texto ANTONIO ITURBE ilustración ALFONSO ZAPICO

El 10 de noviembre de 1910, la nieve cubre los caminos de Tula, en el centro de la Rusia europea. En la señorial finca bautizada como Yasnaia Poliana (que podría traducirse como “claro en el bosque”), Lev Tolstói, a sus 82 años, se despierta a tientas, sin hacer ruido. Se mueve a oscuras y con sigilo por la casa para que a dos cuartos de distancia su esposa, Sofía, que se pasa el día regañándolo por lo que le parecen rarezas y desvaríos, no pueda percatarse. Toma con cuidado 40 rublos y un diario que guarda en una de sus botas para que su mujer no se lo encuentre y sale al frío de la madrugada.

Los desencuentros con Sofía habían sido constantes en los últimos tiempos. Ella no podía entender sus desvaríos, se avergonzaba de que un conde como él vistiera y se comportara como un mendigo. Él había sido un aristócrata pero se avergonzaba de esos años de vida frívola y soberbia. Fue oficial del ejército ruso pero en su vejez abominó de toda forma de violencia y se hizo pacifista radical; un joven abogado indio llamado Gandhi le escribía para pedirle consejo. Era un rico terrateniente pero decidió despojarse de todo lo material: había fundado una escuela para los hijos de los trabajadores de su finca y tenía decidido legar sus propiedades y los beneficios de todos sus libros (Ana Karenina, Guerra y paz, La muerte de Ivan Ilich…) a la gente necesitada en vez de dejárselos a sus descendientes. Su esposa, escandalizada con las locuras de su marido, revolvía la casa día y noche en busca de ese testamento para destruirlo.

Esa madrugada de noviembre, Lev Tosltói decide desprenderse de todo, de los últimos vínculos con su vida anterior, abandonar la confortable Yasnaia Poliana y alejarse definitivamente para acabar su vida de la forma más humilde y austera posible.

Sale furtivamente y entorna la puerta para no hacer ruido. Huye de casa. Es un adolescente idealista de 82 años. Pero el cuerpo corre menos que sus deseos y su salud es frágil. Lo ayudan en esta huida la complicidad de su hija Alexandra y la de su amigo y médico de la familia Makovetsky. Con ellos toma un tren de tercera que lo aleja en dirección al sur. Cuando se mira reflejado en los cristales del vagón lo que ve es un hombre enjuto con barba, un ermitaño que está al final de las cosas. Se siente débil, pero a la vez tiene la fuerza interior suficiente para no rendirse a la tentación de la vida confortable y lucha por vivir y morir como cree que debe hacerlo.

El tren traquetea y la fiebre se va enroscando en su cuerpo. Hacen una visita a una hermana suya monja en Optina Pustin y allí descansa algo en un hotel desvencijado, pero se siente cada vez más débil. La pulmonía lo ha atrapado y le cuesta respirar. Makovetsky, que no se ha separado de él, le pide que vuelva a casa. Tolstói lo mira con esos ojos suyos donde arde el fuego juvenil de los que no se han rendido. Con la garganta al rojo, señala hacia adelante en un gesto que no admite réplica: no hay nada atrás a lo que regresar, su casa ya no es su hacienda enorme ni sus títulos nobiliarios, su patria es la renuncia.

Su estado empeora, la fiebre lo sume en un estado de semi-inconsciencia y Makovetsky lo convence para que se detengan en Astapovo. Baja al andén presa de escalofríos con la ayuda de su amigo y se guarecen dentro de la estació para protegerse de las rachas de viento gélido que le llenan la barba de cristales de hielo.

Lo ayuda a tumbarse en un banco del desangelado vestíbulo y siente que la muerte se ha apeado también en Astapovo. Los curiosos se arremolinan para contemplar a ese vagabundo moribundo con aspecto de patriarca bíblico. Algunos se apresuran a atenderlo y Tolstói los mira con sus ojos centelleantes. Su voz es débil pero sus palabras fuertes: “Sobre la Tierra hay millones de hombres que sufren: ¿por qué estáis al cuidado de mí solo?”.  Tolstói morirá pocos días después en casa del jefe de estación. Un siglo más tarde, los relojes de época del apeadero de Astapovo que vieron llegar al escritor aquella mañana desolada en su última aventura siguen parados a las seis y cinco, la hora en que Tolstói dejó la vida y entró en la leyenda.

 

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