La Kenia de Karen Blixen

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texto de SABINA FRIELJUDSSËN / fotos de ARCHIVO

La espléndida edición de los Cuentos reunidos de Isak Dinesen que publicó hace unos años Alfaguara es un festín tan maravilloso como el de Babette, donde una modesta y misteriosa cocinera es capaz de desplegar sobre la mesa de una austera comunidad noruega el más fantástico de los banquetes. El prólogo que la acompaña es uno de los últimos trabajos del tristemente desaparecido traductor Miguel Martínez-Lage, más fan de Isak Dinesen que de Karen Blixen, más interesado en sus seductoras invenciones de bella relojería europea que en sus aventuras emocionales africanas.

Los cuentos de esta autora danesa tienen siempre un aire levemente enigmático y están situados en una atmósfera de época romántica que ya a mediados del siglo XX tiene algo de trasnochado y seductor. Son historias ambientadas en Jutlandia, Copenhague o en pequeñas poblaciones de Dinamarca, Suecia, Italia, Francia o Noruega... pero no hay un solo cuento ambientado en África, tras esa intensa estancia de diecisiete años que la marcó de por vida. Por eso, de alguna manera, es como si se hubiera desdoblado en dos mujeres distintas: la Karen Blixen que vivió en Kenia y plasmó sus impresiones en Memorias de África y Sombras en la hierba, frente a la Isak Dinesen autora de varias decenas de cuentos ambientados en una Europa elegante, sólida a la par que decadente y vagamente mágica.

 

Los posos del café

Tal y como nos muestra la luminosa película de Sydney PollackMemorias de África, una joven Karen Dinesen, Tanne como la llamaban en familia, llegó a Nairobi el 14 de enero de 1914 para contraer matrimonio con su primo sueco Bror Blixen-Finecke. Traía consigo la ilusión de arrancar una nueva vida y un montón de baúles repletos de vestidos elegantes y todo tipo de trastos aparentemente tan inútiles como su vajilla completa de loza danesa. Se inicia la aventura de sacar rendimiento a una plantación de café comprada con el dinero de los Dinesen, que a partir de entonces pasó a llamarse la Karen Coffe Co, en un mundo nuevo. La lectura de Memorias de África (actualmente leemos Memorias de África y Sombras en la hierba como un único volumen, aunque se escribieran con años de diferencia) nos sitúa de manera más impresionista que descriptiva en aquel tiempo. La explotación estaba a demasiada altura para ser rentable como plantación de café, pero tenía unas vistas extraordinarias de la cordillera de Ngong.

Memorias de África es un libro de un magnetismo irresistible, una lectura de una cadencia, un poder evocador y una vibración que la convierten en obra maestra. Sin embargo, la portezuela que nos permite adentrarnos en los pensamientos más directos y menos filtrados por el velo de la literatura de Blixen es su abundante correspondencia. Excelente recopilación, la reunida en Cartas de África (Alfaguara) en los años 1990 por Frans Lasson, que tuvo acceso por primera vez a misivas celosamente resguardadas de la mirada pública por la familia. En ellas, Tanne se revela como una irreductible danesa en un mundo que no es exactamente África, sino un universo propio levantado por ella misma en esa magnífica finca, maravillosa para cualquier cosa excepto para plantar café. Los balances contables son ruinosos desde el principio, pero en su casa el té se sirve en su loza danesa y no se come esa comida inglesa que le resulta tan odiosa ("tener a alguien que ha aprendido aquí a cocinar a la inglesa es lo mismo que si no supiera nada"), sino que a su cocinero le ha enseñado a hacer a la perfección creps, diversos suflés, cuernos de crema, pudín de chocolate... Hay en Karen Blixen un agudo esnobismo aristocrático (está encantada con su título de baronesa) que le hace vivir en África como si estuviera en una mansión de Copenhague. Pero, por otro lado, tiene una extrema sensibilidad hacia el entorno que la rodea muy poco habitual en su tiempo: "Es una suerte considerar a los somalíes y a los nativos como hermanos. Los ingleses son este sentido curiosamente limitados; ni siquiera se les ocurre considerar a los nativos como seres humanos, y cuando hablo con señoras inglesas sobre las diferencias o parecidos entre razas se limitan a sonreír ligeramente y con cierta superioridad por mi originalidad. Los indígenas, en muchos conceptos, son más listos que ellos".

 


Su vida en África fue una montaña rusa donde vivió algunos momentos en la cumbre de lo extraordinario (con cacerías de leones y un privilegiado contacto con una naturaleza primigenia) y otros muchos en el más absoluto de los naufragios. Al poco de casarse, su marido (gran cazador, sobre todo de señoras) le contagió la sífilis. Eso le hizo retornar durante un año a Dinamarca. Su matrimonio empezó a hacer aguas muy pronto y los problemas económicos se multiplicaban. Terminó divorciándose de Bror Blixen y mantuvo una relación amorosa con un aristocrático cazador, aventurero y guía de safaris llamado Denys Finch-Hatton (interpretado de manera irresistible por Robert Redford en la película, como todas las señoras y unos cuantos caballeros no olvidarán jamás). Algunas noches tranquilas, después de la cena, Karen Blixen empezaba a contar historias a Denys y algún amigo. Ahí estaba el germen de la escritora de cuentos que ablandaría hasta a los más duros, como Ernest Hemingway, que, cuando le concedieron el Nobel de literatura, dijo que quien en verdad lo merecía era Dinesen. Fue en los últimos tiempos en Kenia, cuando todo se derrumbaba a su alrededor, que empezó a escribir sus cuentos góticos, ambientados a años luz de allí y que se publicarían años después. Finalmente, su vida en África terminó de deshacerse: se quebró su relación con Finch-Hatton y la plantación sucumbió definitivamente a la quiebra. Antes de partir aún llegó el golpe definitivo: la noticia de la muerte en un accidente de avioneta de Finch-Hatton, el único verdadero amor de su vida.

La muchacha que llegó a África con 29 años, cargada de baúles, con un marido y muchos sueños por estrenar, regresó a Dinamarca con 46 años, sin dinero, sin marido, con una sífilis que afectaría a su salud de por vida y la amargura de haber tenido que abandonar el mundo que tan trabajosamente había mantenido, sobreviviendo a una guerra mundial, en medio de leones, mosquitos, plagas e ingleses. Escribió que: "Cuando volví de África, le dije a mi madre que no debía esperar mucho de mí, porque una mitad mía yacía en las montañas de Ngong". De alguna manera, Karen Blixen murió para siempre en África. Por eso, a la escritora que nació después la bautizó como Isak Dinesen.

 

Pasos en la tierra mojada

Ha llovido mucho sobre la cordillera de Ngong desde que Tanne la contemplara por última vez, en agosto de 1931, antes de embarcarse en Mombasa con destino a Europa. Setenta años después, Nairobi es una ciudad abarrotada, con un tráfico caótico donde, eso sí, como reminiscencia colonial británica, los coches llevan el volante a la derecha. La capital de Kenia sigue siendo un lugar peligroso, aunque la vida ya no la ponen en riesgo los zarpazos de los leones sino los matatu, las desvencijadas furgonetas de transporte colectivo que circulan anárquicamente por la ciudad como elefantes ciegos. Los elegantes barrios residenciales contrastan con la extrema pobreza de los barrios de hojalata de la periferia, donde se apiñan cientos de cientos de miles de personas. Sigue siendo la ciudad de los safaris, aunque ya más fotográficos que de escopeta, y, si uno se lo puede permitir, incluso puede degustar carne de cocodrilo y de cebra en el restaurante Carnivore o dar de comer a las jirafas en el Giraffe Center.

De repente vienen a la cabeza las páginas de Isak Dinesen hablando de los bellos y orgullosos masai, nacidos para ser guerreros, de sus pinturas de combate y sus miradas despectivas hacia los ingleses que querían contratarlos como jornaleros. Ella se sentaba con ellos a la puerta de sus chozas, siempre meditabundos y con el cuello erguido, y chapurreaba las pocas palabras que sabía en su idioma, a las que ellos asentían con la cabeza, complacidos, mientras caía la tarde sobre la sabana. Da un poco de pena verlos ahora vendiendo sus modestos productos de artesanía en el moderno y folclórico Market Village. Uno de ellos, alto pero algo encorvado, un poco servil, ofrece una máscara de colores a los turistas. Y entonces uno entiende por qué Tanne nunca quiso regresar a África en todo el resto de su vida. No se puede regresar de visita a un mundo que sólo existe ya en la memoria.

 

 

Zona Karen

Parece difícil que en esta ciudad tan distinta al lugar calmado y primigenio que se describe en Memorias de África pueda quedar alguna huella de Karen Blixen. Pero queda.
Hay un barrio entero que se llama Karen, una zona residencial para gente bien (blancos adinerados) a treinta kilómetros del centro, donde Blixen tenía su finca y donde ahora hay por todas partes cartelones que anuncian la venta de magníficos cottages de estilo colonial a precios elevados. Es el barrio donde se encuentran las embajadas. También permanece el Muthaiga, el club privado donde no dejaban entrar a las mujeres. Con los años eso ha cambiado, pero no está permitido sacar fotos de su interior. Así que el nombre de Karen perdura, como mínimo, en el nomenclátor. Y eso que Blixen no encajó muy bien con la sociedad británica de entonces, sobre todo por su interés hacia sus trabajadores, a los que intentó dar mejor calidad de vida a través de la educación; incluso llegó a construir una escuela para los niños kikuyus en los terrenos de la finca. Cuando tuvo que cerrar la plantación, malvender los enseres y se mentalizó de que aquel tiempo había terminado, tuvo una única preocupación: que sus kikuyus dispusieran de una tierra donde vivir y un lugar digno donde trabajar. Removió cielo, tierra, vecinos y ventanillas para lograrlo. En aquellas tierras donde esta danesa tremenda levantó con esfuerzo y contra corriente una escuela, ahora se encuentra un hoyo y un palo con una ridícula banderita donde se muestra el número 14. Los terrenos de su antigua plantación son actualmente un lujoso campo de golf. En lo único que no han cambiado las cosas es en que los que cargan con el mantenimiento de los greens son negros.

Cuando uno ya lo da todo por perdido y cree que no queda nada del mundo exuberante de Memorias de África, un kilómetro más allá se atisba una casa. "Yo tenía una granja en África...". ¡Y ahí está! La casa donde se relataban los cuentos después de las cenas danesas cocinadas por el chef kikuyu, donde un gramófono trajo la música de charlestón a un lugar que tenía su propio ritmo de tambores. La casa de Karen Blixen. Aunque los terrenos de la finca se los ha quedado el campo de golf, la casa se mantiene como museo. "No son pocos los que aún visitan Nairobi siguiendo los pasos de la escritora", nos cuenta la directora del museo, Tove Hussein. "Karen mantuvo correspondencia con la gente que trabajó en la casa. Perdió contacto con ellos durante la Segunda Guerra Mundial porque su hombre de confianza murió, pero años después recuperó el contacto con dos de los trabajadores y mantuvo correspondencia con ellos durante 31 años, hasta su muerte. Y no solo eso, sino que también les cedió toda esa correspondencia. Ellos estaban muy agradecidos por todo lo que ella hizo y les dejó en Kenia".

Tove Hussein también es danesa y llegó a Kenia siguiendo el rastro de la autora. Quedó fascinada con su historia desde que consiguió en una tienda de segunda mano un ejemplar de Memorias de Africa. Logró viajar a Nairobi en 1968 para trabajar como voluntaria en el ministerio de trabajo de Kenia, pero en sus ratos libres investigaba sobre Blixen, hablaba con la gente que la conoció y que trabajó con ella en la granja. Tras muchos años de indagación publicó en 1999 el libro Africa's song of Karen Blixen. Nos enteramos de que esta mujer rubia, blanca, con inequívoco aspecto de guiri, fue uno de los motivos de que el museo se instalara en la granja donde vivió Karen Blixen durante los diecisiete años que duró su experiencia africana. Su vida está consagrada a su compatriota escritora. Explica con orgullo que un amigo de sus hijas preguntó si Blixen era su abuela, porque su casa está repleta de fotos de ella. "Es como si fuese alguien de la familia”: la Tove sigue hablando mientras llegan cada vez más visitantes al coqueto museo. Y nos cuenta que la vida de Karen era muy solitaria, que recibía a invitados de vez en cuando, como al Príncipe de Gales, pero que esa vida tan solitaria donde la gente tenía chófer, cocinero, etc., no incluía amigos de verdad. "Este es un buen lugar para creadores. Y Karen lo fue, aunque estaba muy ocupada con la granja, con la gestión, con la educación de los hijos de sus trabajadores. Cuando volvió a Dinamarca estuvo muy deprimida, no sabía qué hacer con su vida, porque África le había dado su propia identidad, era granjera, era alguien, baronesa, esposa, hacia cosas perdurables. Su vuelta a Dinamarca era la vuelta a la nada, sola, con su madre, allí se volcó en la escritura, aunque también era un pintora muy competente, como demuestran los cuadros que hay en el museo. Era muy buena. Por eso podía describir los paisajes con ese detalle, porque también los pintaba".

Al dejar atrás la casa, convertida ya en museo y por tanto vacía de aquella vida que tuvo, uno por fin se percata de que lo que de veras perdura son las erguidas montañas de la cordillera de Ngong. El tiempo se nubla de repente y, en una fantástica conjura meteorológica, la naturaleza descarga una lluvia furiosa que hace correr a los atildados golfistas, asustados de que sus caros palos puedan mojarse. La lluvia vuelve para recordar por fin a Tanne, la mujer que nunca regresó a África para no renunciar a ella, para no traicionar los recuerdos de un tiempo doloroso pero extraordinario.