Sant Jordi antes de Sant Jordi

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Fotos GARÓFANO / RBA

Igual que El Corte Inglés decide cuándo arranca la primavera, RBA pone fecha al Día del Libro: el 9 de abril. Dos semanas justas antes de la cita oficial, la editorial organizó una fiesta pre-Sant Jordi en su sede barcelonesa, cuya fastuosa terraza con vistas a la blaugrana Torre Agbar es lo más cercano que tenemos por aquí de cara a generarnos la ilusión de hallarnos en un loft con vistas al skyline de Manhattan. RBA, por cierto, le ha cogido el gusto a la pole position: su Premio Internacional de Novela Negra, cuya fiesta de entrega se celebra por lo general en cuanto septiembre asoma la cabeza, marca también el arranque oficial de la temporada literaria y es habitual ver a sus cientos de invitados con el bronceado aún vivo y las pilas muy cargadas.

Agradecidamente, el pregón del evento no recayó en políticos ni mandamases de la casa ni en autores del sello, sino en una figura mucho más relevante: un librero. Pero no cualquier librero, sino monsieurXavier Moni, vicepresidente del Syndicat de la Librairie Française y dueño de la librería Comme un Romain de París. Su mensaje, no por repetido, resultó menos necesitado de ser recordado: cabe mejorar la atención al lector, desde una rápida distribución de los ejemplares a una atención personalizada en el punto de venta. El lector, como el cliente, siempre tiene la razón. Moni habló incluso de establecer estrategias paneuropeas. Sería bonito pensar que, por contagio, las letras podrían traer alianzas y concordias a esa Bruselas diezmada por los números. Tras el parlamento, corrieron el alcohol fino y los canapés elaborados en ese ambiente a media luz característico del auditorio, muy poblado por la fauna habitual de editores, agentes, jefas de prensa, libreros, periodistas y gorriones varios (entre los que se contaba obviamente este cronista cobardemente anónimo), mas no muchos escritores, algo que ya viene siendo habitual en este tipo de eventos. A partir de las once y poco de la noche, sonó música de la que galvaniza los pies y la iluminación tomó tintes de discoteca de zona alta. Quedaban trece días por delante para Sant Jordi, pero nadie quería esperar tanto para destapar esas ganas de parranda que contrarrestaran las penas de un sector alicaído por la bajada de las ventas, de los anticipos, de las traducciones… Si un vigilante nocturno estaba haciendo esa noche la ronda por una planta elevada de la Torre Agbar y dirigió la vista al edificio vecino, seguro que nos tomó por jubilosos miembros del gremio de la peletería, del partido Ciutadans o una escisión urbana del Salou Fest.