Un Jueves para Chesterton

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texto MILO J. KRMPOTIC' ilustración MARÍA GÓMEZ-PINTADO

Como toda persona de bien que haya leído El Napoleón de Notting Hill o El hombre que fue Jueves, siento gran cariño por la oronda y mostachuda figura de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), sinónimo de escritura inteligente, desafiantemente irónica y entrañablemente candorosa. Por ello me fascina descubrir la fuente de inspiración tras la novela de El hombre que no fue jueves (Literatura Random House) de Juan Esteban Constaín: una oración por Chesterton que el cardenal Jorge Bergoglio autorizó el 10 de marzo de 2013, apenas tres días antes de cambiar su nombre por el de Francisco y pasar a presidir una institución global con tics entre secretistas y oscurantistas, acciones ambas de naturaleza sin duda harto chestertoniana.

Pueden constatarlo o recordarlo, si gustan, a través de la deliciosa traslación a la novela gráfica que de El hombre que fue Jueves ha realizado Marta Gómez-Pintado para Nórdica. Editada en tapa dura y a todo color (detalle vital en una obra que saca tanto partido a los contrastes cromáticos), esta versión extravía inevitablemente en pirotecnia verbal lo que a continuación gana en el apartado visual a través de un estilo expresionista en su acepción más sinuosa, con viñetas tan inspiradas como aquella en la que el anfiteatro donde se va a celebrar la elección del nuevo miembro del consejo anarquista aparece contenido dentro de un ojo de pez que es, a su vez, una bomba a punto de estallar.

Por su parte, la novela de Constaín, ganadora de la primera edición del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana, parte de la mentada oración bergogliana pero, sobre todo, de un proceso de canonización también completamente real que se inició, parece, allá por 1958. No en vano, el padre del padre Brown transitó entre el anticlericalismo, el anglicanismo tras su matrimonio con Frances Blogg y, finalmente, un catolicismo que le llevó a medirse con paladines de la fe agnóstica como Bernard Shaw. Sucede, claro, que la santidad presenta el complicado peaje de la acreditación de un milagro. Y, mientras Constaín lo busca en un encargo de Pío XI al escritor, nosotros tenemos que escarbar un poco menos: ya sea por acción, ya sea por autor interpuesto, Chesterton sigue consiguiendo que la gente lea. A estas alturas.