Sangre, sudor y mina…

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texto ANTONIO ITURBE ilustración ALFONSO ZAPICO

Hay que encontrar una nueva definición del socorrido “dibujante de cómics” o ilustrador. Para muchos artistas gráficos, como Alfonso Zapico, se queda estrecha. Son contadores de historias en continente y contenido, escritores en doble lenguaje.

Un minucioso trabajo de tres años cristaliza en La balada del Norte (Astiberri), que nos lleva a un episodio crucial en el devenir de la historia española del siglo XX: la revuelta minera de Asturias de 1934. En una República española con un clima enrarecido y demasiados privilegios para demasiado pocos, estalló una huelga general revolucionaria que donde tuvo un seguimiento más explosivo fue en Asturias. También es una historia de personajes y de sentimientos encontrados, especialmente la de Tristán e Isolina: un señorito concienciado sin nada por lo que vivir y una sirvienta inteligente y combativa. Se encuentran en el ojo del huracán.

Zapico es un asturiano que ha emigrado con sus dibujos y sus historias a Angouleme (Francia), donde tratan a los artistas gráficos mucho mejor que aquí. Nada que nos sorprenda, desgraciadamente. Pero desde el otro lado de la frontera sigue muy ligado a este lado de las cosas. Nos cuenta que actualmente en Asturias, sobre todo en las ciudades, hay un recuerdo algo vago de ese momento del año 1934: “Ha pervivido el cliché de la cuenca minera, borracha y dinamitera, pero no se llega al fondo de la cuestión de por qué agarran los cartuchos y salen a la calle”. En este libro, la primera de las dos partes de que va a constar la historia completa, nos enseña con sus imágenes hipnóticas el contraste de Madrid con la Asturias minera, donde la gente trabajadora está negra y no solo por el carbón: salarios de miseria, trabajo infantil, condiciones de trabajo peligrosas, coberturas sociales penosas… Uno de sus personajes, un encargado rudo pero justo, termina subiéndose a unos vagones de tren volcados y se empodera: “Es un momento que he idealizado, pero me gusta así. Es muy camusiano. Se sube a los vagones y afirma que el derecho de unos cuantos a someterme está por debajo de mi derecho a rebelarme”. El libro tiene ese pálpito hermoso de los rebeldes con causa. La rebelión minera triunfó durante unos días en que se produjo una situación insólita: se abolieron los gobiernos y el poder, durante unas cuantas horas se apagó la máquina del capitalismo y la vida siguió. Pero Zapico, hombre tranquilo, no se hace ilusiones: “Cualquier forma de rebeldía moderna acaba en derrota. Incluso cuando ganan, pierden”. Pero enseguida sonríe, acariciándose su perilla de D’Artagnan soñador: “La literatura es la revancha de los perdedores”.