Consejos magistrales

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texto MILO J. KRMPOTIC'

Lo mismo que el John Keating de El club de los poetas muertos (cómo no ilustrar una nota de estas características con una imagen de la película justo cuando se ha cumplido un año de la muerte del maravilloso actor que le dio vida, Robin Williams), Thomas C. Foster se gana el sustento compartiendo con el mundo su pasión por la literatura. Lo hace, concretamente, en la universidad de Michigan-Flint, con lo que su alumnado se compone tanto de miradas adolescentes como de adultos bastante más curtidos. Y, fruto del encuentro entre esa vocación y ese público variopinto, en 2003 publicó Leer como un profesor, obra que Turner presenta ahora entre nosotros a partir de una edición posterior a la original, pues se menciona incluso el éxito entre 2008 y 2009 de la saga Crepúsculo de Stephenie Meyer.

Leer como un profesor no es un manual ni pretende serlo. Leer como un profesor, en realidad, se muestra como una suerte de stream of consciousness en el que Foster, a partir de sus títulos de cabecera y de otros que considera particularmente representativos, desmenuza símbolos y estructuras, cronologías y escenarios, personajes y argumentos, de cara a desvelar ese jugoso contenido extra que a menudo pasa desapercibido (o no trasciende lo subliminal) cuando realizamos lecturas menos analíticas. Y, a lo largo de sus páginas, él mismo destaca una serie de ideas bastante indicativas de su filosofía pedagógica e iluminadoras en lo que respecta a nuestro acercamiento al libro, a cualquier libro:

* La verdadera razón de una búsqueda siempre es conocerse a sí mismo.

* Siempre que la gente come o bebe junta, se trata de una comunión.

* Los fantasmas y vampiros nunca son solamente fantasmas y vampiros.

* No existe una obra literaria completamente original.

* El mito es un corpus de relatos que importan.

* Los personajes son producto de la imaginación, no solo de los escritores, sino además de los lectores.

* El vuelo es libertad.

* Los escritores del norte envían a sus personajes al sur para que se suelten la melena.

* Toda obra nos enseña a leerla sobre la marcha.

* La ironía lo eclipsa todo, pero no funciona para todo el mundo.

* Hagan suyos los libros que lean.

Y, ante este mandamiento final, por lo menos, no podemos más que soltar un “amén” que suena mucho, muchísimo, a aquel lejano pero inolvidable verso de Whitman: “¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!”.