Beatriz de Moura, la editora feliz

 

texto de ANTONIO BAÑOS / foto de MARTA CALVO

La editorial Tusquets ocupa un recogido y silencioso cottage en una zona de Barcelona que empieza a ser montañosa y recóndita. Al llegar, uno sucumbe a la fuerte tentación de extraer conclusiones psicológicas sobre Beatriz de Moura a partir del lugar donde trabaja: elegante, discreto, fuera de los barrios de relumbrón, pero dotado con una elegancia que proviene de sí mismo.

De Moura nació en Río de Janeiro, hija de un diplomático. Por esto, las lenguas, las gentes y los países del mundo son para ella como vecinos de rellano. Se instaló en aquella Barcelona de los 1960 de la que tanto hemos oído hablar. Junto con el arquitecto Óscar Tusquets fundan Tusquets, con más de cuatro décadas de trayectoria, aunque ella no quiere oír hablar de celebraciones: “No somos el tipo de editorial a la que le gusta fardar de lo que hacemos”. Beatriz de Moura tiene los ojos vivaces y una voz saltarina y alegre. Como suele pasar, la experiencia la lleva a ser optimista ante las transformaciones del gremio: “El mundo de las tecnologías no nos da miedo. Por eso, lo que hay que proteger ahora no es ya al editor, que un poquito sí, pero sobre todo al autor”. La defensa laxa de los derechos de autor le preocupa tanto como la salud de los roqueros: “Ahora todo el mundo se baja los discos y los cantantes, que tienen mi misma edad, se ven obligados a subirse a los escenarios para ganarse la vida. ¡Hay que dejarlos tranquilos, dioses!”.

Y como De Moura no parece considerar la posibilidad de subirse a un escenario, sigue buscando nuevos talentos. El último, un escritor filipino que descubrió con su ebook y que fichó por email, pues no tenía ni siquiera agente. Miguel Syjuco es el nombre e Ilustrado, la novela. Vayan haciendo sitio en el estante. Cuando habla de su nuevo hallazgo se le ilumina la mirada y no puedo evitar advertirle: pero este del editor en busca del autor es un placer un poco infantil, ¿no? “¡Dios mío, claro! Recuerdo la envidia que tenía de los chicos que esperaban en la librería a que saliese Harry Potter. Iba a verlos para ver sus caras de pura emoción”.

El “Rosebud” de esa relación entre lectura y felicidad está en su infancia: “De niña me sentaba en un escabel a los pies de mi padre, que leía. Veía tal satisfacción en su rostro cuando leía que yo cogía cualquier libro aun sin saber leer, para ser feliz como él”. Y me despide con un titular: “El editor no es más que un lector que quiere que se dé a conocer aquello con lo que ha disfrutado”. El filipino Miguel Syjuco es, sin duda, un tipo con suerte.

 

 

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