Atenas desde mi ventana

texto de VÍCTOR ANDRESCO / fotos de ARCHIVO

Epicentro de casi todo a lo largo de los siglos, la blanca y desparramada ciudad de Atenas es ahora, además, capital del asombro. El mundo entero contempla con curiosidad lo que aquí sucede mientras los griegos se siguen levantando cada mañana para ir a trabajar y las grúas del Partenón mantienen la ficción del equilibrio mientras buscan las piezas que le faltan. Más de cien de los casi mil periodistas acreditados para las elecciones eran españoles y son continuos los guiños y los reflejos, fonéticos y sentimentales, en este invierno de cambios y tormentas. El sol sigue saliendo –el primer asombro para muchos— en esta Grecia que el helenista asturiano Pedro Olalla contará en Acantilado con Grecia en el aire; después de veinte años aquí, el autor de Historia menor de Grecia ha resumido en un ensayo lúcido y original, que se lee como novela, lo que le “viene pasando” a ese mito –griego tenía que ser, y con nombre de mujer– llamado democracia en los últimos 2.500 años. Sale en abril y es clave para entender lo que pasa.

Pero los asombros de los atenienses empiezan en las aceras (un día se levantan y ya no hay vallas grises separando el Parlamento de la calle; al siguiente se manifiestan y los antidisturbios no comparecen) y siguen en las paredes. Tras los muchos cristales de Mitropóleos, cuelgan ahora años de asombros de Isidro Ferrer, diseñador oscense como una jota de Krahe al que los carteles le salen como puños y las espadas como libros. Neruda y Galeano, Chéjov o Buñuel: el artista de las legendarias cortinillas de Canal+ en los años 1990 ha sembrado el Cervantes de Atenas de perplejidades y corcho, tachuelas y tinta. Otra asturiana, Tina García, comisaría (del verbo curar) la exposición Colección de asombros que entretiene durante horas y da que hablar a los muchos aficionados al diseño (cuando LIFO te dedica la portada es que lo tuyo interesa) en esta capital también de los cascotes y de las conversaciones sin tasa. Debe de ser lo único por lo que no se paga un veintitrés por ciento de IVA.

A los poetas les gusta recordar cómo arde Atenas (Luis Eduardo Aute y Juan Vicente Piqueras se bañaron en el mismo río, y era de lava) pero las únicas llamas estos días son las de las tranquilas brasas donde las ricas carnes convocan a los espíritus, ricos y menos. Acaso porque todo tiende a lo solemne en Grecia –no en vano pervive el mito de los mitos: es “el lugar donde nació la democracia”— con frecuencia huele a souvlaki con doble de cebolla, para humanizar esa huella que a veces parece losa (eso sí, de mármol blanco) sobre las sufridas espaldas de los griegos. Tiene que haber un punto de equilibrio entre amnesia y cariátide, un pacto de conciencia para sobrellevar la responsabilidad de haberlo inventado casi todo –o al menos de haberlo patentado– y estar a punto de no tener nada. Tal vez por todo eso los atenienses se ríen de su sombra, fuman en pipa –es un decir, pero si la de Petros Márkaris hablase desde su bastión bohemio de Poems&Crimes caerían unos cuantos mitos más– y beben, sobre todo ese otro mito líquido llamado frappé que ocupa enormes vasos de plástico y acompaña a cada griego de casa al trabajo, en la moto, el baño y la peluquería. No hay brazo de griego que no porte este bebercio (necesariamente frío) con pajilla a cualquier hora del día.

Negando a Alberti puede decirse que ya no es peligroso asomarse a Grecia; asombrarse es casi obligatorio ante “tanta grandeza y tanto andrajo”. Los pronósticos más agoreros, partidarios del solysombra sin sol para los helenos, no acaban de cumplirse. La mano romana que antes pintaba “noche abajo / hoces y martillos” ahora dibuja las siluetas de nuevos mitos, de uso común y también con nombre de mujer: paciencia y esperanza. Heráclito y Numhauser ya lo dijeron: todo cambia.

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