Gutenberg: auge y caída de un genio

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texto ANTONIO ITURBE 

Para ser más precisos, hay que decir que lo que se atribuye a Johannes Gutenberg es el perfeccionamiento de la prensa de imprenta con tipos móviles. Uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la cultura y, por tanto, de la historia de la Humanidad. Y, sin embargo, Gutenberg es un personaje poco conocido, al que se le ha dedicado escasa literatura y que terminó su vida en una situación de precariedad y pobreza al ser traicionado por su socio financiero, Johann Fust.

La periodista y tipógrafa Alix Christie debuta como novelista con El discípulo de Gutenberg (Roca Editorial), donde nos acerca al tiempo apasionante en que Gutenberg puso en marcha, con no pocos problemas, su taller de impresión en la Maguncia de mediados del siglo XV. Para narrar la historia utiliza la mirada del que se convierte en aprendiz del maestro, Peter Schöeffer, que acabaría casándose con la hija del socio financiero de Gutenberg, Johann Fust.

Gutenberg se muestra como una persona intensa en todos los sentidos: megalómano pero el primero en arremangarse y mancharse de tinta hasta las cejas, maquiavélico pero a la vez soñador, inteligente pero torpe para manejarse con las finanzas… Impaciente e impulsivo, en cuanto ve que sus tipos móviles funcionan, quiere poner en marcha un proyecto de dimensiones sobrehumanas: imprimir la Biblia. Fust pone dinero a su disposición para emprender una tarea ingente en la que no solo ha de afrontar la impresión de más de mil páginas, sino presiones de la iglesia y políticas, competidores…

Cuando, tras años de trabajo, están listos los primeros ejemplares y llegan al mercado de la ciudad de Fráncfort en agosto de 1454, su invento crea expectación: una novedosa edición impresa en líneas rectas impecables, sin apenas errores ni manchas, de una geometría y legibilidad asombrosas. Gutenberg trata de dar las menos explicaciones posibles para mantener a salvo la patente de su invento. Pero también crea serias reticencias: un sacerdote se planta en la caseta y, al ver la Biblia en copias idénticas, empieza a gritar que se trata de una herejía, de algo deshumanizado, impío y diabólico. Ahí, Alix Christie nos muestra a un Gutenberg que no da un paso atrás. Cuando el sacerdote le pregunta quién le ha autorizado a hacerlo, le responde: “¡El Altísimo! Lo ha permitido un dios que vos no podéis entender ni ver si dudáis de ello”. Ahí la mano izquierda de su discípulo Peter sale a relucir, siempre más prudente y moderado que su jefe, con el argumento de que el Papa ha pedido poder tener ediciones de la Biblia sin erratas y donde el sentido del texto no pudiera perderse de una copia a otra. Por fin, gracias al taller de Gutenberg, todas las ediciones serán idénticas y bastará revisar una para poder revisar todas.

Actualmente, quedan 48 ejemplares de la Biblia de Gutenberg, completa o en partes, de los 180 que llegaron a imprimirse en la época. La última vez que salió una a subasta, en 1987, pagaron –solo por el Antiguo testamento- 4,7 millones de euros.

El paso que da la historia del libro es gigantesco, tanto como el que da la historia del conocimiento. Esta feria de Fráncfort de 1454 es uno de los momentos luminosos de la historia. Sin embargo, tal y como retrata la autora, se convierte para Gutenberg en uno muy amargo. Un mes después, Fust lo convoca a una reunión muy tensa en la que le dice que ha invertido mucho dinero, que Gutenberg con sus manejos y maniobras políticas secretas (indispensables para que no se censurase la salida de su Biblia) ha sido deshonesto con él y lo acusa incluso de desfalco. Gutenberg no es perfecto y como socio de cualquier empresa sería una pesadilla para cualquiera, con sus cambios de humor, sus cambios de opinión y su manera de poner en riesgo todo, pero Fust actúa con una premeditación mezquina. Alix Christie reconstruye ese diálogo y pone en palabras de un iracundo Gutenberg: “¿Qué habéis puesto vos? Ni cerebro ni trabajo duro, solo vuestro sucio dinero. Oro de mercader y encima a regañadientes, mientras yo ponía solo todo el arte y el saber”.

Peter –afirma en la novela, aunque uno tiene sus dudas- lamenta profundamente tener que elegir. Y elige el lado del dinero, claro. Se queda con Fust y, aunque él no lo vea así en su rememoración de los acontecimientos, años después, traiciona a su maestro: una vez que ha aprendido el oficio, monta con Fust el que va a ser el negocio de impresión más importante del mundo en la época. Probablemente, la inteligencia más templada de Peter Schöeffer fuera más positiva para la expansión del negocio de la impresión de libros, llegando a producir trescientos volúmenes y poniendo de manera eficaz en marcha un primer andamiaje de industria editorial en Europa. Pero uno no puede dejar de lamentar que las grandes mentes creativas que hacen que nuestras vidas sean mucho mejores se vean –como Gutenberg- orilladas e incluso acabando sus vidas con penurias económicas. Tras la jugarreta de Fust (que Gutenberg, en su dispersión, no llegó ni a pleitear en los tribunales), su poca destreza para el dinero hizo que no llegara a tener nunca una imprenta propia de grandes dimensiones. Sobrevivió asociándose a otros impresores y haciéndose cargo de la impresión de encargos menores, como bulas papales, calendarios o cartas.