“Los nazis eran como dinosaurios carnívoros”

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texto y foto MILO J. KRMPOTIC'

Con La Zona de Interés, además de encaramarse a la portada del número 3 de nuestra edición en papel, Martin Amis ha recuperado dos de las grandes constantes que han rodeado su carrera literaria: la polémica y el beneplácito de la crítica. Y a ambas reacciones ha querido referirse su editor, Jorge Herralde, cual introducción a la rueda de prensa que el escritor ha ofrecido este mediodía en el hotel Condes de Barcelona. Aun habiéndole publicado diecisiete títulos, entre ellos “algunas obras maestras”, Herralde ha asegurado que La Zona de Interés es “mi preferida”. Y, acerca de la decisión de Gallimard y Verlag de no lanzar la novela en los mercados francés y alemán, respectivamente, ha comentado que “todos los editores nos equivocamos y ellos aquí se han equivocado”. Las razones literarias esgrimidas por los unos se han visto “categóricamente desmentidas” por reseñas como la de Le Figaro: “Un gran libro sobre la Shoah”. Y las relativas al tratamiento que del Holocausto se hace en sus páginas también cabe obviarlas si nos atenemos al sello que ha acabado lanzando La Zona de Interés al otro lado de los Pirineos, Calmann-Lévy, “la editorial más judía del mundo mundial”.

“¿Por qué decido escribir otra novela sobre el Holocausto? –ha comenzado Amis su intervención preguntando con ánimo retórico–. Decidir es en realidad el verbo equivocado. Las novelas nacen con lo que Nabokov definió como ‘una punzada’, con lo que Updike llamaba ‘un escalofrío’, como si de repente recordaras un sueño que no has vivido. Tras cuarenta años escribiendo, creo que por fin comprendo este proceso. Se trata de un mensaje del subconsciente, un mensaje que te indica que padeces una inquietud sobre la que no tenías constancia. Es una ansiedad silenciosa. Y ese mensaje puede darse en forma de una situación, de un personaje o de una imagen. En este caso se trató de lo tercero, una imagen, un momento que parece indicar un amor a primera vista, pero donde hay algo que falla: una mujer alejándose con sus hijas y, de fondo, un patíbulo sobre ruedas. Eso es lo que me provocó el escalofrío. Así que escribí la primera página y me pregunté: ‘¿Ahora qué?’. Pero la novela se te va revelando lentamente, es un proceso extraño y maravilloso”.

Esta es, en realidad, la segunda ocasión en que Amis se acerca a tan espinoso tema, tras La flecha del tiempo: “La vez anterior fue con una obra de corte más fantástico, pero aquí lo he hecho con voluntad de realismo social. La gran diferencia es que en la primera me limité a hablar sobre los perpetradores, los verdugos, no sobre las víctimas. Por etnia soy primo de los alemanes, así que no me sentía con derecho a hablar sobre los judíos. ¿Qué ha cambiado? Pues que llevo veintitrés años casado con una mujer que es medio judía, con familiares húngaros que corrieron la misma suerte que los judíos húngaros, y por mezcla de sangre su familia es ahora mi familia”. Pese a esa cercanía, escribir La Zona de Interés le resultó más sencillo que otras novelas: “Me gustaría poder decir que me deprimí, que experimenté tendencias suicidas, pero no. Fue una responsabilidad, hubo momentos perturbadores, experimentos mentales en que me enfrenté a la maldad que anida en mí, pero me generó los mismos desafíos que cualquier otro libro”.

A continuación, una doble apología. La primera, acerca de la libertad artística: “Algunos pensadores muy sesudos han manifestado que no se debería escribir ficción a vueltas con el Holocausto. Para mí, eso no tiene el menor sentido. La ficción es libertad, y la libertad es indivisible. O la entendemos como infinita o ya no es libertad. Si el novelista siente el impulso de escribir, eso es arte y debe ser libre”. Y la segunda, acerca de su decisión de llevar el amor y el humor a los barracones de Auschwitz: “El amor tiene dos opuestos, el odio y la muerte. La Alemania nazi estaba hecha precisamente de odio y de muerte, así que esperar que el amor floreciera en esas circunstancias era mucho pedir. Pero La Zona de Interés no es una comedia. No provoca risas ni emociones positivas. Sucede que muchos aspectos de la Alemania nazi eran ridículos y grotescos. Así que lo que hago es sátira, porque la sátira intenta destruir aquello de lo que habla. Los grandes tiranos de la historia han temido antes al humor que a la justicia. Esta es una risa desdeñosa, así que convertir esa Alemania en objeto de burla para la humanidad me parece un objetivo del todo honorable”.

Amis ha reconocido que, tras veinte años leyendo libros sobre el Tercer Reich, sigue sin entender a Hitler. Ha querido rescatar a ese “cuarenta por ciento de población alemana que no supo oponerse al nazismo por miedo o por presión social”, pero ha insistido en que no logra comprender al resto. Para él, los Hitler, Eichmann, Höss… “quizá resultaran banales al principio, pero cuando comenzaron a asesinar se convirtieron en monstruos”. En ese sentido, la lectura de Primo Levi le liberó de la presión de preguntarse por el porqué de cuanto hicieron: “Me di cuenta de que no debía tratarlos como seres humanos, de que eran como dinosaurios carnívoros, como velocirraptores o tiranosaurios”.