Sara Morante, propia y ajena

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texto MILO J. KRMPOTIC'

Con La vida de las paredes (Lumen) en la mano izquierda y Los diarios de Adán y Eva de Mark Twain (Impedimenta) en la derecha –ojo que pueden intercambiar libros y manos, pues no radica ahí el intríngulis del asunto–, uno diría cuando menos que Sara Morante está creciendo; cuando más, que no deja de crecer. El primer síntoma resulta bastante evidente: la sabíamos ilustradora y ahí está, firmando un texto que es antes nouvelle que novela pero tampoco, dada la relación orgánica que establece con las imágenes que lo acompañan de cara a constituir una suerte de libro-todo –¿de qué otro modo funcionaría, a estas alturas, un “Dramatis personae” que comience presentando piso por piso a los ocupantes del inmueble que alberga la (in)acción?–. Pero es que además, aunque se mantiene su querencia por los personajes femeninos, por los motivos florales, por las composiciones bidimensionales con aires de teatrillo, aumentan los colores de esa paleta antes centrada en rojos y negro, tal y como brotan puntualmente composiciones que trascienden las ideas de ilustración e incluso narración, dueñas de sí mismas, preñadas de un sugerente simbolismo.

El apartado textual de La vida de las paredes se despliega –lo he insinuado ya– con cierta morosidad, con gesto y vocabulario más propios de los años en que se ambienta que de estos desatados tiempos nuestros. Del mismo modo, uno podría plantarse ante el número 16 de la calle Argumosa, catalogarlo de “edificio de viviendas” y permanecer inmune por completo a la identidad de quienes allí residen, a la fascinación que lentamente brota del conocimiento de sus respectivas personalidades (incluidas las gárgolas en lo alto de la fachada), a la caja de resonancia de secretos y misterios resultante de la interacción de sus existencias. ¿Son tales lazos los que recorren y atraviesan las paredes para prestarles vida o cabe pensar en un orden inverso, donde las paredes respiraban de antemano y acaban uniendo lo que a simple vista parecían separar?

Cual irónico y bíblico anticipo de Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus, Mark Twain firmó entre 1904 y 1905 unos extractos de Los diarios de Adán y Eva que parten de la sátira marca de la casa para desembocar en una hermosa historia de amor (la primera historia de amor de la historia, si se quiere). Es así que el estilo de Morante podría no parecer el más adecuado para el tono cómico y ligero de las primeras entradas masculinas. Pero, a medida que Eva cobra presencia, el acierto se va manifestando camino de estallar en cuanto accedemos a su voz. La del hombre primordial gana entonces profundidad. Y el relato culmina con un epitafio de conmovedora belleza; no en vano, Twain escribió estas piezas a la muerte de Olivia Landon Clemens, la que fuera su esposa durante 34 años.