En la Soria de Machado

 

texto y fotos MIGUEL BARRERO

En los albores del siglo XXI, el corazón de Soria sigue latiendo al compás que marcan los biorritmos de la calle del Collado. La vieja arteria nace en las inmediaciones de lo que un día fue conocido como la Dehesa, se extingue en una plaza Mayor de armónica sencillez y, a lo largo de su breve pero enjundioso recorrido, acoge comercios con sabor añejo y locales que parecen custodiar la memoria de un vecindario eternamente suspendido en sus apacibles rutinas provincianas. Uno de ellos aún alberga las dependencias del Casino Círculo Amistad Numancia, cuyos salones mantienen la pompa y la circunstancia de sus mejores tiempos. Ante sus puertas, un broncíneo Gerardo Diego toma café mientras ojea una edición de sus propios poemas. La escultura no está ahí por casualidad. En el primer piso del casino, en una sala bautizada hoy con su nombre, se conserva intacto el piano que solía tocar el autor del célebre romance compuesto en honor al río Duero, y una planta más arriba, en el segundo, se abre un peculiar museo que recuerda cómo un extraño giro del azar quiso que por Soria pasaran algunos de los nombres más ilustres de nuestra literatura.

Cuando Diego llegó a la ciudad para ocupar su plaza de catedrático en el instituto, en 1920, ya no vivía en ella Antonio Machado, quien la había abandonado ocho años antes huyendo del recuerdo de su joven esposa muerta. Pese a eso, aún pervivía allí el aliento de unos versos, los de Campos de Castilla, que deben mucho a estas tierras y que nunca han llegado a abandonarlas por completo. Podríamos decir, de hecho, que la Soria de nuestros días tendría difícil explicación sin el recuerdo de Machado, y que la vida y la obra de este continúan arraigadas en la memoria sentimental de una población que disfruta al verse representada en tan alto referente. A lo largo de todo el casco antiguo aparecerán fachadas —las más deterioradas, o las que directamente amenazan ruina— recubiertas por inmensas lonas en las que las efigies del poeta o de su malograda compañera lucen rematadas por determinados versos icónicos, y a poco que uno camine no tardará en tropezarse con los paneles que recogen un itinerario en el que se resume la estancia de Machado en Soria a través de un puñado de hitos. El primero nos conduce sin remisión al instituto, que se sigue levantando a pocos metros del Collado, muy cerca de la bellísima fachada románica de Santo Domingo. Aunque su existencia lleva ya varias décadas asociada al nombre del poeta, el edificio carga con su propia historia: construido como colegio de jesuitas, su fábrica actual data del siglo XVIII, después de que la original se desvaneciera víctima de un incendio, y la titularidad de la que hoy goza deriva de la famosa desamortización decimonónica que desposeyó a las órdenes religiosas de sus privilegios inmobiliarios. Así pues, ya era un centro educativo público cuando Antonio Machado atravesó por primera vez sus puertas en 1907, y fue en 1958, diecinueve años después de su fallecimiento en Collioure, cuando el claustro de profesores decidió en sesión plenaria honrar la memoria de quien había sido uno de sus colegas más señeros poniendo su nombre a una de las aulas. El espacio persiste, más o menos tal cual, en nuestros días. No se trata exactamente de la clase donde Machado explicaba sus lecciones, pero bien pudo serlo porque el aspecto tiene que haber cambiado poco desde que él ocupara la tarima. Solo hay dos detalles que, de forma inevitable, le devuelven a uno al presente: la amplia pantalla de plasma que alguien ha instalado tras la silla destinada al profesor y la vitrina que, al fondo de la estancia, reúne documentos relacionados directa o indirectamente con el hombre bajo cuya advocación se ha puesto el espacio y con el periodo que le tocó vivir. Entre ellos, la orden ministerial de diciembre de 1981 con la que se le rehabilitó como catedrático de instituto “a todos los efectos”, desmadejando así, aunque sus consecuencias sean puramente simbólicas, el grotesco e inútil castigo —su destinatario había fallecido antes de que se llevara a efecto— impuesto por el franquismo contra quien llegó a convertirse en una de sus más recurrentes bestias negras.

 

A la salida del instituto, sin abandonar los alrededores del edificio, aguardan más baldones de esa ruta machadiana. Ante una de las fachadas del centro educativo se yerguen dos esculturas que tienen al poeta como protagonista indiscutible y que ya forman parte del acervo iconográfico de la capital castellana. Una, la ya clásica gran cabeza que mira al frente con gesto adusto, lleva la firma de Pablo Serrano y fue instalada allí en 1982; la otra, de factura mucho más realista, se debe a Ricardo González Gil y se yergue en el lugar que hoy ocupa desde 2010. En esta última, Machado aparece exactamente en la misma pose en la que se le inmortalizó en una de las fotografías con las que se conmemoraron sus nupcias con Leonor, y precisamente eso nos conduce al meollo de la cuestión. Si de algo se enorgullece Soria es de haber sido el lugar que inspiró unos poemas en los que el paisaje, más que una condición natural o geográfica, es una transposición del propio espíritu a los pormenores físicos del contexto. “Mi corazón está donde ha nacido, / no a la vida, al amor, cerca del Duero…”, escribió el poeta en uno de sus poemas más conocidos, y el Duero y sus aledaños no dejan de agradecérselo con un recordatorio perenne. Por estas calles que ahora recorremos se encuentra el lugar donde una vez estuvo la pensión en la que Machado y Leonor se conocieron, y basta con desembocar en la plaza Mayor para tropezarse, junto al palacio de la Audiencia, con la iglesia de Santa María, donde contrajeron matrimonio en una ceremonia de la que el poeta no guardaría buen recuerdo —hubo quien se acercó allí para insultarle y recriminar que uniera su destino de hombre hecho y derecho al de una joven que apenas había entrado en la mayoría de edad— y en la que, muy poco tiempo después, se vería obligado a despedirse de su amada tras el temprano fallecimiento de ésta. La propia Leonor, eternamente adolescente otra vez por obra y gracia de González Gil, flanquea el paso ante sus puertas. Ambas esculturas, la que del poeta hizo el mismo artista y la que ahora vemos de su mujer, toman como modelo la misma fotografía, como si su presencia en puntos distantes del callejero fuese la constatación de que nos hallamos persiguiendo la conclusión de un rompecabezas que se dispersa por la ciudad para que sea el viajero quien se anime a seguir las pistas y se deje, entre tanto, sorprender por los paulatinos descubrimientos.

 

El siguiente nos lleva a abandonar el centro y buscar los inicios de la periferia por un camino que rodea el contorno más septentrional del núcleo urbano y se aleja en dirección a la carretera que toma el rumbo de Logroño. Desde el paseo del Mirón hay una perspectiva tan hermosa como singular de la ciudad de Soria, con su suave pendiente de tejados descendiendo en cascada hacia las aguas de un Duero que de momento es solo una promesa en visos de cumplirse. Por estos pagos alquilaron Machado y Leonor una casa cuando la enfermedad de la joven les obligó a regresar de París en busca de aire puro y castellano con el que curar sus maltrechos pulmones, y por estos mismos recovecos paseaban ambos, componiendo estampas patéticas cuyo testimonio ha trascendido y que hablan del poeta deshecho en llanto sujetando una silla de ruedas donde descansaba casi exánime su esposa. En este mediodía gris en el que nosotros ascendemos despacio por los caminos del Mirón, la meteorología parece contagiar algo de esa tristeza pretérita que de algún modo ha dejado grabada su impronta en el presente. Desde el mirador de los Cuatro Vientos, a espaldas de la iglesia, ya se observa el río Duero trazando su curva de ballesta en torno a Soria. La presencia azul y tenue del Moncayo, allá a los lejos, anuncia la proximidad de las tierras de Aragón. Tras las ruinas de lo que una vez fue San Juan de Duero se levanta, sinuosa, la silueta del Monte de las Ánimas poniendo ante nuestros ojos lo que no deja de ser una premonición del atardecer.

Porque si Machado es el reclamo por excelencia de ese título nobiliario con el que Soria se ha condecorado a sí misma y que la define como “ciudad de poetas”, no se debe desdeñar el papel que juega Gustavo Adolfo Bécquer en toda esta historia. El autor romántico, que casó con una soriana, se basó en estos paisajes para engendrar algunas de sus leyendas, y no hay cómo poner el pie en ellos para comprender algunas de las razones que pudieron conducir la inspiración del sevillano por aquellos territorios umbríos donde los muertos regresaban a la vida y los efectos ópticos podían convertirse en obsesiones que rozaban la locura. La clave es bajar por la calle del Obispo Agustín, dejar a un lado la concatedral de San Pedro y llegar al encantador puente medieval que salva las aguas del Duero y deposita al visitante en la orilla que ha permanecido ajena a la evolución de la ciudad. Allí, a mano izquierda, aguarda impertérrito y medio escondido entre árboles lo que una vez fue el monasterio de San Juan, establecido en esos lares por la orden militar de los Hospitalarios de Jerusalén en el siglo XII y cuyas dependencias permanecieron habitadas hasta el XVIII. Lo que ha sobrevivido y llegado a nuestros días es el enigmático conjunto que componen la sencilla iglesia y el claustro. La traza de la primera es de un románico elemental, si bien ya al primer vistazo llaman la atención dos inesperados templetes ubicados a ambos lados del presbiterio y rematados con unas cúpulas semiesféricas y cónicas que resultan, cuando menos, pintorescas, y que acaso remitan a viejos ritos orientales importados a los pagos sorianos por los fundadores del cenobio. Pero la pieza que realmente destaca en el conjunto es el viejo patio, que se encuentra hoy a la intemperie y dibuja un cuadrilátero cuyos lados son diferentes entre sí. Los expertos lo consideran uno de los espacios claustrales más excepcionales no ya de España, sino de toda Europa occidental, y lo cierto es que sobrecoge encontrarse con estas ruinas en un atardecer parduzco de los albores de la primavera, sin apenas turistas y con las nubes amagando un chaparrón que no termina de caer. No cuesta ubicar en este escenario las andanzas de los protagonistas becquerianos, como tampoco nos resulta desconocida —todo en Soria le sonará familiar a quien llegue a ella con los deberes hechos, no hay lector que no encuentre en estos paisajes el reflejo de su propio imaginario— la senda que tomamos a la salida y que nos lleva, en un suave zigzag, hacia lo poquísimo que queda de otro monasterio, el de San Polo, en el que algunos han querido ver una fundación templaria pero que fue, seguramente, algo mucho más prosaico. La vieja construcción medieval ha ido sufriendo diversas metamorfosis hasta quedar convertida hoy en un domicilio particular que, eso sí, tiene dispuesto un arco en su planta baja para que los caminantes como nosotros permanezcan fieles al rito de cruzar sus predios en el recorrido que lleva a San Saturio. Es en este lugar donde la remembranza de Bécquer se funde con la de Machado para recordarnos que fue aquí donde el poeta se encontró con el olmo viejo original, aquel que le inspiró esos hermosos versos que eran una plegaria laica para la definitiva e imposible curación de Leonor, y el destino, que por estas tierras parece ser más hospitalario de lo que acostumbra en otras geografías, quiere que a nuestro paso vayamos tropezando con frágiles chopos cuyos troncos cobijan las firmas de las parejas que quisieron inmortalizar su idilio en sus cortezas. Será cuando la ermita de San Saturio ya se vaya perfilando a lo lejos, sobre la cima de un peñasco, igual que un castillo encantado de sumirse en su plácida soledad.

 

En agosto de 1932, con la II República viviendo aún días de vino y rosas, Antonio Machado regresó a Soria para recibir un homenaje que se le brindó aquí mismo, a los pies del pequeño templo erigido en honor de un ermitaño local que un buen día decidió desentenderse del mundo y dedicar su existencia a la divinidad. El espacio donde recibió el aplauso de sus antiguos convecinos lleva hoy el nombre de Rincón del Poeta, y en verdad no es para menos. Ante las escalinatas que conducen a la oquedad por la que feligreses y curiosos se internan en la gruta de San Saturio, Machado definió a Soria como “una escuela admirable de humanismo, de democracia y de dignidad”, y la ciudad se lo ha agradecido inmortalizando sus palabras y su efigie a las puertas de uno de los enclaves más queridos por los sorianos. Conviene adentrarse en las interioridades de San Saturio por lo sugerente que resulta ascender sus escalones suspendidos entre peñascos, pero también porque puede que en el mismo proceso que nos conduce hacia lo más alto, hasta esa capilla suntuosamente decorada con frescos que recubren paredes y cúpula y cuyo altar se corona con la cabeza-relicario que cobija los restos mortales del santo, se hallen parte de las claves que llevaron a Machado a sostener en este entorno que Soria era “lo más espiritual de esta espiritual Castilla”. Desde lo alto se ve el Duero enfilando el último tramo de su curva de ballesta, ignorante de que aún habrá de recorrer muchos kilómetros antes de sumergirse en las procelosas aguas atlánticas a la vera de la dulce Oporto.

Pero no toca seguir el río, sino regresar sobre nuestros pasos —esto es, ir a contracorriente— para comprobar cómo en los últimos años Soria y el Duero están experimentando un gozoso reencuentro. Por el camino, que realizamos siguiendo una moderna senda casi recién inaugurada en la orilla contraria a aquella que nos ha traído hasta aquí, nos cruzaremos con paseantes, parejas de enamorados y pescadores que nos confirman cómo los vecinos de la venerable ciudad contravienen lo que reflejó Gerardo Diego (“Río Duero, río Duero, / nadie a acompañarte baja”) y vuelven a diseñar sus rutinas diarias siguiendo el ritmo que marcan las corrientes fluviales. El cielo, a todo esto, se va abriendo, y, como si el azar quisiera complacernos con un último guiño, luce un sol espléndido cuando coronamos el alto del Espino, el lugar al que Machado pedía a su amigo José María Palacio que se dirigiera en una tarde azul. A las puertas del cementerio se levanta el monumento al viejo olmo, y lo primero que nos asalta al atravesar los muros del camposanto es un pequeño cartel dorado que indica la dirección que deberemos seguir para localizar aquello que venimos buscando. La tumba de Leonor, modesta y emotiva, es una de las más visitadas del recinto. De ello dan fe las flores frescas que lucen en una esquina, pero también la excursión escolar con la que nos tropezamos cuando, ya cumplimentado nuestro recorrido sentimental, regresemos al bullicio con el que la plaza Mayor empieza a recibir el primer atardecer del fin de semana. La hora de cenar nos sorprende en el mismo restaurante donde el equipo local celebra su septuagésimo aniversario. Tomás, el camarero titular, nos cuenta que se jubila hoy después de 45 años sirviendo tras la misma barra y confiesa que no le ha hecho falta salir de Soria para comprender que incluso en una localidad tan pequeña como esta —poco más de 40.000 habitantes, según las últimas estadísticas— pueden tener reflejo las luces y las miserias del mundo. Cuando abandonamos el local faltan pocos minutos para que la campana de la Audiencia dé la una. Soria, ciudad castellana, se mece en un rayo de luna.

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