica cuántica. Ambos las fraguan en soledad, impelidos de una inspiración frenética y casi divina, uno en una isla desértica y el otro en un sanatorio alpino para tuberculosos. Heisenberg llega a Heligoland con el rostro deformado por una reacción alérgica al polen, y en un ataque febril tras andar perdido en la niebla rodeado por el trote de caballos que no alcanza a situar, plasma en su cuaderno su teoría cuántica consistente en una serie de monstruosas matrices, una teoría que no recurría a ninguna imagen ni usaba los métodos de la física clásica. Por el contrario, Schrödinger creía que «la mecánica cuántica podía ser domada con un esquema clásico» y presa de un enamoramiento juvenil con la hija del dueño del hospital que se presenta como una prolongación de la naturaleza, ya que su salud afecta a todos los pacientes, y armado con perlas en los oídos para concentrarse por completo, formula su teoría de mecánica de ondas en una ecuación perfecta, bella y precisa.

Heisenberg, derrotado ante la acogida unánime de la teoría Schrödinger por parte de la comunidad científica, trata de conciliar ambas aproximaciones y una noche, tras ser drogado en un bar por un individuo -el más enigmático de todo el libro- que acusa a los científicos de haber cambiado el mundo más allá de su posible comprensión y que le obliga a beber una cerveza mezclada con un líquido verde terrible, Heisenberg tiene una revelación, lo que después llamó y sigue vigente, el principio de incertidumbre.

Esta teoría viene a decir que las partículas subatómicas habitan un mundo de potencialidades, son posibilidades, se crean al medirlas. «Un objeto cuántico no tiene propiedades intrínsecas. Un electrón no está en ningún lugar fijo hasta que se lo mide; solo en este instante aparece. Antes de la medición, no tiene ningún atributo; antes de la observación, ni siquiera se puede pensar en él. Existe de una manera determinada cuando es detectado por un instrumento determinado». La ruptura con las concepciones anteriores era total. La realidad dejaba de existir de manera objetiva, el acto de observación influía en el comportamiento de sus unidades fundamentales. «La física ya no debía preocuparse de la realidad, sino de lo que podemos decir sobre la realidad». Einstein se negó a aceptar que en la ciencia existiera un comportamiento azaroso y se inclinó por la existencia de una aún desconocida, más profunda y completa, nueva generalización superior, sentimiento condensado en la célebre frase que casi le espetó a Niels Bohr, maestro y apoyo de Heisenberg en este asunto: «Dios no juega a los dados con el universo».

En el epílogo parece que toma la voz el propio autor y nos narra su nueva vida en un pequeño pueblo en las montañas de Chile; allí se dan cita la vida y la destrucción, humana y natural, un bosque arrasado por el fuego es replantado por pinos que alteran el ecosistema, cada verano aparecen perros envenenados por cianuro, un árbol milenario sobrevive en pie a parásitos animales y vegetales, y en su jardín cultiva unos árboles jibarizados debido a la composición malsana del suelo donde las raíces quedan atrapadas entre escombros y desperdicios. Tiene un vecino jardinero que antes fue matemático pero que a mitad de su vida abnegó de ellas ante la súbita constatación de que son ellas las responsables de que el mundo haya cambiado tan radical y velozmente; de que la incomprensible mecánica cuántica sea la que está detrás de los objetos que gobiernan nuestra vida cotidiana y que la han tornado irreconocible. Ahora traduce su nostalgia en la jardinería y le explica a Labatut narrador cómo mueren los limoneros ya que tiene uno plantado. Estos cítricos en su última primavera son presas de un ataque de fertilidad monstruosa y dan una cosecha exuberante de limones, quebrándose sus ramas bajo su peso y muriendo finalmente por sobreabundancia. La única manera de saber cuánto le queda de vida sería talarlo para contar sus anillos. Frente a esta curiosidad casi indecente, impaciente e irreflexiva pero totalmente científica, el jardinero exclama «pero ¿quién querría hacer una cosa así?».

Este no es un libro con moraleja, ni una hagiografía o diatriba de alguna figura científica. Todo conocimiento encierra luz por supuesto y también sombra, representado en las alucinaciones que sufren Heisenberg y Schrödinger durante sus investigaciones, en forma de cadáveres negros con insectos y «cuerpos esculpidos con hollín y cenizas», anticipando los estragos de la bomba atómica, posible, junto con otros muchos inventos, gracias al desarrollo de sus teorías. No es una crítica a la ciencia pero sí una constatación de su poderoso impacto, el cual trastoca nuestra relación con el mundo. Talar el limonero nos dirá cuánto hubiera vivido, contaremos sus anillos mientras su tronco yace muerto a nuestro lado. Arrojaremos luz y obtendremos, entre otras cosas, sombra. Como reza el epígrafe: «our only wisdom is tragic, known too late, and only to the lost». Recomiendo encarecidamente su lectura.