Jorge Herralde, "non-stop"

 

texto de ANTONIO ITURBE / foto de MARTA CALVO

A finales de los años 1960, un melenudo de buena familia que estudió a regañadientes ingeniería industrial decidió que había llegado el momento de cambiar la metalurgia por la mecánica de los libros. En 1969, Jorge Herralde arrancó una editorial con una marcada naturaleza política. A finales de los 1970, el triunfo de la UCD en un país que ya estaba más interesado en comprarse un apartamento en Benidorm que en secundar a Bakunin hizo entrar a Anagrama en una crisis que casi dio al traste con ella, pero Herralde supo dar el justo golpe de timón. Se deshizo del lastre de un ensayo ideológico que había envejecido muy rápidamente y, en 1981, desplegó velas la colección de narrativa. Empezaron a desfilar por allí Patricia Highsmith,La conjura de los necios,Martin Amis, Norman Mailer, Vila-Matas, Javier Marías... y lo demás ya es historia. Jorge Herralde tiene el beneplácito de la crítica, el respeto del mundo académico, la adoración de los escritores y la veneración de los jóvenes aspirantes a editores insobornables que lo consideran un modelo a seguir... y encima ha hecho de la editorial un negocio económicamente muy rentable. Increíble, pero cierto.

Nos recibe en su histórico despacho de la editorial. La tarde es lluviosa y uno no puede evitar sentirse melancólico cuando el editor señala que en esa misma silla se sentó Roberto Bolaño la primera vez que fue a visitarlo. Un despacho amplio, un tanto anclado en el tiempo, con papeles apilados y un único aparato: un descomunal teléfono centralita. No hay ordenador: “No lo necesito. En la casa ya hay muchos ordenadores. Escribo a mano o dicto, porque yo al cabo del día mando muchos emails”. En las redacciones se da fe de ello. Son célebres sus notas: escuetas y educadísimas, pero urticantes. Cuarenta años después, sigue con la misma combatividad a la hora de defender a su cuadra. Aunque en su territorio de Anagrama se muestra como un hombre sereno, que saborea lo que ha conseguido, pero sin dormirse en los laureles: entre rememoración y rememoración nostálgica (pero no demasiado), aprovecha para darnos el nuevo folleto de su colección 39 sobre 10 (con los 39 autores con diez o más títulos en Anagrama; apabullante: de Nabokov a Paul Auster, Tabucchi o Truman Capote). Él resume de corrido el secreto de Anagrama: “Máximo rigor en la selección, política de autor, cuidado artesanal en la edición y promoción Non-Stop”. Aunque yo añadiría un detalle más: su panorámica curiosidad. Está suscrito a veinte revistas, pero su teléfono echa humo; todo el mundo ha hablado alguna vez con Herralde porque él es accesible para contar, pero sobre todo para que le cuenten. El entrevistador también es educadamente entrevistado y hay algo en su manera de escuchar que da la sensación de que nada y todo le interesa a la vez. Tratando de tirarle de la lengua sobre su opinión acerca del elitismo literario de Harold Bloom, afirma que “hay que buscar el talento aunque sea en registros donde no estés del todo de acuerdo”. Si la edición es una selva, Herralde es un cazador en busca de talentos. Por eso parece relajado o distraído pero, si uno se fija, sus orejas siempre están erguidas, alerta, girando como radares. Cuarenta años después, Herralde sigue dispuesto a empezar de nuevo cada día. Non-stop.

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