¿Dónde meaba Thomas Mann?

 

texto y fotos BRAIS SUÁREZ  ilustración PILAR OURO PAZ

Visitamos la casa de verano lituana del autor de ‘La montaña mágica’.

Un estallido me deja en silencio. Todavía con los ojos cerrados, solo oigo cómo las burbujas se van diluyendo en la superficie y dejan atrás la explosión esponjosa de mi zambullida. Una sensación de fluidez me acaricia desde la cabeza hasta los pies. Me olvido de la gravedad y me muevo sin importar cómo ni hacia dónde. El agua tibia me acoge como a otra gota y me mece a su antojo. No necesito pensar en nada más que en este envoltorio, esta segunda piel. Me alío con su poderío destructor, me sumerjo en su hostilidad sin oxígeno, escucho la presión en los oídos, el rumor uniforme de lo que en este momento es todo.

Al abrir los ojos, azul absoluto. Los brillos del fondo son limpios, claros, revoltosos. Como mariposas transparentes, aletean con la espontaneidad de quien se sabe hermoso. El sol azul juguetea con los azulejos azules de la piscina. Sumergido, el horizonte es azul y divide dos azules idénticos. Y así, azul de arriba abajo, la conocí a ella en la costa de Lituania.

Al amanecer no quedaba en el cielo de Kláipeda ningún rastro de la aurora boreal de hacía unas horas. La noche había sido larga, pero el violeta era ya celeste y la luna, un sol helado. Fue en el puerto, en la cola de la estación marítima, cuando la vi por la ventana. Llevaba un vestido de un azul impoluto, como aclarado por el frío de aquel otoño sin nubes ni ruido. Me devolvió la mirada y, sin palabras, supo que me dirigía a Nida y se ofreció a guiarme por ese capricho geográfico que es el istmo de Curlandia.

Un poco tensos, nos subimos al barco que lleva al istmo, una fina franja de tierra que encierra al mar Báltico en un lago. Al atracar, y todavía en silencio, un autobús nos conduce hasta la mitad de sus cien kilómetros de carretera, en medio del parque natural de Neringa, que marca la frontera con la rusa Kaliningrado en forma de la duna más grande de Europa. Se trata de la duna de Hohe, aunque bien podría ser la duna mágica, si atendemos a su tamaño y a la manera en que el viento de los dos mares corta la piel y los labios. La arena quema en los pies de tan fría, pero seguir subiendo es adictivo: poco a poco, la vista se amplía y el mar abierto surge tras los árboles del istmo. Un reloj de sol corona la cima, desde la que se ven las vallas fronterizas. Maravillado por ese derroche de azules, me giro hacia mi compañera, pero su expresión de tranquilidad sugiere que está demasiado habituada al paisaje, como si fuera parte de ella misma. Sabe que vengo para visitar la casa de verano de Thomas Mann, pero es temprano y quiere aprovechar el sol al aire libre, así que caminamos por la arena hasta un mirador. Seguimos sin hablar y, por un momento, allí, solos, su gesto imperturbable me amedrenta. Su expresión me resulta familiar, pero no la identifico. Como si lo percibiera, ella me tiende la mano para orientarme en nuestro regreso al pueblo, pero no se recrea en explicaciones.

Solo aquí, en el fondo de la piscina, puedo volver a sentir ese paisaje báltico que habría admirado Thomas Mann desde sus estancias en Noruega, sus viajes a Dinamarca o su casa en Nida (entonces, Alemania). Los horizontes amplios. La tierra que se deposita junto al mar en una caricia de arena fina. El azul del agua y el cielo, el verde del bosque y el amarillo que sobrecoge en esta duna de Hohe. Este antojo de la naturaleza se hace bandera tricolor y se yergue en torno a la casa-museo de Thomas Mann con la fuerza de un personaje más, con esa “indiferencia de lo absoluto” que el de Lübeck atribuía a la nieve de La montaña mágica. Aquí, al contrario que en el sanatorio alpino, el frío es el gran enemigo de los intrusos. Entre las algas, piso algo viscoso, una medusa que brilla en la orilla. “A veces la playa estaba tranquila y soleada. El mar reposaba quieto y liso, lleno de franjas azules, verdes y rojizas, y en sus aguas se reflejaban resplandores de luces plateadas; las algas marinas se secaban al sol y las medusas, esparcidas sobre la arena, evaporaban su humedad”, reflexionaba Tonio Kröger, uno de los álter egos más evidentes de Mann.

A medida que recorremos la playa, parece como si nos zambulléramos en una de esas novelas que no descansan hasta inundarnos en una ficción que se vuelve más real que la realidad. Como si fuera la prosa delicada de Mann, mi amiga y yo nos dejamos guiar por el paisaje. Ella marca un ritmo rápido que nos mantiene en calor de camino hasta la pequeña Nida. Desde 1709, cuando la localidad fue arrasada por la peste y reconstruida hacia el norte, todos los vestigios previos se limitan a una capilla y ya no hay rastro de cuando Nida fue tomada por los Caballeros Teutónicos y enmarcada en el Estado Monástico. Ya nada queda de aquellos livonios y solo unas casitas de madera parapetadas con veletas nos conducen hacia la vivienda de Mann, completamente ajenas a los vaivenes fronterizos que agitan el sur de Lituania desde su Gran Ducado del siglo XVIII.

El pueblo está desierto. La oficina de turismo y los restaurantes, cerrados. El viento consigue que el único ruido sea el de los obenques y estayes de los veleros agitándose. Caminar deja de ser agradable y cuesta creer que Nida sea uno de los centros de veraneo del Báltico. Sin embargo, esta aspereza de noviembre demuestra por qué sí fue fruto de la admiración de Mann: “La contemplación del agua, en cualquier forma y modalidad que se presente, constituye la clase de goce […] que más inmediata e íntimamente me afecta; únicamente en esta contemplación encuentro la verdadera concentración, el olvido de mí mismo, el auténtico disolverse del propio ser limitado en el todo universal. El mar, por ejemplo, ora meciéndose tranquilo, ora rodando embravecido, puede sumirme en un estado tal de orgánico soñar… de ausencia tal de mí mismo, que pierdo toda noción del tiempo y desaparece en mí toda impresión de hastío, ya que las horas se me vuelven minutos en semejante comunión y compañía”. Es difícil saber si estoy en Lituania o en la narración de Señor y perro, pero mi guía no está para lirismos. El frío se intensifica y apuramos el paso.

Apuro también las brazadas en la piscina. Llego al final del largo, volteo, me impulso con los pies y dejo atrás las burbujas de mi nariz. Al estallar contra mi cuerpo parecen las frases largas y delicadas de Los Buddenbrook, que se deshacen mientras avanza la novela y ruedan como las piedrecitas del camino que nos deja en la puerta de la casa de Mann. Dentro, la temperatura apenas cambia. Una mujer de bufanda roja me cobra 1,30 euros desde un mostrador atrincherado entre souvenirs. Quiero ir al lavabo, cuando un olor a comida me distrae. Alguien utiliza todavía la cocina, que desprende aromas a té y los tradicionales cepelinai, pero no está permitido entrar. En busca del baño, me encuentro con la primera habitación, en la que se apilan cartas diarias del escritor. Sorprende ver que su prosa pudiera tener un carácter tan práctico como el de resolver recibos del banco, hacer encargos para la casa o lidiar con conflictos familiares. El olor a comida y la necesidad de un lavabo se intensifican. Subo las escaleras.

 

 

Quizá porque fue aquí donde Mann escribió Joseph y sus hermanos, la mayor parte de la exposición hace hincapié en la tormentosa relación entre Thomas y su hermano Heinrich, una lucha de egos literarios que se enfrentaron tanto por motivos ideológicos como estilísticos y que tendría que esperar por la enfermedad del mayor (Heinrich) para hallar la reconciliación. Incluso en la insignificancia de los quehaceres diarios que destilan estas siete estancias, se percibe una sensibilidad especial hacia el mundo, una manera entregada, y casi obsesiva, de enfocar los problemas y los placeres cotidianos. En sus cartas, en los muebles, el paisaje… se ve también ese acomodamiento que él mismo denuncia en Tristán: “En realidad, es mi conciencia burguesa lo que me hace descubrir en la actividad artística y en todo lo extraordinario y genial algo profundamente equívoco, sospechoso, dudoso; es ella la que me llena de esta apasionada debilidad por lo simple, lo ingenuo, lo normalmente agradable, no genial pero sí respetable (…). Si hay algo capaz de transformar a un literato en poeta es ese amor burgués que yo siento por lo humano, lo vivo, lo banal”.

Sin embargo, la exposición prefiere incidir en la desgracia y el morbo, y pronto pasa a centrarse en la guerra y la huella nazi. Lo primero, por las acusaciones antisemitas de que Mann fue objeto durante la Gran Guerra, en la que su entusiasmo beligerante y su posición nacionalista lo distanciaron todavía más de Heinrich. Lo segundo, el nazismo, que lo obligó a exiliarse para siempre de Alemania y Nida, ya que a su férrea defensa de la homosexualidad había que sumar su rechazo frontal a Hitler. Por suerte, su ascenso al poder coincide con las conferencias europeas de Mann sobre Wagner, tras las que el escritor ya se quedaría en Suiza para ver cómo esta casa de la actual Lituania era incautada en 1939, a petición de Göring, para dar descanso a los oficiales de la Luftwaffe. Entonces, ya desde su plaza de profesor en Princeton, Mann reivindicaba con un orgullo resignado que “donde esté yo, está Alemania”, un intento de disculpar a su país y sus habitantes por la fase que atravesaban.

Y así, cuando más cargado está el ambiente, nada más doblar las escaleras y frente a la chimenea, el piano delata la pasión de su dueño por la música. La sala ocupa la mitad de la planta inferior y está iluminada por luz natural durante todo el día a través de una galería de dos paredes completas. En el exterior, otra vez el mar y los árboles. Tan claro y pulcro, el paisaje parece inofensivo, pero en cuanto me acerco a los cristales un soplo de viento se me clava en el cuello. Entre dos árboles, veo a mi particular guía lituana, cuyo vestido azul se camufla con el mar de fondo. Sigo sin darme cuenta de qué me suena. Tirita, pero parece disfrutar de la compañía de dos pájaros que comen unas migas de su mano. Me ve y me hace un gesto con la cabeza, pero no quiere entrar. Definitivamente, no hay cuarto de baño, así que salgo a buscarla.

Paseando por el jardín, resulta llamativo que algunas de las frases más relevantes de la literatura hayan salido de una casa tan corriente; quizá, como insinúa Hans Castorp desde su Montaña, el artista necesita la normalidad para trabajar, y en esta casa se intuye cómo Mann trata de encauzar la realidad y la vida para que no lo hundan en el caos. Me pregunto con qué ojos debió de ver este paisaje o escuchar este piano para poder depurar la música o el bosque hasta transformarlos en ritmo, lirismo y delicadeza. Acaso no se trate tanto del gusto con que el escritor los observa y escribe como del espíritu con que los capta y del espíritu que les imprime para convertirlos en auténticos personajes. Es casi una concepción surrealista (superrealista) del mundo: para Mann no importa describir lo que se ve, sino que va un paso más allá y entiende lo que ve o escucha, lo siente y lo esculpe tal y como es. No narra sobre lo que sabe, sino sobre lo que es. Porque Mann no describe: inunda.

Así es como sus palabras convierten el Báltico en una piscina y hacen que la naturaleza que me rodea sea ese personaje azul y amarillo que me guía por la costa lituana como una amiga callada y hospitalaria. De eso me sonaba ella: es el personaje que Mann nunca olvida, la Naturaleza. Es ese personaje que el propio Mann echaba de menos en Tonio Kröger: “Quiero volver a ver el Báltico, oír de nuevo aquellos nombres, leer aquellos libros en su propia fuente, y quiero estar en la terraza de Kronborg, donde el fantasma se apareció a Hamlet”. Es ese personaje que yo también echaré de menos en la ciudad. Nos despedimos otra vez en el puerto, ella tiñéndose de rojo y púrpura a la vez que un atardecer incandescente devora lo que queda de mar, de duna y de bosque.

Al cerrar las páginas de Mann siento que vuelvo al oxígeno multicolor de una realidad descafeinada. El texto en el que nadaba se seca y yo salgo de la piscina hacia un mundo cortante. El agua y las palabras; mi guía y la naturaleza se quedan en el Báltico esperando a otro personaje que los recupere. Tras este adentramiento en el universo manniano y después de recorrer su casa de arriba abajo, está claro que el escritor se bañaba en el Báltico, pero hay una duda que sigue latente: ¿dónde miccionaba, dónde orinaba, dónde hacía pis Thomas Mann mientras estaba en Nida? Mejor pensar que no es la ausencia de un cuarto de baño lo que despertó su amor por la naturaleza.

 

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