Houellebecq: “No tengo miedo… pero quizá me equivoque”

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texto y foto ANTONIO ITURBE

Michel Houellebecq es el gran provocador de la novela actual. Una voz discordante, alguna vez impertinente pero muchas veces pertinente, en el escaso debate de ideas del mundo intelectual. Con el recurso a lo grotesco, su interés por la pornografía, su descarnada manera de retratar a hombres en estado de mediocridad galopante y sus opiniones a calzón quitado sobre las religiones, la política y la economía está tejiendo un tapiz de novelas que retratan con ironía, sarcasmo y mirada aguda un perfil menos caricaturesco de lo que algunos quieren pensar de nuestra momificada Europa. Ha dicho en la rueda de prensa que acaba de conceder en el Instituto Francés de Barcelona: “En Francia hay un don excepcional para la hipocresía”, pero podría aplicarse al resto de países occidentales.

Su nueva novela, Sumisión (Anagrama), se ha hecho tristemente célebre porque era el rostro de Houllebecq el que ocupaba la portada de la revista Charlie Hebdo en el momento del brutal atentado de extremistas islámicos que costó la vida a once personas. En su novela, Houellebecq dibuja un futuro cercano en el que un partido musulmán moderado llega a la presidencia francesa y vemos cómo el país se islamiza y el propio protagonista es tentado, para mantener su estatus de profesor universitario, a convertirse a la religión de Mahoma.

Houellebecq se ha presentado con un aspecto mejorado respecto a sus últimas apariciones públicas y, pese a su fama de extravagante y poco sociable (que seguro que no le desagrada), ha respondido con extrema cortesía a las preguntas de los periodistas. El escritor ha manifestado sobre la novela que “no quería hablar de musulmanes sino de política, de la gente que usa la religión para tener el poder”. Al ser preguntado por el Corán, afirma haberlo leído “por ganas y por honestidad”, y que “el Corán no es peligroso, sino la gente que lo interpreta de manera violenta”. Ha apuntado que “en el Corán se habla de entenderse con cristianos y judíos. Me sorprende cómo se ha llegado a una interpretación tan aberrante”.

El protagonista, François, afirma en el libro “sabes que no estoy a favor de nada” y por eso le hemos preguntamos a favor de qué estaba él. Su respuesta ha sido contundente: “Estoy a favor de la democracia directa, no de la democracia representativa”. Ha declarado que su modelo no es el del Sýriza griego, sino uno en el que se suprima el parlamento y se decida por referéndum qué cantidad de dinero se destina a cada partida.

La novela, como el resto de las suyas, es muy crítica con el capitalismo: “La economía es una disciplina de charlatanes. Es un escándalo que se dé la palabra a los economistas, no deberían tener derecho ni a la comida”. En su línea, ha tenido dardos a derecha e izquierda: “La izquierda francesa está en una situación dolorosa porque durante mucho tiempo dominó a intelectuales y artistas, y ahora le han dado la espalda, contagiados de la libertad de la sociedad. Por eso se ha vuelto más agresiva”. Respecto a la derecha opina que en esta disputa “asiste con indiferencia, porque a los intelectuales no los entiende y además le parecen poco fiables”.

En un ateo recalcitrante (hasta la fecha) como él ha llamado la atención la mirada amable hacia la religión católica, que dice vivir un momento de renovación y cambios importantes. Ha despachado discretamente la polémica generada por las declaraciones de su compatriota y premio Nobel de literatura Jean-Marie Le Clézio desaconsejando la lectura de su novela a los franceses porque induce al miedo: “Me da igual”.

Las medidas de seguridad no han alterado la pausa houllebecquiana. Tras el atentado en la redacción de Charlie Hebdo (y haber tenido hace unos años un juicio interpuesto por una asociación islámica a causa de algunas de las cosas que se decían en Plataforma), estuvo en paradero desconocido unos días. Al ser preguntado si tenía miedo por su vida ha respondido con su parsimonia habitual: “Dejo que sean las autoridades las que decidan si necesito medios de protección. Yo no tengo miedo… pero quizás me equivoque. Me llevo bien con los guardaespaldas de la policía, son simpáticos”.